Habían pasado dos años desde la salida de Camille en la vida de Alizée y su familia.
Muy de vez en cuando, Camille llamaba por teléfono a sus hijos. Sabían que vivía en un pueblo de la costa, en la Bretaña Francesa, llamado Saint-Malo.
Alizée estaba cansada de tanta responsabilidad. Su padre ya no ejercía de maestro y había dado su último concierto con la orquesta. Recibía en casa a algún chico para clases particulares. Lo hacía por vocación, no admitía a cualquiera, tampoco lo hacía por dinero.
Antonio, su padre, jubilado, se había convertido en un ermitaño. Apenas salía de su habitación de la música.
Su hermano Louis estaba totalmente dedicado a la jardinería y a su novia Adele. Los empleados, más familia que otra cosa, estaban pensando en regresar a su país.
Alizée empezó a comprender que su “trabajo” familiar no servía para nada. Cada uno iba por libre y ella, dando bandazos, ocupada en cómo se sentían, qué les apetecía y qué le pedían a la vida, casi siempre sin respuesta.
Las circunstancias en su casa, más los malos rollos con Aymé, hicieron que, ese verano, decidiera pasar unos días con su madre.
Cuando contó sus planes a Aymé, este, solo dijo un simple “bien”…
Ali pensó que, al ser tan escueto, no le había gustado. Aunque tenían muchos altos y bajos, días antes habían intimado un poco más. No llegaron a un “follamiento” propiamente dicho, pero la pasión morbosa, en el desván de la casa de Alizée, con solo su padre en casa, tocando el violín, en el piso de arriba, los llevaron a tocarse zonas nunca acariciadas. Sensaciones que, para ella, eran nuevas.
Alizée estaba equivocada. Su plan de verano no le importaba lo más mínimo. Él, hacía semanas que estaba planeando el suyo, junto con dos amigos.
Alizée quedó alucinada… La decisión de ir a visitar a su madre, la tomó de manera impulsiva e, inmediatamente, se la contó.
Él no hizo lo mismo. Otro que iba por libre, como en su casa; con la diferencia de que, en su familia, nadie le pedía cuentas y ninguno se ofendía.
Ali encontró a su madre muy mayor físicamente. Volvía a estar medicada y su carácter había empeorado desde la última vez.
Se enfadaba por todo, le molestaban muchas cosas y estaba muy sola, incluso para quejarse a gusto.
No fue una estancia ideal, pero Alizée se sintió, por primera vez, necesaria. Su madre era insufrible a veces, pero de manera general, no era nada personal en contra de Ali. Tendría que visitarla más a menudo, fue su conclusión.
De vuelta en casa, ni su padre, o su hermano, le preguntaron por su madre. Ana y Ramón sí lo hicieron; además de interesarse por cómo ella se había sentido.
Por la tarde salió a reunirse con su pandilla. Tampoco le preguntaron nada sobre su madre, ni por sus sensaciones, pero era más previsible entre gente tan joven, incluso lo entendió.
Únicamente se interesaron por el pueblo.
Precioso. Con playas espectaculares y un mar como le gustaba a Alizée, nunca en calma, ideal para saltar las olas. Para Ali, era como bailar entre espuma.
Aymé llegó una hora después. En pantalón corto y camiseta; las manos dentro de los bolsillos, mirada al frente y torso erguido.
Si hubiese tenido cola, con toda seguridad, la hubiese desplegado…
Miró a Alizée y sonrió. Enseguida empezó con sus bromas de tío.
Ali se hartó, aunque ya venía harta de casa, aquel chico la agotaba. De sus halagos y amores en privado, pasaba casi ignorarla cuando estaban en público.
Decidió irse a casa. La acompañó Alain, uno de los chicos. El feote buenazo de la pandilla, vivían en la misma calle.
A Alain no le gustaba Aymé. Nunca se lo había comentado a su amiga, pero era muy evidente en ocasiones por sus gestos y miradas.
No era guapo, pero era muy inteligente y un deportista destacado. Tenía mejor cuerpo que Aymé en todos los sentidos, pero no lo exhibía de manera presuntuosa.
Alain le dijo que la encontraba rara; Ali le contó muy por encima su hartazgo generalizado. El cansancio por la responsabilidad que se había creado para con su familia y el vacío que sentía dentro de ese núcleo, más ausente que unido.
El chico le acarició un hombro, diciéndole que debía cambiar su actitud. No parecía ella desde hacía meses y eso lo entristecía.
