miércoles, 1 de mayo de 2024

ALIZÉE/CAP.6©®







 Alizée, 53 años y, como dirían ahora, mujer empoderada.
En realidad, Alizée inventó el empoderamiento; únicamente, se chocaba con las personas equivocadas. Estas personas se nutrían de su entusiasmo, se protegían bajo sus alas, y debían pensar que era un ser indestructible o unos hijos de puta narcisistas; nunca calibran las consecuencias de sus actos.
Al fin, todo estaba en orden por Séte. Desde su apartamento podía ver el mar. Muchas veces se quedaba extasiada viendo la puesta de sol. Estaba en un momento en que disfrutaba con cualquier cosa sencilla. Las gaviotas alborotadas en el puerto cuando entraba un barco pesquero, los niños jugando en la plaza, la luna reflejada en el mar… ¿Paz? Podría calificarse así.
Era viernes, y el otoño suave, resultaba agradable, después de un agotador verano con turistas invadiendo el pueblo y su tienda.
Cerró a media mañana para ir a tomar un café al local de Pietro; un italiano que hacía honor a la fama del “capuchino” de su país.
Sentada, tras el pequeño escaparate de la cafetería, sorbo a sorbo, disfrutaba del sabroso café, al que acompañó con una porción de tarta de manzana recién hecha.
Entró en la cafetería un hombre; apuesto, alto y con una mochila al hombro.
Él y Pietro se conocían, lo dedujo por la conversación y la familiaridad entre ellos.
Pidió un café solo, largo y sin azúcar. Se quedó a solas en la barra, Pietro debía atender la bollería que tenía en el horno.
El hombre se levantó un instante, salió a la puerta y encendió un cigarro. Apoyado, al lado de la puerta, con una pierna flexionada sobre la pared, hacía círculos con el humo que expulsaba.
Alizée lo observaba desde su seguro rincón…
Esos aires de cierta superioridad y seguridad, de aquel desconocido, la atraían.
Cuando el hombre entra de nuevo a la cafetería, repara en Alizée, aunque seguramente, lo había hecho antes, cuando estaba sentado en la barra.
Alizée seguía teniendo imán para los hombres. Algunos años atrás se había cortado la melena, dejando el pelo por encima de los hombros, con sus rizos al aire.
Apenas usaba maquillaje, un poco de máscara de pestañas y lo que nunca podía faltar: Labios rojos pasión.
Llevaba puesto un vestido blanco, de tiras muy finas en los hombros, con la caída justa para marcar, sin ceñir su cuerpo; largo hasta los tobillos. Lo combinaba con un jersey corto de color negro, flojo y con escote amplio, que caía hacia un lado, dejando al descubierto uno de sus hombros.
Al cuello, lucía una gargantilla con una turquesa que resaltaba sobre su piel bronceada.
—Buenos días —dice aquel hombre—Disculpa que no te haya saludado al entrar, no te vi—.
Su voz era agradable y su tono cálido.
Entablan una conversación variada, desde el buen tiempo del que disfrutaban, al café de Pietro, para entrar en asuntos más personales, como de dónde venían.
Efectivamente, él era de esa zona y tenía un negocio de artículos navales.
Alizée estuvo tan cómoda, que no reparó en la hora. Cuando se dio cuenta, era la hora de comer y se despidieron.
Volvió a verlo a la semana siguiente; él entró en la tienda de Ali. Quería comprar un regalo especial y le pidió consejo. No tenía límite de precio y, después de mirar varias piezas, compró un precioso anillo con una piedra de amatista, sugerencia de Alizée.
La invita a un café y quedan para comer otro día.
En esa primera comida, la sorprende regalando el anillo que días antes había adquirido en su tienda.
Sucedió todo muy rápido; Luc, así se llamaba el hombre, encandiló a Alizée. Era cuatro años mayor que ella, estaba divorciado y tenía una hija.
A los cincuenta y tantos, la percepción del típico noviazgo, desaparece. O vas, o vienes.
El tiempo pasa muy rápido, los gustos y manías están definidos y a qué esperar.
Alizée se trasladó al piso de Luc, más amplio que el que ella alquilaba.
Alizée estaba feliz. Se acopló sin problema a Luc y a otras costumbres, que no le eran desconocidas.
Salían habitualmente de noche, el pueblo tenía una vida nocturna incansable…
Fueron años de todo; de felicidad, de desencuentros y muchos excesos.
Alizée, se dedicó tanto a las fiestas, que descuidó su tienda. No esperó a que el negocio fuese mal, lo cerró antes de que todo se fuera a pique y se dedicó a ayudar a Luc con el suyo.
Vivían muy bien económicamente y, de nuevo, estaba muy bien relacionada.
En esa etapa, compran un piso y se trasladan a la otra punta del pueblo. La nueva vivienda tenía unas vistas espectaculares, una enorme terraza. y una playa a escasos metros.
Poco a poco, nuevamente, tenía la impresión de que ella era la que más trabajaba y no tenía ni idea del tema económico.
Pero, esta vez, puso las cartas sobre la mesa.
La pareja no estaba casada; su convivencia, de casi 15 años, no le aseguraba nada. Dedicada al negocio de Luc, pero solo físicamente, no tenía nada a su nombre y no lo veía justo, porque ella colaboraba activamente en ese negocio y, más de una vez, Luc había alabado su don para vender y hacer negocios importantes.
Luc le daba largas, que al principio, se creyó. Pero, Alizée, empezó a vislumbrar la sombra de la excusa y así se lo dijo.
¡Y tanto qué eran excusas! Tenía todo a nombre de su hija…
La sociedad común la disolvió Alizée en minutos. Él se largó y ella se quedó a vivir en el piso, no se sabía hasta cuándo, aunque intuía que era el “pago” por la mala conciencia de Luc. Sí, se había portado mal con Alizée.
De nuevo, se quedaba “colgada”; con un matiz importante, la edad. No era mayor, tampoco se sentía “vieja”; cansada, a veces se sentía cansada de remontar una y otra vez.
Sin negocio, sin casa en propiedad… Sin seguridad. Unos cuantos ahorros que conservaba en su cuenta eran su único sustento.
Pero, ¿por qué tenía tan mal ojo para los tíos? 
¿Su exceso de confianza? Los quería libres, como ella. Ali no se aprovechó nunca de nadie, jamás había pisado a nadie. Ser libre no es hacer lo que te da la gana, ni pensar únicamente en ti mismo.
Se sintió amada por cada uno de los hombres de su vida, por eso no entendía las actitudes que habían tenido con ella. 
La quisieron, pero no dieron en igual medida a lo que ella les daba.
Ni su padre se lo había demostrado.
Pero… ¿Quién cambia su personalidad? Puedes cambiar un hábito, una costumbre. Puedes no hacer determinada cosa que al otro le incomode; ser uno mismo es imposible de cambiar.
¡Pero estaba ella! La que podía y pudo siempre con todo.
¡El Ave Fénix debería llamarse Alizée!
Empezó a hacer planes para tener ingresos, más o menos fijos, hasta la edad de jubilación, que no estaba lejana.
El piso “prestado” le daba cierta estabilidad y llegó lo que nos llegó a todos.
¡La pandemia! Un suceso histórico que daría un vuelco inesperado a la vida de Alizée…




No hay comentarios:

Publicar un comentario

GLORIAS POR LA GRACIA DE LAS PESETAS

 Hace unos días, saltaba la liebre. Un presentador, muy conocido, de la RTVE Canarias, fue invitado a un podcast. Entre varias declaraciones...