jueves, 2 de mayo de 2024

ALIZÉE/CAP.7©®








 Alizée, desde hacía tres semanas, impartía clases particulares de declamación. Lo hacía en su casa, un entorno idóneo para ello.
Sus vecinos no eran ruidosos, tampoco numerosos; la finca tenía solo tres alturas y dos pisos por planta. La tranquilidad era la dueña de la casa. Desde cualquier rincón de las vistas, eran un espectáculo, pero desde el salón, a través de sus amplios ventanales, era un paraíso, que ayudaba a sus estudiantes a relajarse.
El Covid paralizó nuestras vidas y fue una siniestra sorpresa.
Para Ali, fue bastante más que para otros. Su vida “laboral” fue interrumpida violentamente, cuando apenas había comenzado. Los confinamientos impedían cualquier relación fuera de nuestro entorno de convivencia.
Sus clases quedaron paralizadas y no se sabía hasta cuando, por lo tanto, sus ingresos económicos también cesaron.
Intentó otros medios de trabajo. A través de una amiga, se enteró de que existía una actividad interesante: Los audiolibros.
Algo tan simple, a priori, como contar historias, generalmente, editadas en libro.
Había gente con diferentes discapacidades que utilizan este medio para tener acceso a todo tipo de lectura, en calidad de oyentes.
Alizée tenía una bonita voz y el arte de contar cualquier historia simulando varios personajes, también podía transmitir como nadie, el sentimiento o matiz adecuado.
Grababa varios audios por día. El primero que hizo tuvo bastante audiencia y la empresa dedicada a esta disciplina, le aconsejó que grabara lo máximo posible.
Tenía una pequeña cantidad de dinero asegurada, pero necesitaba más.
Empezó a hurgar por las redes sociales. Era neófita total, pero trasteando se aprende y se adquiere práctica.
Es así como llega a Facebook e Instagram.
Con una cuenta creada, que edita varias veces, empieza a publicar fotos de viajes y alguna de sí misma.
Pasado un mes, publicando cosillas y mirando lo que hacían otras, encontró a una chica de Chartres, su pueblo de origen.
La chica, Madelaine, había dejado de serlo. La foto de su perfil tenía 50 años de antigüedad, por eso la conoció, era la jovencita que recordaba.
Le hizo tanta ilusión que le escribió. La respuesta fue rápida y por Messenger. Se dieron los teléfonos y por la noche hablaron.
Madeleine no fue de la pandilla de Alizée, lo fue de clase y de verse por el pueblo.
La mujer le confesó que, dado lo que había pasado con la enfermedad y posterior marcha de la madre de Alizée, sus padres no la dejaban mantener más contacto con ella. Lo sentía muchísimo; cuando era más mayor, para comprender la injusticia de sus padres, Alizée, ya se había ido del pueblo.
Madelaine se casó y se fue a vivir a Marsella; hacía 8 años que había vuelto a Chartres, se quedó viuda, no tenía hijos y decidió ocupar la casa que sus padres, fallecidos, le habían dejado.
Ali no sabía donde estaba la casa exactamente, solo la zona.
Madelaine le dijo que vivía frente a la casa de los padres de Aymé.
Lo conocía perfectamente de cuando eran jóvenes, pero tenían cierta amistad desde que su padre había fallecido. Su madre, muy mayor, estaba en una resistencia de mayores y Aymé, cuando se separó, se fue a vivir a esa casa.
Madeleine era muy habladora, no hacía falta preguntarle nada.
Quedaron en volver a hablar y en no perder la relación.
Alizée estaba emocionada… Aymé.
Después de tantos años sin saber y sin verlo, regresaba a su vida. Tenía que hacer algo, su historia había quedado inconclusa y quería cerrar ese círculo. Por impulso, pensó que, quizá, ahí estaba el problema. Nunca más hablaron de su ruptura, en realidad, después de romper, no hablaron de nada. Para Ali significaba mucho, Aymé nunca había dejado de importarle.
No tuvo que ocuparse mucho, más bien, no se ocupó nada.
¡Al día siguiente recibe la llamada de Aymé!
Madeleine le había dado su número de teléfono. Seguramente, emocionada de haberse encontrado, se lo contó a Aymé y le pidió el teléfono, o directamente, se lo ofreció ella.
Alizée temblaba mientras escuchaba aquella voz; más ronca, pero no le era desconocida y todavía la seducía.
Lloraban de emoción, reían como chiquillos, nada había cambiado. Cuando estaban solos, el mundo dejaba de existir y ellos tenían su propio planeta.
Hablaron y hablaron después de ese momento. Un día tras otro; a cualquier hora. Alizée interrumpía lo que estaba haciendo cuando veía su número en la pantalla.
Él sabía cómo seducirla y ella se dejaba seducir, el clima era perfecto. 
Alizée comenzó a vivir como si hubiese vuelto a los 15 años.
A la gente muy joven, suele hacerle gracia, o se cachondean, de las personas que se enamoran a una edad madura. Creyéndose los reyes del mambo y los encargados de cambiar el mundo, su inexperiencia, lógica por los pocos años vividos, los convierten en bobos portadores de millones de hormonas en continuo movimiento.
Se siente lo mismo, se sueña igual. Se te eriza la piel, te pones tonto con una chorrada del otro… Te ilusionas.
¿Y quién no quiere vivir una emoción?
Desde luego, Alizée no estaba por la labor de dejarla pasar o pasar de puntillas; nunca lo había hecho.
Aymé parecía que tampoco, lo estaba dando todo en cada llamada.
También se contaron sus vidas, vividas cada uno por su lado; sin tapujos o miedos al qué dirán. Ali se desnudó ante Aymé como jamás lo había hecho con nadie, y tenía la convicción de que él había hecho lo mismo.
Para Alizée, eran dos almas enamoradas condenadas a encontrarse.
¡Por fin se podía viajar! La pandemia estaba controlada, manteniendo alguna que otra medida de seguridad y de sentido común.
Aymé no quiso ir a casa de Alizée, cuando ella se lo propuso, quería sorprenderla con algo especial.
Ese fue el motivo de que dejase a Aymé planear el reencuentro. Cerró la ferretería una semana y se encontraron en un punto común de Francia. Desde allí, en el coche de Aymé, se irían a Italia.
Paraban en pueblos tranquilos, no tan turísticos y repletos de gente; comían en restaurantes que él conocía y se alojaron en hoteles con encanto. Ruta y lugares que Aymé conocía de viajes anteriores con su exmujer. 
A Alizée le daba igual, dónde fuera si estaba él; era su manera de vivir, su manera de sentir.
Terminaron lo que habían empezado cuarenta años antes, en el desván de la casa de Alizée. El sexo con Aymé, también era especial para Ali.
¿Cómo pudo dejar a medias aquello? Se preguntaba en silencio. 
Quizá no hubiese sido tan estupendo… Pienso yo. ¿Quién sabe?
El viaje de vuelta no fue nostálgico. Alizée no tenía tiempo de pensar en negativo. Su cuerpo, su mente, habían vuelto a los 15 años.
La palabra que define su sensación y experiencia, es la de embriagada, de amor y vida.
Ya en su casa, por la noche, en la cama, recordó esa noche, cada beso, cada abrazo, mirada. Cada roce casual, como la cogía de la cintura.
Como enredaba su pelo suavemente con un dedo mientras le hablaba, y cómo se despertaban abrazados cada mañana.
Se ruborizó pensando en tanto y se acurrucó soñando con todo… 




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