Se había auto impuesto una responsabilidad que no era suya. Soportaba el silencio de todos, cuando lo que necesitaba era hablar. Entender o no, lo que había pasado entre sus padres, pero saber, soltar e iniciar otra etapa familiar.
La quería mucho.
Ali lo abrazó, haciendo esfuerzos por no llorar.
En ese momento, Alain le dijo que quería contarle algo. Le haría daño, pero tenía que saberlo. Después, decidir, pero no vivir en una ignorancia perniciosa.
Ali lo invitó a su casa. Lo llevó a un pequeño templete que había en el jardín y entró en casa para buscar limonada.
Con un vaso de limonada cada uno y unas pastas de mantequilla, que había hecho Ana, Alizée miró al chico con gesto de pregunta.
Alain puso cara de circunstancia y le agarró una mano.
—¡Venga, Alain! ¡No puede ser tan grave! —le dijo Alizée.
Aymé se había enrollado con la Mary Poppins…
—¡Vaya, Alain!¡No sé si ir a buscar ginebra para mezclar con la limonada, y celebrarlo!
Alain, en menos de un segundo, volvió a ver a la Ali que conocía.
No quiso saber detalles, no quiso seguir con el tema; no era necesario hurgar en algo que no le había sorprendido y, quizá, el empujón que necesitaba para saltar.
Terminaron sus refrescos mientras hablaban de sus veranos, de las correrías pasadas, y Alain disfrutó de varias canciones, cantadas a pleno pulmón por Alizée.
Se despidieron, ya era la hora de cenar y ambos estaban satisfechos.
Después de la cena, Ali se fue a su cuarto y allí pensó. Pensó en su futuro y en su pasado.
Pensó en Aymé… Lo quería con toda su alma, pero había algo que amaba por encima de cualquier cosa: Su libertad.
Y Aymé no le permitía ser libre; la condicionaba. Aymé buscaba la mujer perfecta, según él. Alocada y divertida, fresca y natural, pero cuándo, cómo y dónde él lo considerara. Políticamente correcta con los valores ancestrales de lo que significaba para él la familia, la esposa fiel y siempre dispuesta. La que no pregunta, a la que no se le pide, porque, es tan perfecta, que adivina cada necesidad y cuál es el momento oportuno para ejercerla.
Y, lógicamente, que mirara para otro lado cuando “su” hombre le mentía u ocultaba cosas descaradamente.
Esa mujer no era Alizée y ese hombre no era para Alizée.
Pasó una semana, cuando volvió a reunir a su familia por la mañana. Por la tarde, delante de toda la pandilla, Aymé incluido, les anunció que se iba a vivir con su madre. En su casa, Ana lloró, sujetándose a Ramón, quien miró a Alizée con gesto de complacencia.
Su padre, ni pestañeó, tan solo dijo que, en breve, Ana y Ramón se irían y habría que buscar otra ayuda doméstica. Louis le dijo si iría a visitarlos.
Cada uno pendiente de sí mismo, ninguno, interesado en el porqué ella se marchaba.
Aymé… Aymé miró al suelo, haciendo dibujos con la punta del pie. En privado, no hubo privado. No intentó detenerla, porque no hizo nada para estar a solas con ella.
Ese era el tipo de amor de Aymé.
Alizée sacó del bolsillo un papel; se lo dio solo a Alain, y mirando a todos, dijo: —Esta será mi nueva dirección, no sé cuándo volveré, ni siquiera sé si lo haré. Quien me extrañe, que me escriba.
Alizée, con 16 años, se marchó a Saint-Malo. No esperaba nada de nadie, pero tenía curiosidad por quienes se pondrían en contacto con ella.
Seguro que Alain sería uno de ellos.
Alain, Ana, Ramón y Louis, la acompañaron a la estación del tren.
Antes, en casa, su padre le dio un abrazo, cerró la puerta y continuó tocando el violín. Una curiosa manera de sufrir... Similar a la forma de querer de Aymé.
Con el sonido del violín en su cabeza, hizo la hora y media de trayecto en tren.
Estaba orgullosa de sí misma; empezaba su vida, la madurez, casi recién estrenada la adolescencia.
Tarareaba "La Chacona" de Bach, lo que sonaba en el violín de su padre cuando salió de su casa, y ella misma, quedándose la última, cogiendo con fuerza el pomo de bronce, cerró la puerta.

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