viernes, 22 de marzo de 2024

MARGARITA/CAP.4©®

 




Margarita llegó al pueblo, literalmente asfixiada. Me llamó quejándose de que, en todo el trayecto, no había visto ni un bus urbano y, en el pueblo, tampoco veía parada de taxis. Efectivamente, echando un vistazo por internet, solo circulaban autobuses interurbanos; era una localidad muy pequeña. Y de taxis, olvídate, habría uno: la furgoneta blanca de Pepe “el Bollo”, el panadero que, cuando terminaba de amasar y dejaba la masa madre en reposo, si alguien necesitaba un traslado, allá que iba.
¡Total! Margarita se va para el puerto; a la mujer le gusta el pescado, al pil-pil, o vivo y coleando.
Puerto arriba, puerto abajo, intentaba disfrutar de la mañana, cuando recibió una llamada.
¡La llamada!
Segundos después, me llamó, pero yo estaba hablando por teléfono; vi que era ella la llamada entrante y seguí con mi conversación, la llamaría después.
Cuando terminé mi charla, tenía dos wasaps suyos. 
“LLÁMAME CUANDO PUEDAS”, a las 20:19, y “URGENTE”, a las 20:19…
¡Es incoherente, incluso escribiendo mensajes! Urgente, no tiene que coincidir con cuando pueda.
Y, sí, siempre escribe los mensajes con mayúsculas; ¿Por qué? I don’t Know…
Llamé y no contestó; pensé que estaría dándole la chapa a la hija y que esa urgencia vendría dada porque, seguramente, se había enterado de que tenía compañera de habitación.
Así fue, estaba hablando con su hija y la habían llamado del hotel, ¡habemus chica nueva en el cuarto!
O conozco demasiado a Margarita, o debo abrir un gabinete esotérico ya.
¡Desesperada! Al borde del parraque se encontraba Margarita.
¡“No había derecho a aquello!”, gritó a quien la llamó.
Sí, había derecho, lo había firmado cuando gestionó el viaje. Se lo habían leído en la agencia, como los testamentos en las notarías. 
Pero no, para Margarita no hay derecho que valga. Había dejado su dinero en el armario, las chanclas en mitad del baño y las bragas sucias metidas en el cajón de la mesita dentro de una bolsa…
Del cabreo, decidió quedarse por el pueblo, regresaría a la hora de la cena, así me lo dijo y así se lo comunicó al hotel cuando la habían llamado.
Al día siguiente me llamó por la mañana y me contó la incidencia de la noche anterior.
Como había anunciado, después de tapear y beber lo que quiso, regresó al hotel. Montó el pollo en recepción, por no haberle dicho que otra persona entraba en la habitación. Le respondieron lo mismo, y ante su insistencia, un “es lo que hay” terminó con la queja. Ardida, que no ardiente, se fue al comedor. Entre bocado y bocado, sin hablar con nadie, pensaba en cómo sería la convivencia. La tele, ¿Y si no le gustaba? O quería ver algo que ella detestaba. ¿Sería fumadora? Aunque, Margarita, ya no fumaba en el balcón; se tropezó con un cartel, que advertía de multas de 300 euros si alguien fumaba dentro de las instalaciones.
Todas esas preguntas quedarían resueltas en breve.
Cuando entró en la habitación, se encontró a la mujer en la cama.
Habían hecho cambios en el mini apartamento; la cama grande ya no existía. En realidad era una cama doble, y las separaron colocando la mesita (donde, dentro del cajón, estaban las bragas) entre las dos camas.
La mujer, tímidamente, se disculpó por haber irrumpido en su espacio y también por no haberla esperado abajo. Venía de Bilbao y tenía una prótesis de rodilla que le dolía bastante, motivo por lo que estaba acostada.
Margarita, educadamente, le dijo que no importaba; además, la bilbaína no tenía de qué disculparse.
Había echado una toalla por encima de la colcha, tenía frío; Margarita, muy atenta, se dispuso a coger una manta del armario.
No había nada, por lo que bajó a la recepción a pedirla. Les subieron dos mantas que parecían de esparto o “vintage”, de la posguerra.
Al ir a echarle la manta por encima, tropieza con algo. Era un CPAP (aparato usado principalmente para quienes sufren de apnea del sueño).
La mujer le dice a Margarita que no se preocupe, apenas hacía ruido; lo necesitaba porque era asmática.
¡Menos mal que ya no fumaba en el balcón!
Quienes fuman, saben que, te pongas donde te pongas, para que el humo no moleste, el humo siempre va, con o sin viento, donde más estorba. ¿Te vas al balcón? Si no cierras la puerta, ¡se mete en la habitación!
Es una ley no estudiada científicamente, pero es impepinable.
Cuando la de Bilbao se lo colocó, era verdad, apenas se oía. Aunque con un “Lorazepam” que se tomaron cada una, el de Margarita, mezclado con varias cañas y el vino de la cena, el aparato podía sonar como la sirena de una ambulancia que no les hubiera perturbado el sueño.
También, Margarita, tenía que concentrarse para pensar qué visita guiada elegía.
Encontró un papel con varias opciones de diferentes salidas, todas carísimas.
¡Claro! Os dan un mojón de comida; no hay nada verde en el buffet, ni unas tristes hojas de lechuga “Iceberg”. Venga pasta y pasta; el pescado, es merluza congelada preparada de todas las formas posibles. Los tratan como ganado, a bulto. Por 330 euros, diez días ¿Dónde sacan la pasta? Aparte del plus que les da el Gobierno, ¡de las rutas turísticas, hija!
Esto es como los colegios concertados; pagas una mierda por las clases, pero te lo empluman en las actividades extraescolares y el comedor.
El día siguiente transcurrió con normalidad; hablé con Margarita a mediodía, la señora acompañante era tranquila y apenas se veían, después de salir de la habitación.
Margarita se va por la mañana, vuelve a comer, se echa una siesta y vuelve a salir.
Ya conoce todos los puntos alcohólicos de la zona y procesiona por cada uno, a falta de sol, para poder estirarse en la playa como un lagarto.
¡Va a regresar a Vizcaya más blanca de lo que se fue!
Un día entero de normalidad era demasiado…
Las nuevas incidencias no se hicieron esperar y, después de una noche en calma, amanece con tempestad.
Las dos se despiertan casi al mismo tiempo y la de Bilbao, todavía acostadas ambas, le dice a Margarita si la ayuda a levantarse.
Margarita le preguntó qué le pasaba.
Le dijo que se había caído de noche, cuando fue al baño…







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