Alizée llega a la estación de Saint-Malo a las 3 de la tarde. Allí, sentada en un banco, ve a Antonia, la empleada que tenía su madre en casa.
Antonia era una oronda italiana de 60 años. La había conocido en vacaciones y le resultaba muy graciosa. Tenía el pelo corto y lo adornaba, a modo de diadema, con pañuelos de colores muy vivos. Usaba faldas muy flojas por encima de las rodillas. Debido a su voluptuosidad trasera, le quedaban un palmo más cortas por detrás que por delante.
Tenía una boca enorme, pero sus dientes eran perfectos y siempre estaba sonriendo.
Cuando vio a Alizée, levantó y agitó sus brazos; no, no pasaba desapercibida.
Sus abrazos eran de oso; Alizée dejó su maleta en el suelo, se paró firme y esperó la embestida de Antonia.
Después, Antonia cogió su maleta y a paso ligero salieron de la estación. Tenía su coche aparcado cerca; un “Renault 4”, al que había mandado pintar de color pistacho en su última puesta a punto.
Los asientos los tenía cubiertos con fundas hechas por ella misma. Era aficionada a la calceta y el ganchillo, y los tejió en estampado “patchwork” multicolor. Todo un espectáculo.
Camille recibió a Alizée con extrema emoción y cariño. Al final, parece que ambas, se habían echado mucho de menos, pero en silencio íntimo.
Los días transcurren con una normalidad sorprendente. Alizée le cuenta a su madre muchas cosas.
Una tarde, en mitad de esas charlas, su madre le pregunta si no quiere saber el porqué de su marcha y alejamiento.
Ali le responde que lleva pensándolo desde el día en que los dejó.
Camille, enfermó, como Alizée sabía. A medida que iba recuperándose, pero sin saber si volvería a tener la posibilidad de trabajar, veía su futuro triste. El proceso de la enfermedad, hizo que cambiase su manera de pensar. Sabía que el padre de Alizée había dejado de quererla como pareja, se volvió un tipo esquivo y, como también Ali sabía, encerrado, con su música, en aquel cuarto. Camille no volvería a esa vida, pero no quería quitarles a sus hijos sus rutinas y su entorno.
—¡Te veía tan feliz, Ali! —le dijo. Siempre fuiste feliz, pero yo me consumía. Y quise que continuaras cantando, que no pararas de bailar por cualquier cosa y en cualquier lugar. Quise que conservaras tu vida.
Pues ahora estaban juntas, Alizée lo había decidido y serían felices en otra etapa.
No quiso seguir estudiando, a pesar de los consejos de su madre, y buscó trabajo.
Tenía 18 años y los últimos dos años, al lado de su madre, trabajó en dos tiendas de moda y en una heladería en verano.
Tenía su grupo de amigos y un noviete con quien experimentó el sexo completo por primera vez. Descubrió que, aquella tarde, de caricias prohibidas en el desván de su casa, junto a Aymé, había sentido un orgasmo.
Recordaba a Aymé más de lo que quisiera y le perturbaba este hecho. No tenía noticias de él. Las contadas veces que habló con Alain, no le preguntó por nadie, pues salvo él, Alain, nadie contactó con ella.
Alain hacía un año que se había ido a terminar sus estudios a Estados Unidos, donde tenía más facilidad para compatibilizar deporte y universidad. Apenas hablaban desde entonces, solo mantenían la felicitación, vía postal, por Navidad y cumpleaños.
A su madre tampoco le gustaba Aymé. Por las referencias e historias que Alizée le había confesado, lo definió como un cretino egoísta.
Un martes de octubre, recibió la llamada de su hermano Louis. Su padre estaba muy enfermo en el hospital.
En un bolso de viaje, metió cuatro cosas y se fue a su anterior casa.
Al llegar, le abrió la puerta Adele, la novia del hermano. Juntas, se fueron al hospital.
Su padre estaba sedado y así falleció al día siguiente, sin saber que Alizée estuvo toda la noche a su lado.
Esa noche, durmió en su antigua casa. Su habitación estaba igual.
A la mañana siguiente, día del entierro de su padre, desayunaron juntos, ella, Louis y Adele. Se enteró de que llevaban un año viviendo juntos.
