El percance nocturno de la compañera de Margarita, se produjo cuando la bilbaína se levantó para ir a hacer pis. Al terminar la micción, no sabe cómo ni por qué, quizá la prótesis de rodilla tuviese alguna interacción, se cayó tan ancha como larga.
Allí, tirada, durante un tiempo indeterminado, arrastrándose como pudo, pudo llegar a la cama y acostarse.
Margarita escuchaba alucinada su relato. Le preguntó el porqué no la había avisado y le respondió que, por no molestar…
¡Pues ya estaría! Tenemos a dos lerdas conviviendo en el mismo espacio.
Una, se llena el buche de cañas, vino y cubatas, remata con la pastilla del sueño, entra en trance y no hay Dios que la despierte.
Y la otra lerda, se “hostia” en el baño y no dice ni mu. Reptando, se acuesta y tan pancha.
Total, Margarita la ayudó a levantarse y la acompañó al baño. Me dijo que notó un tufillo cuando la levantó, como a pis.
Pudiera ser que la señora tuviera “escapes”, o que tuviera ganas de orinar y, para no molestar, y al no poder levantarse sola, se lo hizo encima. No se sabrá.
En el baño, deja Margarita a la mujer y baja a desayunar.
Entre las colas para el buffet, tomar el desayuno y salir a la puerta del hotel para fumar, habrían transcurrido 40 minutos.
Cuando vuelve a la habitación, se encuentra a la señora en cama y mil tenderetes de ropa lavada y tendida por toda la habitación y el baño.
Extrañada por la escena, le preguntó qué tal estaba. Le respondió que estaba muy dolorida y que se quedaría acostada.
Margarita no sabía lo que hacer; tenía a su compañera postrada, ella quería irse como cada mañana y le daba no sé qué dejarla sola.
Hablando después conmigo, le dije que no era problema suyo. Podría ayudarla en alguna cosa puntual, avisar a alguien del hotel, pero no era su cuidadora.
Es más, ella, que monta pollos por cualquier chorrada, esta vez, sentía una responsabilidad que no le correspondía y se mantenía en posición absurdamente empática.
Le sugerí que dijera en recepción lo que pasaba y le cambiaran la habitación.
Su vecina estaba jodida, pero ella había ido de vacaciones, no conocía de nada a la señora y no tenía vocación de enfermera.
Desesperada, como siempre, Margarita me dijo que se iba a pasear y esperaría acontecimientos; según cómo desembocara aquel suceso, pediría un traslado de habitación.
Aquella mujer estuvo en cama todo el día.
Margarita, dedicada a su rutina, cada vez que volvía al hotel, allí se la encontraba, vestida, con ropa de calle, metida en la cama.
Esa noche, después de la caída confesada por la interfecta, le contó a Margarita toda su patética vida; quejándose constantemente de que, para estar así, mejor estaría en su casa.
Margarita no dejó de preocuparse un segundo; tenía sus dineros en la habitación y, aquella señora desconocida, veía cuando cogía una cantidad y volvía a guardar el resto. Me imagino a Margarita contando cada día los euros, para ver si faltaba más dinero del que ella cogía…
La habitación olía a “señora sin airear”; desconocía si la muerta viviente dejaba entrar a los servicios de limpieza. Suponía que sí, porque el baño no estaba sucio, pero el olor…
Cuando Margarita subió, después de cenar, la otra mujer estaba hablando por teléfono.
Supuso que la interlocutora era la hija de la señora.
Evidentemente, le estaba narrando toda la odisea que estaba sufriendo.
Después de unos segundos de silencio, durante dicha conversación telefónica, la mujer, respondía muy enfadada.
¡“Yo no miento, ni estoy exagerando nada”!
Después de colgar la llamada, mira a Margarita y le dice que siempre le dicen lo mismo.
Ya acostada, Margarita, dispuesta a dormirse, piensa en todo.
Le resonaba lo de mentirosa y empezó a atar cabos.
A la mujer zombi, siempre la encontraba acostada, pero, suponía que bajaba para hacer las tres comidas diarias; no sabía a qué hora, porque nunca la veía, pero, bajaba por sí misma al comedor.
También recuerda la mañana después de su caída, cuando le pide ayuda para levantarse.
Y lo extraño que le pareció que, minutos después de aquello, mientras bajó a desayunar, la zombi que decía no poder casi moverse, había hecho la colada y la había tendido por todo el cuarto en tiempo récord, dado su presunto estado de movilidad reducida…
Porque eso se encontró Margarita cuando subió. Empezaron a no cuadrar cosas o comenzó a juntar las piezas del puzzle.
Margarita tenía que madrugar, por lo que, además de poner el despertador, le dijo a su no novio que la llamara por teléfono a las 8 y media.
La vecina momificada también sabía lo de la visita turística; en un alarde de agradecimiento, o sabe Cristo el qué, le hizo el favor de despertarla…
¡A las 7 y media¡ Una hora antes de lo previsto, sobresaltaba a Margarita y la despertaba de su letargo.
Margarita saltó de la cama con cara de Doberman; normalmente la tenía de Bóxer, aunque sin babas.
Mientras cogía ropa para arreglarse en el baño, la de Bilbao le contó que, la tarde anterior, había bajado a la consulta del médico del hotel. Le había recetado Ibuprofeno y tenía que bajar a la farmacia. La manera de decírselo, a Margarita le sonó a petición, pero, acordándose de todo lo que había sospechado anoche, no se ofreció a ir a la farmacia.
Tenía su visita turística y pasaba de aquella mujer que intuía muy mentirosa o con falta de atención, por eso lo exageraba todo.
Y con la misma, se fue a la visita guiada a un pueblo cercano, que culminaría con un aperitivo a base de cosas fritas del mar.
Me llamó ni bien llegó, a mediodía, del viajecito…
El autobús tenía casi todos los asientos rotos y, las rajas más grandes, estaban pegadas con cinta marrón de embalaje…
El día amenazaba lluvia, pero del tipo alerta meteorológica, que sí la había, pero, como sabemos, Margarita no lee, Margarita no ve las noticias, Margarita existe porque estaba de Dios que existiese.
A mitad del trayecto, la amenaza se hizo efectiva; caían chuzos de punta, y el Diluvio Universal a ratos.
Y, como es normal, la alerta por lluvia, la conocían en todo el pueblo, donde los pocos negocios que había, estaban cerrados.
Solo el local que los iba a agasajar, con manjares del mar fritos, estaba abierto.
Las visitas panorámicas a las famosas playas de la zona, el recorrido por el puerto pesquero y el paseo por la calle principal de la localidad, fueron suspendidas por sentido común e imposibilidad meteorológica.
Margarita, con los dedos impregnados del aceite de la “fritodesgustación”, a través del ventanal del bar, pudo ver cómo jarreaba en la calle.
Hacía meses, pero muchos meses, que no caía una gota de lluvia en esa zona…
Yo pude confirmarlo viendo las noticias de ese día: destrozos en construcciones a causa de la lluvia, playas, literalmente engullidas por el mar e incluso, algún tornado.
¡Faltaban Noé y el Arca!

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