Margarita, ya sin paseos imprevistos al baño, fue a su anterior habitación a recoger algunas cosas que había dejado. Tuvo que avisar a recepción para que le abrieran la puerta; la de Bilbao, si estaba viva no respondía. Al abrir, la habitación estaba vacía, pero, la mujer, tenía sus maletas hechas. Esto le extrañó, se había pasado acostada cada día y las maletas preparadas también era raro, se marchaba un día después que ella... Mejor no pensar.
Se fue al comedor del hotel; dentro del menú había arroz guisado y le pareció bien comerse un plato.
Subió a hacer la siesta, estaba cansada de tanta “pérdida”. Cuando subía, se encontró a la zombi por los pasillos. Le preguntó qué tal estaba.
La mujer, rápida y firme, le respondió que estaba encantada.
Por lo visto, estas dos se estuvieron aguantando a duras penas y una puta diarrea fue la solución a su problema.
Después de la siesta, tenía que salir, se quedó sin tabaco. Aprovecharía la salida para comprar jamón serrano de merienda. El guiso de arroz no le sentó mal; por lo tanto, sigamos para bingo, llenando el buche.
Y, bueno, sabemos lo que pasa cuando vas al súper. Entras, porque te hace falta medio kilo de tomates y canela en rama, pero sales con, los tomates y la canela, más, una bandeja de pechugas de pollo, una bolsa de rúcula, 2 paquetes de Doritos, pan Bimbo y un brik de zumo tropical.
Y Margarita, entusiasmada con su habitación/apartamento para ella sola, aprovechó la coyuntura de que podía cocinar y se trajo dos mallas con mejillones y unas gambas, con dos botellas de vino.
No vio las velas, si no las hubiese comprado para acompañarse en la cena íntima que pensaba preparar.
Cuando me lo contó, mi nivel de asombro ya estaba anestesiado, después de tantos días de alucine sin parar.
Aun así, le dije si veía conveniente darle tanto trabajo a un aparato digestivo sensible.
Pues, sí, lo veía más que conveniente, necesario. ¡Al día siguiente se marchaba e iba a hacer lo que le saliera del moño!
¡Pues ya estaría!
Con la pretensión de disfrutar, haciendo lo que le saliera del papo, salió de Vizcaya.
Pero las circunstancias se le volvieron en contra ni bien llegó a su destino.
¿Ahora tentaba a la suerte? ¡De puta madre!
El intestino y el culo, que lo debió haber quedado pelado como el de un mono, eran suyos.
A última hora de la tarde le volvió a entrar el agobio.
En Vizcaya, es propietaria un segundo piso, producto de una reciente y desgraciada herencia.
Sin padres, hereda la propiedad de su único hermano; encontrado muerto por causas naturales, después de varios días, en ese piso.
¡El piso es un poltergeist! Cuando fue a limpiarlo, las luces se encendían y apagaban solas. Todo esto, versión Margarita con varios vinos encima… Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
Decidió alquilar el piso, pero, por cuestiones legales y oficiales, no debe.
Alquilarlo en negro es un riesgo; si tuviese problemas con los inquilinos, no podría reclamar ni denunciar. Y sabemos que los problemas acompañan a Margarita, no la sueltan de la mano.
Entonces, su no novio le dice que tiene un empleado de confianza y anda buscando dónde alquilar.
¡Justo! Lo ideal para Margarita. Le alquila a este chico una habitación y un baño.
¡Claro! Todo muy normal, le dije a Margarita.
—¿Y el resto del piso? —pregunté.
—No sé, tendré que poner cerraduras para que no ande por todas las habitaciones —dice—.
La tía alquila dos espacios dentro de un piso a alguien que va a estar solo…
Pues, al estilo Margarita.
Total, que ese día, iba a ir un fontanero a arreglar la cisterna del baño alquilado. Su hija había quedado de encargada del recado.
Cuando llegaron, hija y fontanero, al piso, no pudieron entrar. El inquilino tenía cerrado por dentro y las llaves puestas; estaba dormido, un sueño parecido al de Margarita, y no lo despertaba ni Dios.
Margarita, desesperada a tropecientos kilómetros, intentando poner orden a un desorden organizado.
Al final, lo solucionó el no novio cuando el empleado se presentó en el trabajo.
Margarita pretendía que el no novio le echase la bronca que ella no podía en ese momento, pero, el hombre, parece que es un imbécil sin carácter, versión Margarita.
Después del disgusto, me volvió a llamar; podía escuchar cómo sorbía los mejillones y chupeteaba las cabezas de las gambas.
Era su última noche en el hotel, en ese pueblo estupendo, dónde no había salido el sol desde que Margarita puso el pie, después de meses y meses sin haber caído una gota de lluvia…
También era su primer viaje en comunidad, todo un reto para alguien antisocial.
Entre lo uno y lo otro, cualquier persona se habría echado a correr, o no pensaría en repetir la experiencia; sin embargo, Margarita, tenía otro viaje pagado, que no pensaba en anular.
Bueno, tendrá la ensaimada asegurada; lo demás, será todo un reto por descubrir.
Ahora, solo pensaba, entre gamba y mejillón, en la última mañana que le quedaba, al día siguiente.

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