Al día siguiente a la marcha de su madre, Alizée se despertó temprano.
Lo primero que hizo fue ir a la habitación de su hermano; Louis no estaba y la cama no estaba deshecha. Cuando se dio la vuelta, vio que bajaba Ana. Su hermano había subido a la buhardilla y se quedó con ella y Ramón. Todavía estaba dormido.
Las dos bajaron a preparar el desayuno. Ana, extrañada, le dijo que no se preocupara; ella lo prepararía, como siempre, era su trabajo.
Alizée insistió y se dispuso a montar la mesa con todo lo necesario. Allí mismo, en la cocina. Necesitaba que todos estuviesen juntos, Ana y Ramón, eran parte de esa familia que había quedado medio coja.
Ana, persona tranquila, dejó que hiciese y dispusiera a su antojo.
El desayuno se desarrolló prácticamente en silencio. El padre, Antonio, se encerró a ensayar con su violín el evento que tenía en unos días. Louis, el hermano de Alizée, se fue con Ramón a sacar las malas hierbas del jardín. Ali, se sentó en el sillón rojo, donde tantas horas había pasado su madre años atrás. Se sumergió en el último libro que estaba leyendo, “Jane Eyre”. De vez en cuando, levantaba la vista y miraba el jardín.
Veía a Louis, que estaba entretenido y sonreía cuando le hablaba Ramón.
Pensaba en lo importante que era aquella pareja que trabajaba en casa.
La comida se desarrolló más amena que el desayuno. Louis contaba lo que le gustaba trabajar con Ramón y mostraba entusiasmo por la jardinería. Su padre escuchaba y sonreía.
Después de comer, los hermanos salieron a reunirse con sus amigos.
Alizée se arregló más de lo habitual, detalle que no pasó desapercibido para su hermano y con lo que le gastaba alguna broma.
Cuando se iban acercando a la plaza, punto de reunión, Ali, vio de lejos a Aymé.
Con un polo de color verde y pantalón de color beis, estaba guapísimo. El chico fue a su encuentro y no se reunieron con los demás, ambos se marcharon buscando el paseo del río.
Cruzaron un puente y se adentraron en uno de los pequeños jardines que había a lo largo de ese paseo. Tenía unos setos altos, dos bancos de piedra y una fuente.
Allí, sentados en uno de los bancos, Aymé preguntó a Ali cómo estaba. Lo de su madre era muy reciente, pero había corrido el rumor por toda la zona de esa parte del pueblo. Ali le dijo que estaba bien y no quería hablar de eso. Respetaba la decisión de su madre y su familia seguiría su camino.
Él, le cogió una mano y, mirándola fijamente, le dijo que contara con él si lo necesitaba. Al mismo tiempo que le estaba diciendo algo tan importante, tuvo un gesto que a Alizée no le gustó.
Estaba ofreciéndose a toda ayuda que pudiera necesitar en aquella circunstancia tan dolorosa, ¿y se atusaba el pelo?
Parece una bobada, pero realmente tenía un significado que tendría sentido pocos años después.
Aymé no dejaba de mirarla y acariciarle la mano, después el pelo, enredando sus dedos entre los rizos indómitos de Alizée.
Esta permanecía con la mirada baja, mirándose los pies, que no paraba de mover.
Se estremeció cuando le rozó la espalda sobre el vestido de tela muy fina; sensación que hizo que se levantara rápidamente.
Así fue pasando el verano, el otoño y el invierno.
Nadie había vuelto a hablar de lo ocurrido con su madre.
Su hermano, había desechado el sueño de ser médico, quería dedicarse a la jardinería.
Su padre continuaba como si nada hubiese ocurrido. Era severo con ellos, aunque cariñoso, pero nunca les habló de su madre, Camille.
Alizée, como se había propuesto, se preocupaba de todos. Le empezó a rondar la idea de dejar a un lado un sueño que, en realidad, no era suyo, sino de sus padres.
Era estudiar en La Sorbona, cualquier cosa, pero ir a la universidad.
Le gustaba la farándula, los focos, los aplausos. Le encantaba la idea de poder vivir un millón de vidas distintas en el teatro o el cine. Y adoraba cantar. Había aprendido a tocar el violín y a defenderse con el piano, pero cantar era su pasión.
Alguna vez se había metido vestida en la fuente, donde solía esconderse con Aymé, y cantar alguna canción de “The Creedence” mientras chapoteaba en el agua.
O ponerse romántica y susurrar “Amores” de Mari Trini; colgarse del cuello de Aymé y hacerle dar vueltas y vueltas muy pegados.
A Aymé lo superan esos impulsos… Porque lo hacía cuando estaban solos, o cuando estaban en pandilla y bailaba a lo loco; expresión que a Ali le ponía de los nervios.
¿Qué había de malo en bailar? Pues no, parecía que había sitios y contextos adecuados para hacerlo y otros no, pero, ¿quién decidía aquí sí, aquí no?
Además, él estaba continuamente pavoneándose ante todo el mundo y a Alizée no le importaba.
Le ponían enferma ciertas cosas. Sobre todo el doble juego. En privado era todo pasión y atención, en público, el pavo real del corral.
Alizée era igual a solas con él que con todo el mundo mirándola, pero tenía que guardar las formas, según Aymé.
—¿Qué te gusta de mí? —le preguntó Ali en una ocasión.
—Que eres un huracán, diferente a todas —le respondió.
¿Entonces? ¿Dónde estaba el problema?
Esto le molestaba y empezaba a cansarse de tanto gesto y monserga; además, detestaba lo políticamente correcto.
Se enfadaron varias veces, ocasión que Aymé aprovechaba para tontear con Priscila.
La chica era una pánfila sin gracia que se derretía con solo mirarlo.
Pero era la mujer perfecta, la presunta ama de casa ideal, que prepara tarta de arándanos para merendar y su colada está siempre perfecta. ¡Un peñazo!
Las "Mary Poppins" son muy cotizadas en el reino del pavo real...

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