Margarita se despierta bien de salud y contenta.
El batiburrillo de mejillones y gambas no le había sentado mal; tampoco la botella que se metió entre pecho y espalda.
Saldría a un mercado al aire libre y regresaría al hotel para comer. Tenía la otra malla de mejillones para hacer y la segunda botella de vino como acompañante.
La maleta la prepararía después de comer y listo, a media tarde, rumbo a Vizcaya.
¡Oh! ¡Oh!
Recién salida de la habitación, y primer problema del día.
Yendo a desayunar, ve movimiento por el pasillo; jubilados con maletas, que también se amontonaban en el vestíbulo.
Margarita pensaba que tenía que dejar la habitación a las 12 de la mañana y no.
Vuelvo a recordar que Margarita no lee nada. Por supuesto, tampoco leyó que, las habitaciones, se dejaban a las 11 a. m; solo había leído las primeras frases del texto informativo sobre el horario del autobús.
La información sobre la hora de desalojar y donde guardar las maletas, si lo necesitaba, ya no llegó a leerlo.
Su primer pensamiento no fue que tendría que desayunar rápido para ir a toda leche a preparar la maleta y fregar todo lo del cocinado de la noche anterior. Lo primero en que pensó fue en los mejillones que pensaba cocinar para comer.
Agobiada, me llama de urgencia y me pregunta qué hace ahora con los mejillones.
Pues, hombre, si te los piensas traer a Vizcaya, los mejillones, bajarían solos del avión…
—¿Qué cojones vas a hacer? —le grité.
—¡Tirarlos! —continué gritando, no podía más—.
La tía dudando… ¡Debí decirle que se los comiera de desayuno!
Después de solucionado el tema mejillones, nos embarga la angustia por el tema maleta, bultos varios. ¿Qué carajo hago con los bultos a cuestas hasta la salida del autobús, a las 15:00?
¡Joder! ¡Margarita no leía, pero tampoco tenía experiencia básica en alojamientos!
La informé sobre lo que un hotel ofrece a sus clientes después de dejar la habitación.
Efectivamente, el hotel se hacía cargo del equipaje, como todo Dios sabe, menos Margarita, que ya se veía de un lado a otro con la maleta.
Dos problemas, ambos, solucionados.
Se pira a la calle para lo que tenía previsto y comer fuera. Se enredó más de lo que debiera, con uno que vendía fresones; cuando llegó, jadeando, todos los jubilados estaban preparados con sus maletas.
Fue rauda y veloz a recoger la suya y a hacer las reparticiones de cosas que llevar encima. En el aeropuerto tendrían que esperar varias horas y necesitaba tener encima lo necesario.
Ya estamos en el aeropuerto, después del “jari“de bajada de autobús.
Margarita vuelve a desesperarse, el vuelo saldría con retraso debido a la niebla que cubría el aeropuerto de destino.
Con solo 37 minutos de retraso, Margarita se parecía a Tom Hanks en “The Terminal”.
Por fin anuncian el embarque y, Margarita, me llama porque estaba atascada en el pasillo. La azafata, aviso tras aviso, no conseguía que aquella panda jubilosa se sentase de una puñetera vez.
Escuché hasta tres veces cómo mandaba que se sentaran; hablaba en inglés.
Lo mejor vino con el discurso de “abróchense los cinturones… El vuelo dura… Apaguen los móviles…“
Yo, traduciendo a duras penas, el volumen de la auxiliar era importante, el mío también.
De “jari” en “jari” y tiro porque me toca.
Mirando por la ventana, la niebla, cada vez más espesa, no me dejaba ver a 50 metros.
No se sabía si podrían aterrizar en el destino previsto, o los desviarían a unos 100 km, que en avión no es nada, pero, Margarita, venía con otro agobio.
El no novio iría a recogerla, pero al destino inicial, no pudo avisarle de las últimas incidencias.
¡Con lo ilusionada que parecía! Porque, el hombre, la llevaba a cenar al mejor restaurante de la zona.
¡Tuvo suerte la “jodía”! La niebla se había ido alejando de la costa, la tenía yo alrededor de mi casa.
Aterrizó a la hora prevista, “jari” finiquitado, hasta mañana por la mañana, que me llamaría para contarme cada plato del menú.
Así fue, cabreada como una mona, porque se había despertado pronto… ¡Maldita vida!
Había cenado estupendamente; almejas y rape al horno, de postre el no novio; esa noche durmieron juntos.
A media mañana me envía un wasap; en el buzón tenía una carta del IMSERSO para otros días de relax.
Esta vez era para un balneario donde Cristo no puso pie, ni hay GPS que lo localice.
El balneario era espectacular; lo busqué en Google, a sabiendas de que, Margarita, podría embarcarse en otro proyecto sin saber las coordenadas.
Estaba en un pueblo, rodeado de montañas y muy verde. Alrededor, habría unas 10 casas, y quizá, alguna de ellas, no fuese de ningún empadronado, sino casas para turismo rural, con lo cual, era un lugar tan precioso como inhóspito.
Margarita, que se quejaba de que, en el último pueblo de donde acababa de llegar, no había taxis; en este destino, dudo que hubiese burros para todos. El tapeo, que tanto gusta a mi amiga, es sustituido por rutas monte arriba y mucho aire puro, que no le gusta nada.
Y así se lo expliqué, no todo, cuando, únicamente, le había dado dos detalles, ya rompió la carta y no quiso saber más.
Ahora, tengo yo que idear cómo me desconecto del mundo y me bajo de la vida, cuando Margarita se vaya al jubileo de jubilados próximamente.
“Será ma-ra-vi-llo-so, viajar hasta Mallorca“…
PD: Esta historia está basada en hechos reales.
Cambié el nombre de la protagonista y los de las localizaciones.
Gracias a mi amiga, a su vez, amiga de Margarita y sufridora paciente de sus vicisitudes.
Recordad: ¡Los amigos de mis amigos, no tienen por qué que ser mis amigos!

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