martes, 30 de abril de 2024

ALIZÉE/CAP.5©®

 

   


Camille, la madre de Ali, se puso nerviosa cuando la vio entrar con el violín de su padre. No le traía buenos recuerdos, por lo que Ali, lo envolvió en una manta, que guardó en el fondo de su vestidor.
No contó a su madre el encuentro que tuvo con Aymé. Estaba todavía emocionada y esperaba algo, no sabía exactamente el qué.
Pasaron los meses sin tener noticias de Aymé. Ella seguía con su vida y con su novio.
Y su novio tenía proyectos con ella.
Le propuso que vivieran juntos.
Alizée tenía casi 21 años, una vida estable, pero un futuro por definir.
Pensó en la proposición de su novio y pensó en lo que aún no había meditado sobre la última vez que había visto a Aymé.
Ya habían pasado dos años de aquello tan mágico. Y en esto último pensaba, en la magia. En cómo era posible que, ella, siendo tan independiente, la que había roto la relación porque priorizó su libertad y rebeldía, cayera rendida ante Aymé al primer segundo. Algo estaba fallando y la perturbaba.
En aquel encuentro, ella se soltó, cuando de él, lo único que sabía era que tenía un negocio y se había casado, esto último, encima, no se enteró por Aymé.
Él no le habló de su vida, de su matrimonio, pero es que, a Alizée, no le importaba.
Le daba igual que se hubiese casado, no le importó que no se excusara o le pidiese disculpas, realmente no se le pasó por la cabeza.
¡Alizée no se entendía a sí misma!
Su novio era un tío fantástico, le gustaba y seguramente debería aceptar su propuesta y cerrar el capítulo Aymé. 
Así lo hizo, alquilaron un apartamento. Su novio trabajaba en un pub y Alizée tenía don de gentes. Alquilaron un local para montar ellos un pub innovador; teoría de Ali, la cabeza de la pareja.
Ambos tenían ahorros y en eso los invirtieron.
El negocio funcionaba, estaba lleno de jueves a domingo, aunque la que verdaderamente estaba más involucrada era Ali. Su pareja parecía el relaciones públicas.
Louis visitó una vez a Ali. Lo había dejado con su novia; aunque estaba bien por eso, Ali le notó cierta similitud a su padre en la actitud. Pero no iba a preocuparse por ello. Louis vivía en la casa, no estaba en la calle; tenía su trabajo y punto.
En esa visita, Louis le contó que Aymé había sido padre de un niño.
Aymé, Aymé, Aymé…
Por un motivo u otro, cada cierto tiempo, resurge Aymé. 
Era como navegar en un velero, soltar y arriar velas continuamente.
Pero lo cierto es que, el tipo, nunca había dado un solo paso al frente.
Eso y más rondaba por la cabeza de Alizée; su vida volvía a estar inmersa en arenas movedizas.
El trabajo en el pub era duro para ella, las ganancias eran considerables, sin embargo, continuaban viviendo de alquiler.
Su novio era el encargado de gestionar el tema económico, más por despreocupación y confianza de Ali, que por decisión consensuada.
El trabajo nocturno suele conllevar una vida y costumbres nocturnas.
El ambiente del pub era de “gente bien”, por lo que Alizée estaba bien relacionada socialmente y alternaba su tarea de servir copas, con alternar con la clientela, lo que también suponía, acompañarlos en tomar copas.
Era consciente que bebía más de lo que debía, pero se sentía bien, se divertía y la ayudaba a relajarse.
Una mañana, se despertó antes que de costumbre. Normalmente, lo hacían ambos después de las tres de la tarde, salvo que hubiese alguna gestión que realizar por la mañana, y eso, era tarea de su pareja.
Se encontraba nerviosa; se duchó, se arregló y bajó a comprar unos bollos para desayunar.
En casa, apenas había comida; al levantarse tarde, no desayunaban y se iban a comer al restaurante de un amigo que tenían cerca de su casa.
Su pareja se despertó por el trajín de Ali. Salir, entrar, abrir cajones, algo inusual por las mañanas en esa casa.
La encontró mojando en el café unos bollos de chocolate. Le preguntó qué había pasado.
Nada, nada había sucedido. 
Se sentó somnoliento al lado de Ali, cogió un bollo y empezó a comerlo sin ganas, simplemente por comer.
De repente le pregunta Ali que por qué no se compran un piso o una casa y contratan a alguien que los ayude en el negocio.
Sorprendido, le respondió que era pronto todavía.
Empezaron a discutir, hasta el punto que él le dijo que si no estaba contenta que se fuese.
—¡Encantada! Me das mi parte de lo ganado y me voy al instante —le dijo Ali.
Aquel tipo, en gayumbos, se levantó y le suelta que podrá irse cuando quiera, pero no le va a dar nada.
