lunes, 6 de mayo de 2024

EL REGRESO DE MARGARITA/CAP.1©®







 La última vez, nos quedamos con Margarita recién aterrizada de su primer viaje con el IMSERSO. Una experiencia diarreica y con meteorología adversa.
La dejamos cenando con su no novio, quien fue a recogerla al aeropuerto, en el mejor restaurante de la zona.
Tenía otro viaje previsto y pagado, pero faltaban dos meses todavía.
Llegó a su casa bien cenada y bien bebida.
Al día siguiente por la mañana ya estaba sonando mi teléfono insistentemente.
Margarita tenía mucho por resolver. Escriturar el piso que heredó a su nombre, médicos y el vaivén del no novio, que ni lo quiere ni lo deja de querer.
El inquilino rumano seguía ocupando la habitación del piso que había heredado; Margarita quería sacar más beneficio.
Su hija, más acostumbrada al internet, puso un anuncio. Enseguida obtuvo respuesta.
Una cubana estaba interesada y quedaron para ir a verlo.
A la presunta inquilina, no le importaba compartir piso con alguien que no conocía.
Se fijó más en la pequeña cocina que había sobre otra antigua, de las de leña o carbón, que todavía conservaba. Así como la cisterna con cadena del baño… 
El piso era de los años 60 y seguía conservando esa estética retro.
La cubana, por sus comentarios, era muy limpia, el rumano, no se sabía.
Se marchan ambas mujeres y quedan en contactar para el tema del dinero que no estaba muy claro. 
En apenas dos días, a Margarita se le ocurre la idea del siglo. Rebajar 50 euros el alquiler, a cambio de que Celia Cruz, la probable inquilina, limpiase el piso.
Afortunadamente, la cubana llamó antes de que lo hiciera Margarita con su proposición indecente, a la que, presumiblemente, le hubiera contestado: “¡Asúcarrrrrr!”.
La muchacha había encontrado algo mejor.
Margarita es quejumbrosa por naturaleza, sin conocimiento de que nació con una flor en el culo…
A los dos días, ya tenía la habitación alquilada. Esta vez a un ruso.
Cuando me lo contó flipé. Ya le había dicho que no era buena idea alquilar de tapadillo, si surge algún problema, no podrá denunciarlo. Margarita tiene el arte del funambulismo y va a su bola.
¿Cómo se le ocurre meter a alguien sin referencias o sin avales? Ni puñetero caso.
A todo esto, el rumano, empleado del bar de su no novio, deja el trabajo.
¿Quién chupó la bronca? El no novio, encima que el rumano lo dejó colgado.
Margarita no le dijo nada, esperaría al siguiente mes. Si el tío pagaba, le daba igual lo que le hiciera al no novio.
Decidió instalar internet en ese piso. También estaba dándole vueltas a algo que le habían dicho. Colocar medidores automáticos de tiempo en los interruptores de la luz y en la ducha. Así controlaría que sus moradores no desperdicien energía y agua a lo bobo. También pensaba colocar cerraduras en los otros cuartos que no entraban en el alquiler, porque, actualmente, solo era cuestión de fe y confianza en que no lo hicieran. Margarita, lo que se dice de fe, no era y era una desconfiada de la hostia.
Al ruso lo vio el día que entró a vivir. Pagó el alquiler sin ver la habitación.
Entró con una maleta. No volvió a ver, ni al ruso, ni su maleta; había pagado el alquiler hasta el 7 de mayo. La puerta de su habitación estaba cerrada siempre, y a ella le daba “cosa” abrir sin permiso.
El rumano había puesto cerradura, algo que molestó a Margarita. 
A mí lo que me acongojaba era lo del ruso y la maleta… ¿Qué habría dentro de aquella maleta?
Tanto le di la chapa que, el día que fueron a instalar la fibra, Margarita les preguntó a los operarios, cuando se iban, si había salido alguien de aquella habitación.
Nadie, de ahí no salió nadie, ni escucharon ruido. Salió el rumano, cuando estaba hablando con los instaladores; con una chica.
Margarita torció el morro. “¿Cómo se le ocurría meter a una mujer?”, me dijo muy cabreada.
“Pues hombre, si no le has puesto normas, ¡cómo si mete una urraca en una jaula!".
Estaba desesperada con todo. Los pagos de escritura, un dinero que cobró de la Seguridad Social que no le pertenecía y tenía fecha para devolverlo. Su hija… La chica convive con un policía al que le hace la vida imposible. Es igual que su madre y el policía, idéntico al no novio de Margarita. Están en el mundo porque tiene que haber de todo…
Como se cabrean a cada rato, y el piso donde viven está alquilado por la hija, el que tiene que pirarse es el policía. Cuando se larga el policía, allá que va Margarita a dormir y beber toda la sidra de Vizcaya, con su niña.
Duermen juntas en la misma cama… Días y días, hasta que hay reconciliación y ¡Margarita a su casa!
En dos meses tuvo dos citas románticas con el no novio. 
La primera, después de una cena, se van a casa de Margarita. Se meten en cama, no sé si desnudos, pero no tuve la necesidad de preguntar… Margarita había comprado un ventilador con lucecitas de colores para el techo. Sí, venden esas cosas…
Evidentemente, aspas y luces, funcionan al mismo tiempo o de manera independiente.
Y encendió las luces de colores… No sé si le entró la risa o el no novio se hartó del juego lumínico. Se dio la vuelta en la cama y se durmió. 
La siguiente cita fue mejor; se olvidó del ventilador y se ventiló al no novio.
El nuevo viaje, también la traía por la calle de la amargura. A ella y a mí, que es quien la escucha. Tres días antes de la salida, venía desquiciada del traumatólogo. Hace unos meses se rompió un tobillo y dice que le duele. Eso suele ocurrir cuando aún no se bebió las tres primeras botellas de sidra; después se le pasa.
El especialista le dio el alta y Margarita, erre que no. El médico le dio la opción de operarse para quitar los tornillos. Ni de coña, le dijo.
Bueno, pues no había otra cosa que hacer, es decir, ajo y agua le dijo el traumatólogo.
Semanas antes, ajo y agua, le dijeron, el psiquiatra y el médico de cabecera, por pesada.
El psiquiatra, porque se ve a lo lejos que se bebe el Cantábrico sin destilar, combinado con Lorazepam. El médico de familia por el peñazo que daba por un simple resfriado.
No dio por culo en unas radiografías, fue a buscarlas y las tenía hechas del 2022… Así es Margarita.
Su hija miró en internet el hotel a donde iba, yo le busqué el tiempo para 10 días.
El hotel era un espanto, la meteorología era buena.
No quería ir, le dolía el tobillo, el hotel era una mierda y el tiempo podía equivocarse.
“Quizá te mueras y no tendrás que preocuparte de nada”, le dije…
Es lo mejor que tiene Margarita, le puedes decir la burrada o crítica más cruda, que no se inmuta.
A la tarde, tres horas antes del viaje, me llama.
Borracha no, un pelín más…
—¡Margarita, coño, no bebas más! Le dije.
Vendría su hija a buscarla para llevarla al aeropuerto y estaba en camino de quedar inconsciente; antes, en el aeropuerto o dentro del avión.
—¡Estoy muy mal! ¡Me duele el pie! ¡No quiero viajar sola! —balbuceaba.
¡Total! Allá que se va con su hija. Obviamente, discutiendo todo el trayecto. Ya, en el aeropuerto, la hija se cabrea y la deja sola. Por allí pululaban jubilados para el mismo vuelo y destino que Margarita.
Estaba a una hora de iniciar otra odisea, destino Mallorca…




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