Pues sí, casi se ahoga y casi le cae el cigarro de la mano.
¿Qué vio, Margarita?
¡Vio llegar tres ambulancias a la puerta del hotel!
Todavía en shock, entra temerosa, o en trance; ve que hay mucho movimiento por el vestíbulo y se percata de que todo el personal lleva mascarilla.
Preguntó, temblorosa, qué carajo estaba pasando ahora?
Había un brote de gastroenteritis en todo el hotel; algún jubilado tuvo que ser hospitalizado, los demás, estaban casi todos malos…
O sea, su compañera de habitación, tenía gastroenteritis; no sabía desde cuándo, y la mayoría de los alojados, estaban jodidos.
Margarita no sabía qué hacer, si rezar, aunque no estaba muy cerca de Dios, o salir cagando leches para Vizcaya.
Pero, la pela es la pela, tendría que gestionar la vuelta anticipada, no sería ni rápido ni barato, descartado. Decidió que la vida fluyera y no volver a comer nada en el hotel.
¿Gastroenteritis? ¡Ja! ¡La mierda de comida que les estaban dando!
Afortunadamente, Margarita, hacía unos días, que comía lo justo en el hotel.
Había encontrado un garito en el pueblo, bueno, bonito y barato. O eso pensaba.
Me mandó por wasap una foto del menú; era un batiburrillo de tapas, todas con fotos y precio, en español e inglés. Ni era bueno, era horroroso estéticamente y barato, posiblemente lo era, ajustado a la calidad que ofrecían, parecido al hotel, aunque más variado.
Unas tapas enormes de almeja “coquina” o pulpo a precio de saldo.
Ahí, en un garito, especialmente diseñado para guiris, Margarita se hartaba de tapas y vinos.
Cuando volvía al hotel, tomaba el postre y se iba a la función musical nocturna, templada como una gaita.
Su compañera continuaba postrada; el brote de cagalera había cesasado, pero estaba como un trapo.
Al final, la señora no se marchaba a Bilbao antes de lo previsto; su hija no pudo encontrar un vuelo ajustado de precio.
Margarita ya había decidido cenar en el “gariguiri” del pueblo y, después de hacer un poco de tiempo, mirando desde el balcón como se iban las ambulancias, se fue de camino al pueblo.
Pidió una macro tapa de pulpo a la gallega, y otra de “coquinas”, todo ello, perfectamente regado con vino tinto.
Era complicado estar comiendo y pensar al mismo tiempo en procesos diarreicos, pero lo hizo, echando la vista atrás, a todo lo sucedido desde que llegó al pueblo de la luz y el sol y su puñetera madre. Todo había ido de culo, empezando por la meteorología que no le dio tregua, apenas un poquito el primer día. El resto del tiempo, la lluvia, el viento y la de Bilbao hicieron que, por primera vez, desde que la conozco, su carácter estuviera justificado.
Sus quejas eran absolutamente entendibles y sus agonías estaban cargadas de razón.
Margarita se prometió a sí misma, que los tres días que le quedaban, los disfrutaría a tope. Ni la lluvia, el frío, o su compañera de cuarto, se lo iban a estropear.
Claro… Ni la lluvia, ni la tempestad, ni la de Bilbao… No contó con la maldición de las “coquinas“o con la del virus gastrointestinal.
Algo estaba por llegar y llegó.
A las dos horas de haber cenado, afortunadamente, ya en su habitación, con el bulto acostado en la otra cama, ¡llegó!
¡Y cómo llegó! Su culo empezó a descargar como la DANA lo había hecho días antes, de manera abrupta, a lo bestia, sin conocimiento y sin límites.
¡Su intestino era como una churrería en la fiesta de La Almudena! ¡Un no parar!
Le di algunos consejos entre descarga y descarga y, descargando, nos dimos las buenas noches.
¡Se le estaba yendo la vida por el culo!
Después de varias horas de “imaginaria“ se durmió.
A la mañana siguiente me llamó.
Me da los buenos días y me pregunta qué hace, porque tiene hambre.
—¿Comer? —le dije.
—¿Y qué como?
—Un “arrocito” en blanco, ¿cómo te viene?—
—¡Joder!—.
¡Jodamos! ¿Qué coño pretendía comer, después de horas de expulsar la vida entera?
Esa mañana, le llega la noticia de que la cambian de habitación. Los últimos acontecimientos diarreicos habían propiciado que el hotel tomara medidas según protocolos.
Margarita, de repente, fue feliz; todo se iba ajustando en su organismo y, encima, por fin, estaría SOLA.
¡Eso había que celebrarlo, y no precisamente con arroz “triste“!

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