Preguntaron a Ali, que quería que se hiciera con la casa. Era de ellos dos, ya que su padre, al poco tiempo de la marcha de Camille, había arreglado legalmente y le había pagado su parte.
Alizée los miró, echó una ojeada a su alrededor y le dijo, quédate aquí, yo tengo otra vida y no te molestaré.
Se arreglaron para acompañar a su padre en su último viaje.
En el cementerio, al terminar, se le acercaron algunos vecinos para darle el pésame.
El último que se acercó fue Aymé y la “Mary Poppins”. Él le dio dos besos y un frío “lo siento”; al separarse, se atusó el pelo, no había cambiado, ni por dentro ni por fuera.
La “amiga“ en común, la besó solo una vez, sin rozar ninguna otra zona de su cuerpo.
Alizée se los quedó mirando mientras se alejaban, no sentía nada, se notó rara.
De repente, la otra, sin dejar de caminar, giró la cabeza y sus miradas se juntaron unos segundos. Rápidamente, cogió a Aymé de la cintura y volvió a mirar a Ali.
Louis le confirmó a Alizée lo que sospechaba, Aymé se había casado con la que roneaba, con la que se enrolló estando con ella, con la ama de casa de estofados perfectos y con solo una inquietud en su vida, hacer feliz a su marido.
Louise y Adele se iban de compras, Alizée prefirió ir a comprar el billete de tren de vuelta, e irse a casa.
Compró el billete para el primer tren de la mañana.Compró el billete para el primer tren de la mañana.
De camino a casa, se paró a comprar una tartaleta de manzana en su pastelería favorita. Continuó su camino, mirando a un lado y a otro, recordando las veces que había hecho ese paseo. Mordisqueaba la tartaleta, estaba igual de rica que antes.
Entrando en la calle, donde estaba su casa, habían abierto una pequeña boutique, se detuvo ante el escaparate; era una apasionada de la ropa. Le gustaba lo diferente y entró a curiosear.
Se compró un jersey de cuello vuelto en color pistacho. Salió sonriendo, acordándose de Antonia y lo mucho que le gustaría el color del jersey.
Siguió caminando, pasó por delante de una ferretería, otro negocio nuevo en la calle, así como una floristería enfrente.
Casi había llegado a su casa, cuando escucha que alguien la llama.
Era Aymé…
Alizée, extrañada, le preguntó qué hacía allí. La ferretería era suya; sus padres le habían prestado o dado el dinero para emprender el negocio.
—Ali, me gustaría saber de ti —le dijo, con esa sonrisa que tantas veces la había desarmado.
Alizée lo invitó a tomar un café en casa, ya que se negó a hacerlo en la cafetería de la esquina.
Mientras preparaba el café, Aymé la escuchaba atentamente, de pie, apoyado en la encimera.
Alizée le contó su vida, obra y milagros. Era muy curioso como confiaba en alguien que la había traicionado y que hacía años que no había mostrado interés por ella.
Bebiendo café y comiendo unas pastas de té, hablaban y reían como en sus mejores tiempos.
Ali se levantó para recoger la mesa. No paraba de parlotear y empezó a tararear una canción. Aymé, acompañaba la canción, tocando con sus manos sobre la mesa.
Alizée, dejó de fregar las tazas y empezó a cantar y a bailar por toda la cocina.
Estaba dando vueltas alrededor de la mesa, con un cucharón, simulando un micrófono, cuando Aymé la paró y la sentó sobre sus rodillas.
La besó como nunca y, cogiéndola por la cintura, le dijo que tenían que terminar lo que un día empezaron en el desván.
Alizée estaba excitada y notaba como él también, podía sentirlo, estaba sentada encima.
Se disponía a besarlo cuando se escucha la puerta de entrada, eran Louis y Adele.
Ali, acalorada y veloz, volvió a meter mano, esta vez a las tazas y disimular.
Aymé permaneció sentado unos minutos y enseguida se despidió de todos.
Esa noche, Alizée preguntó a su hermano si podía llevarse algo de su padre.
—Lo que quieras —respondió Louis.
El camino de regreso a su casa, lo hizo con el violín de su padre; abrazada al instrumento, recordaba como le gustaba escuchar aquellas melodías en manos de su padre, al que espiaba a hurtadillas. Melodías que, después, bailaba de puntillas delante de un espejo...

No hay comentarios:
Publicar un comentario