Dos años viviendo con un extraño, que tenía el dinero a nombre suyo…
No llegó a mediodía el tiempo de estancia en ese piso. Alizée llenó dos maletas grandes con su ropa y objetos más personales y se largó.
Se fue a casa de su madre de nuevo, cabreada con el mundo y consigo misma. No le dio a su madre demasiadas explicaciones, estaba bastante delicada de salud. Tan solo le dijo que había dejado la relación.
Su enfado e impulsividad, hicieron que no pensara demasiado y acudió a alguno de sus contactos del pub.
No tardó ni un mes en instalarse en casa de uno de esos amigos, Fedra.
Fedra era un más mayor que Ali; estuvo casada con un tío con pasta que le dejó una buena situación económica cuando se separaron. 
No trabajaba, no tenía necesidad y se dedicaba a lo que le gustaba, la farándula.
Siempre estaba metida en algún tipo de espectáculo. En Ali encontró la compañía perfecta. 
Actuaban por toda la geografía del país. Alizée conoció a cantantes y actores famosos; se codeaba con gente interesante y, la mayoría, sin ataduras, con ganas de juerga.
Con alguna de estas amistades famosas viajó al extranjero. Conoce medio mundo y experimentó todo lo que conoce ese medio mundo. 
No tenía domicilio fijo, se dejaba fluir, iba y venía, se quedaba con uno o una el tiempo que le apetecía. 
En medio de esa vorágine, tuvo que regresar para enterrar a su madre. Mantuvo contacto con ella, aun estando de un lado a otro, hasta que Antonia la llamó para darle la fatídica noticia.
En ese trance, se entera por Antonia de que, el piso donde vivía su madre, era de un matrimonio amigo, y del dinero que había recibido de su padre, apenas quedaba en el banco.
Alizée no quiso saber nada; el matrimonio que le dejó todos esos años, su piso, estaban de titulares en su cuenta bancaria y, aunque quisieron darle ese dinero, Ali no lo quiso y Louis, al que llamó Ali, tampoco.
Louis se llevó cosas personales de Camille a su casa, Ali no tenía sitio fijo para guardarlas.
Ambos hermanos se tomaron un café antes de despedirse. Continuaba solo, sin pareja y con intención de seguir estando solo.
Le contó que habían abierto un centro comercial en el pueblo. También que Alain había estado ese verano por allí.
Y, cómo no, Aymé y esposa eran padres de otro hijo, esta vez una niña.
Se despidieron hasta sabe Dios cuándo.
El tiempo pasaba muy rápido en el mundo de Alizée. Había cumplido 50 años, había tenido varias parejas y muchos amigos con derecho a roce. Lo que le apeteció y seguía apeteciendo.
Seguía siendo preciosa y parecía una actriz de éxito por su aspecto y sus estilismos cuidados.
Llevaba meses residiendo en París, una ciudad muy cara para quien sus ingresos son inestables y poco seguros.
Casi al azar, busca un lugar para instalarse.
Se decide por un pueblo de la costa azul, Séte, a orillas del Mediterráneo.
Encuentra un local pequeño para lo que quería montar, una tienda especial, con personalidad. Estaba situado en la misma calle donde alquiló un pequeño apartamento.
Tendría que arriesgar sus ahorros, pero ya era hora de asentarse y no le quedaba más remedio que tirarse casi al vacío.
Como siempre, en cada negocio que emprendió, tuvo suerte. Realmente, Alizée estaba capacitada para iniciar cualquier empresa y, sin nadie a su lado como socio, sería muy difícil equivocarse.
Las sociedades, o las parejas, habían sido su talón de Aquiles, porque Alizée tenía un problema no resuelto.
Alizée era libre, su mayor tesoro y a lo que más importancia daba. En esa libertad en la que ella vivía, creía que todo el mundo debería sentirse igual, libre. Les daba espacio, capacidad de decisión, por lo que era excesivamente generosa, empática y nada exigente.
Les daba la libertad que ella tenía.
Y no, no se debe hacer con todo el mundo, porque existen personas egoístas y aprovechadas.
Sin embargo, Alizée, confiaba en que todos actuaban como ella, de ahí, los zarpazos que se había llevado…
Desde Aymé, hasta la última persona con quién había convivido.
A la tienda la llamó, “El roble azul“y fue un éxito rotundo.
Con joyas hechas a mano en plata y piedras semipreciosas, bisutería artesanal y pañuelos de seda, también hechos artesanalmente.
Por fin todo encajaba, estaba relajada y feliz… 
La vida la iba a sorprender de nuevo... ¿Dejaría que lo hiciese?
Sentir o no sentir es un dilema que no existe en la vida de Alizée...








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