viernes, 3 de mayo de 2024

ALIZÉE/FIN




  



Hablando por teléfono con Aymé, fueron pasando meses y meses.
Las llamadas, casi siempre realizadas por Aymé, permanecían, pero se iban espaciando. 
Cada uno seguía con sus vidas.
Alizée ya estaba oficialmente jubilada; aunque continuaba colaborando con los audiolibros, ya no se sentía obligada, lo hacía por placer. Tenía un gran sueño en mente: Escribir su historia de amor con Aymé y, a ser posible, publicarla.
Continuaba su relación telefónica con Madeleine, pero no le contaba, en toda su magnitud, lo que significaba Aymé en su vida. Quizá, por ella lo hubiera hecho, le gustaría gritarlo a los cuatro vientos. Su prudente generosidad, la hacía cortarse; no sabía si a él le gustaría, ni lo quería incomodar y preguntarle.
Con repentinas ganas de verlo, en un impulso, decidió ir a su pueblo.
No era raro, su hermano Louis residía allí y también hacía muchos años que no lo veía.
No se esperaba para nada lo que encontró.
Su hermano parecía un anciano y la hermosa casa de sus padres, estaba en condiciones deplorables. El jardín parecía una selva y, el interior de la vivienda, se encontraba sucio y destartalado.
Su hermano no supo darle explicaciones; huidizo y muy enfadado, iba de un lado a otro protestando. Alizée tuvo miedo de Louis. No se quedaría en aquella pocilga.
Se trasladó a Dreux, un precioso pueblo a 40 kilómetros del suyo.
Sus planes habían cambiado.
No podría quedarse todo el tiempo que quisiera; tenía que pagar un hotel.
Este movimiento inesperado, evidentemente, lo hizo por Aymé, con quien se puso en contacto.
Estuvo cuatro días y no pudieron verse. Al parecer, Aymé, tenía bastante trabajo y un día por otro, pasó los tres primeros días sola.
El último día, después de dejar el hotel, se fue a casa de sus padres. Su intención, además de ver a Aymé, era la de convencer a su hermano de que viese a un médico.
Louis se negó en redondo y, renegando, se encerró en un cuarto.
Alizée, asustada, angustiada y apenada, se fue. No podía hacer nada que él no quisiera hacer.
Se metió en el coche para tranquilizarse. Dentro del automóvil, fumando un cigarro, se arregló el pelo con las manos. Se colocó el pañuelo del cuello y se repasó el carmín de los labios.
Salió del coche y empezó a andar, camino de la ferretería de Aymé, al final de la calle.
Entró muy recta y sonriente. Un joven estaba detrás del mostrador. Ali le preguntó por el dueño, suponiendo que era un empleado.
El chico, alto y fuerte, avisó a Aymé que, mirando hacia el mostrador, a través de una pequeña ventana del cuarto donde estaba, la miró sorprendido.
Se levantó, abrió la puerta y la invitó a pasar.
Alizée, aunque entró sonriente, no hizo muestra de afectividad alguna, él tampoco. Intuyó cierta incomodidad en Aymé, a pesar de su sonrisa.
Apenas cinco minutos duró la conversación; Ali lo notó nervioso y supo por qué.
El dependiente era su hijo. Estaba claro que, aquel chico, no sabía de su existencia y muchísimo menos, quién era ella.
Se despidieron rápido. Mientras Ali se dirigía al coche, se preguntó quién era ella para Aymé.
Cuando estaban solos lo era todo…
Regresó a su paraíso, extraña. La situación de su hermano la había dejado en shock.
El encuentro con Aymé, buscado por ella, también la desconcertaba.
Una llamada de Aymé, a los 15 días, despejó todas sus dudas. El “lo siento“, los "sabes lo que significas para mí", "estamos destinados el uno para el otro"…
Era escuchar su voz y su día cambiaba. Un chute de adrenalina y una esperanza que sentía, pero de la que no era consciente. Ella era fuerte, su felicidad no dependía de nadie... Era uno de sus lemas.
Alizée tuvo varios problemas de salud y algún pequeño accidente doméstico.
Madeleine la ayudaba bastante desde la lejanía, dispuesta siempre a irse, si lo necesitaba, o a invitar a Ali a su casa.
Entendió que no fuera a verla cuando estuvo en el pueblo. Ali le explicó que lo de su hermano la trastocó y tampoco le dijo que había estado cuatro días. De Aymé, menos todavía, ni se lo mencionó.
Alizée estaba solucionando el tema del piso con su ex pareja. Quería irse de ahí y pretendía que Luc, al menos, le diera una cantidad de dinero. Era lo justo y lo necesitaba para establecerse en otro lugar. Con la casa de sus padres no podía contar, dada la actitud de su hermano.
Era la casa a la que siempre pensó volver y poder vivir con Louis si fuese necesario.
Todo se fue al traste…
Pasó otro año y las llamadas puntuales de Aymé se seguían produciendo.
Alizée era una montaña rusa de sentimientos encontrados. En una de esas subidas a la montaña, decidió viajar de nuevo al pueblo cercano al de Aymé.
En la última llamada, él le había hablado de estar deseando hacer otro viaje con ella.
¡Lo necesitaba, decía!
Así que Ali, le comentó que iría a su encuentro en una semana. Aymé le respondió que no, en esa semana, tenía bastante trabajo y que, a partir de ahí, estaría libre para irse unos días con ella.
Al día siguiente de esa conversación, Alizée, cobró unos atrasos de la pensión. Un dinero que suponía un extra importante.
