martes, 26 de marzo de 2024

MARGARITA/CAP6©®







Margarita llega de la ruta del “pescaíto” desazonada. No solo llovía como si San Pedro abriera las compuertas del cielo, también había vendaval. Solo faltaba que bajaran las temperaturas y cayera granizo como pelotas de golf…
Es sabido, que una DANA, es especialmente destructiva en el sur; apenas llueve, pero cuando lo hace, es “sin conocimiento” y sin límite.
Margarita había tenido la suerte de culo y el karma la poseía.
Llegó al hotel a la hora de comer; la zombi continuaba acostada.
Se cambió de ropa y bajó a comer. Es, en la zona de recepción, donde confirma sus sospechas sobre la compañera de habitación.
No, no moriría de inanición o por abandono.
La tía bajaba tres veces al día para las comidas y, ese día, cuando Margarita luchaba contra las inclemencias del tiempo, la señora, presuntamente moribunda, salió a la farmacia. Contra viento y diluvio, la señora, después de zamparse un desayuno cojonudo, fue a comprar Ibuprofeno.
Margarita, ya estaba segura de que aquella mujer era una mentirosa patológica. Esta vez, tenía un gran motivo para estar cabreada.
Pasó la tarde por el hotel; aprovechó que el día, en la calle, no daba para más, y se fue a una sesión de gimnasia de mantenimiento. El hotel daba este servicio “especial” a los “jubiletas” que se atrevían a meterse en estos viajes que los llevan en manada de un lado para otro.
 A las 9 de la noche se fue a cenar; su pretensión era cenar pronto y bajar a la actuación que había cada noche.
Así lo hizo; acompañada de su inseparable gin-tonic, se sentó en primera fila.
En un gran escenario, todo era enorme en ese hotel, se presenta el cantante.
Un chico joven, de unos 35 años, pantalón vaquero con rotos y camiseta blanca ajustada.
Como acompañamiento, un aparato de donde sonaba música “enlatada”, que programaba desde un ordenador portátil.
El tío estaba bueno; aunque tampoco podrías distraerte con otra cosa.
Los espectadores, o estaban beodos como ella, o dormitaban en las sillas.
Los valientes bailaban, algunos como podían. Unos se sujetaban a sus parejas de baile, para no caerse, otros, parecían descoyuntarse por el querer y no poder; sus caderas y rodillas iban a otro ritmo, mejor dicho, no iban a ritmo ninguno.
Margarita no bailaba, estaba convaleciente de la rotura de un tobillo; además de no gustarle nadie como para compartir baile.
 «¡Ay, qué te como¡¡Ay, qué te voy a comer!», la sevillana elegida, Margarita, se iba imaginando lo que quería “comer”.
Me envió un vídeo ilustrativo…
Margarita, cuando subió para acostarse, se había convertido en Margarita la Cachonda y no precisamente por simpática.
Había visto a su Ken cada día, pero estaba tan ocupada en su pareja de habitación y sus vicisitudes, que las mariposas de la libido las había tenido dormidas… La Barbie sobrevalorada, se había quedado prendada.
No era difícil, entre tanto jubilado, que ella descarta de entrada, ¡y mira qué tendría para elegir! En cinco autobuses, más o menos, la mitad de sus ocupantes eran hombres.
Algunos iban acompañados, pero, así a ojo, unos 70 hombres, tendría para elegir.
Pronto la bajó su compañera de cuarto de la nube.
Se encontraba peor; había hablado con su hija para volver a casa. En el hotel no le gestionaban el viaje de vuelta porque no era la fecha fijada en el contrato. Su hija se lo estaba arreglando; 200 euros le costaba la broma.
Margarita estaba harta de aquella mujer. Sus mentiras, su malestar desde que llegó; la incomodidad de nunca poder estar sola en la habitación, puesto que, la de Bilbao, allí estaba siempre. ¿Iba a fastidiarle el sueño húmedo con el cantante andaluz?
¡No! Le dijo que estaba muy cansada y quería dormir. Se tomó la pastilla de la felicidad y sonriendo a lo bobo se durmió.
A la mañana siguiente no se acordaba de lo que había soñado. Desperezándose, todavía acostada, recordaba al cantor de Híspalis de la noche anterior. 
Margarita… Una sesera de 18 años, metida en un cuerpo de 66 poco agraciado.
¡Pero bajó del cielo como una plomada!
Su compañera había resistido una noche más, pero no para mejorar.
Antes de bajar a desayunar, llamaron a la puerta. Una de las camareras de piso venía a ofrecerle una manzanilla a la señora.
¿Una manzanilla? 
Margarita le preguntó qué le pasaba; la manzanilla, ¿qué pintaba en una caída? Pues, obvio, ¡Nada!
La señora tenía "escapes" anales, algo no le había sentado bien.
Margarita bajó a desayunar; su cabreo, su bufido al respirar, podría escucharse en Gibraltar.
¡Era lo que faltaba! La señora se cae el primer día; se pasa los días encerrada en la habitación y ahora, ¿se caga viva?
¿Qué más podía pasar?
No quería pensar… Bueno, afortunadamente, Margarita pensaba poco, no estaba entrenada para ese esfuerzo.
No quería tensar más al karma que llevaba encima desde que salió de Vizcaya.
Aun así, cabreada nivel Dios, desayunó de puta madre; los problemas con la panza llena, parecen menos problema… Salió a fumar. No se quedó en la puerta del hotel, como solía hacer; se fue paseando por los aledaños.
Necesitaba respirar…
De repente, dando una calada a su cigarro, casi se ahoga.
No, no se atragantó con el humo…






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