miércoles, 24 de abril de 2024

ALIZÉE/CAP1©®







Alizée nació hace 69 años en Chartres, una población francesa. Sus padres disfrutaban de una situación acomodada; su padre, Antonio, de origen español, daba clases de violín en el conservatorio, además de formar parte de una orquesta sinfónica importante. Su madre, Camille, era  licenciada en Literatura, pero nunca ejerció su carrera. Adquirieron un local, donde abrieron una librería, que regentaba Camille.
Alizée tenía un hermano dos años mayor que ella, Louis; un chico dócil y extremadamente sensible.
El arte era su manera de sentir; el olor y sabor en cada rincón de la casa. Una casa típica de la zona, de piedra, con un estupendo jardín.
Los dos hermanos pasaban mucho tiempo con Juana y Ramón; un matrimonio español que, hacía unos años, habían emigrado a Francia. El último piso de la casa, fue destinado para ellos. Una enorme buhardilla quedó reformada como apartamento con todo lo necesario para que pudiesen hacer vida independiente fuera de su jornada laboral.
Alizée, Ali, era espabilada y muy extrovertida. De muy pequeña, cuando todavía no sabía leer, se quedaba absorta escuchando los cuentos que le narraban. Por las noches, nunca se durmió antes de que el cuento se terminase.
Cuando ya leía, devoraba libros; dibujaba bocetos basados en lo que había leído. 
En el desván, su madre guardaba ropa que no se utilizaba en dos grandes baúles. Alizée, rebuscaba entre todo aquello para disfrazarse y recrear un cuento haciendo teatro. Sola, delante de un espejo, o con Louis, su hermano y Ana, a quienes sentaba de público.
A hurtadillas observaba a su padre tocando el violín cuando ensayaba y no dejaba entrar a nadie. Apostada detrás de la puerta, o por la ventana, desde el jardín, pegaba su nariz y cerraba los ojos.
Eran sus momentos de tranquilidad, porque realmente, no era tranquila. 
Con sus amigos era un torbellino de pasión e impulsividad para todo. Y sobre todo, soñaba…
Soñaba con lo que deseaba hacer, los sitios que quería visitar; cómo diseñaría su vida. Sin barreras, sin fronteras, sin ataduras, libre.
Alizée era libre y no quería dejar de serlo.
Poco antes de su adolescencia, su madre dejó de trabajar. Una enfermedad la mantenía adormecida casi todo el día. Ausente, se sentaba en un sillón rojo del salón. Colocado al lado de un gran ventanal, miraba, algo perdida, al jardín. A veces sonreía.
Alizée y Louis, no eran conscientes de la enfermedad de su madre; algunas veces preguntaron a Ana, que, de manera audaz, evadía cualquier respuesta clara.
Los hermanos salían y entraban sin darle importancia. Recorrían el pueblo, paseaban a lo largo del río que lo cruzaba y reían sin ninguna otra responsabilidad.
Un día, se junta a la pandilla un chico nuevo, Aymé. 
Alizée, tenía 14 años y era la primera vez que se fijaba en un muchacho. 
Aymé era alto, rubio y con ojos verdes. Serio y justo en palabras. Pero tenía un punto de chulería que encandiló a Alizée, además de que era muy guapo.
Ali era guapísima, aunque no era consciente de ello. Tenía el pelo rizado, de color castaño y ojos grandotes. Era menuda, pero con unas proporciones perfectas. Todo ello, con una sonrisa permanente y su personalidad arrolladora, la hacían una bomba en potencia. El no saber lo que transmitía, la hacía mucho más atractiva.
Pronto empezaron a tontear y Alizée comenzó a sentir cosas que no identificaba.
Empezaba a hacerse mayor…
Y disfrutando de todo un mundo de sensaciones, vivió otra muy diferente.
La vida le iba a dar su primer envite.
Su madre se había repuesto de su enfermedad; poco a poco había ido recuperando su identidad, aunque su carácter había cambiado.
Esto produjo un desgaste en el matrimonio, del que Alizée y su hermano, solo se enteraron al final, cuando su madre decidió romper con todo e irse.
Sus padres habían llegado al acuerdo de que los niños se quedarían con su padre.
Louise no decía nada, solo observaba y callaba. Alizée no discutió la decisión; su madre tampoco les preguntó y creó cierta desazón en la chica.
Aymé era el único que conseguía evadirla de aquel nerviosismo. Con sus tonterías y halagos, lograba que su pena, miedo, y no entender lo que había pasado en su casa, desapareciera cuando estaban juntos.
Llegó el día de la marcha de Camille. Un adiós y dos besos a cada hijo, fue la despedida.
Ali corrió escaleras arriba y, desde la ventana, pudo ver a su madre alejarse.
Con una maleta, un vestido azul y una chaqueta en los hombros, se acercaba a la verja. Solo se escuchaba el sonido de los tacones sobre el camino de piedra del jardín. Sin mirar atrás, abrió, salió, cerró la pequeña puerta de madera y se fue.
Una nueva vida comenzaba para todos y en eso pensaba Ali, asomada a la ventana. Todavía retumbaba en sus oídos el taconeo de su madre, cuando entró su hermano corriendo y la abrazó en silencio.
En ese justo momento, Ali, se convertía en la protectora de la familia.
Se hizo adulta en pocos segundos y tendría que pensar en ello...



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