Ali, de apellido impulsividad, preparó todo para irse ya. Podía pagarse varios días en el hotel de Dreux, el extra económico se lo permitía, y seguramente, podría verse a ratos con Aymé, antes de viajar juntos, pensó.
Se puso muy contento cuando Ali se lo comunicó, le pareció perfecto.
Aymé le dijo que quedarían para comer al día siguiente de su llegada.
Ali fue cantando todo el viaje. Con su música preferida en el coche, conducía sin prisa e ilusionada.
Llegó al hotel a la hora de cenar. Avisó de su llegada a Aymé, quien  le confirmó la comida para el día siguiente.
Alizée durmió a pierna suelta y no se despertó temprano, como era su costumbre.
El conducir varias horas y la tensión de felicidad absoluta, la habían cansado.
Pidió el desayuno en la habitación, no le apetecía bajar. Quería desayunar tranquila y ponerse más guapa, si eso fuera posible, para su cita.
Cogió el móvil para ver el pronóstico del tiempo. Tenía un mensaje de Aymé.
No podría ir a comer.
Alizée suspiró, mientras salía al balcón. Miró más allá de lo que tenía enfrente, aunque no veía nada… Solo pensaba.
De repente, entró. Se miró al espejo que tenía frente a la cama y se dijo: ¡Vamos!
Se vistió con la ropa que había preparado para su cita. Se pintó los labios de rojo intenso y se fue a la calle.
Así estuvo una semana, algún día con más ánimo que otro y llamadas a diario de Aymé, justificando el porqué no podían quedar todavía.
Estaba lejos de su casa, pero vivía en la misma montaña rusa.
Llegó el viaje, de forma intempestiva, pues no fue organizado días antes. Unas dos horas antes se lo dice a Alizée que, por supuesto, estaba más que dispuesta. Se fueron a un sitio cercano llamado Vernon. Alizée ya lo había visitado varias veces, pero no le importaba. Estaba Aymé, al que cataloga como el amor de su vida, y el pueblo era precioso. Él también conocía. Lo había visitado con sus hijos. Honestamente, creo que este último comentario, pudo habérselo ahorrado.
Aunque Ali también le comentó que lo visitó con un ex, no sé si antes o después del comentario de Aymé.
La sinceridad está sobrevalorada algunas veces, pero yo no soy Alizée.
Aunque fueron dos escasos días, menos de lo esperado, lo disfrutaron como solo Alizée sabe hacerlo y lograr que el otro lo haga.
Lo encontró mayor, además de fumar compulsivamente.
Fueron dos días de muchas cosas. También de confesiones y quejas por parte de Aymé.
Su vida, dijo, no le gustaba. Vivía pendiente de dos hijos mayores e independientes y compartía salidas familiares con su ex, a quien no soportaba.
Alizée actuó como amante, amiga y terapeuta.
Cuando regresaron, se despidieron con un cálido abrazo. Quedaron en volver a verse para la verdadera despedida.
Alizée se quedó cinco días más, de los que pudo ver a Aymé. Se vieron  la primera vez, cuando él pudo… Y los dos solos, sin miradas indiscretas, sin distracciones, dos días más, los del viaje romántico...
Alizée hizo el viaje de regreso con nostalgia. También con preocupación de ver el estado físico de aquel hombre que tanto amaba; el deterioro físico al que no ponía freno cuidándose más.
La tristeza la embargaba por momentos. Recordaba todas y cada una de las confidencias que Aymé le había hecho. Lo desgraciado que había sido en su niñez y juventud. Había sido la diana de su madre, de la que transmitió un retrato despiadado.
La incomprensión de una esposa que, a pesar de estar separados por decisión de ella, permanecía en su vida. Él lo permitía por sus hijos; eran felices viendo a sus padres juntos, aunque, cada uno, tenía su vida.
Su trabajo lo amarraba. Un negocio que le reportó excelentes beneficios, pero, aun sin necesitarlo, continuaba gestionando.
Su hijo, era más un ayudante, que el relevo que debería haber tomado las riendas hace años.
Y Alizée, lejos de él, a quien declaraba su amor cada vez que hablaban, o en las escasas veces que se veían.
Era todo surrealista. Podría irse con ella, aunque Alizée piensa que no lo aguantaría conviviendo un día entero.
Aymé, podría gritar al mundo "te quiero, Ali", sin embargo, permanecía estancado en su triste y rutinaria vida.
Anclado, cuando estaba con Ali, en un pasado. En lo que pudo haber sido y no fue.
Pero, él decide y, casi 50 años atrás, aunque lo dejó Alizée, él decidió dejarla ir.
Lleva toda su vida lamentándose por actos que son solo decisiones suyas.
Pudo cambiar el rumbo de su relación con ella y no lo hizo. Todavía podría, al menos intentarlo, pero no lo hace. ¿Cobardía?
¿Y Alizée? Alizée, me da la impresión, que idealiza a un hombre que no la merece.
Que no la suelta, pero no le dice “quédate”.
No fue tras ella de cara al mundo, pero a solas, no la deja volar.
¿La necesita? Quizá sí. A ratos, a instantes…
Y siempre está, lo sabe porque Ali expresa lo que siente. 
El de Aymé, es un amor egoísta del que creo que Alizée es consciente. Tiene más contras que pros; Ali solo valora esos pros, le aportan.
No necesita ningún Aymé para brillar, al contrario, Aymé la opaca,  Ali deja que él brille con la luz que a ella le absorbe.
Alizée es y será libre, incluso para equivocarse… Si es que se equivoca.

 Alizée, gracias.




 

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