Me imagino a Margarita con la vista borrosa y sus piernas tambaleándose por el aeropuerto; aunque, la tía, estaba acostumbrada a ese estado de limbo, nunca se caía, la “jodía”.
Yo estoy acostumbrada a hacer rastreo de vuelos cuando viaja alguien que conozco. A Margarita especialmente, porque solía preguntarme de todo y era obligado hacerle la trazabilidad como si fuera un cargamento de melones.
El vuelo salía a las 19:30, directo a Mallorca.
La compañía, con nombre curioso, es de estas subcontratas de Iberia. Al rato, veo que saldrá con retraso de una hora, pero, observo, que la compañía ya había cambiado de nombre… Ja, ja, ja.
Informo a Margarita del retraso, recordad, Margarita no lee nada y, en su estado, dudo que hubiese escuchado la megafonía.
Se pone burra, claro. "¡Vamos a llegar a una hora de mierda!", "¡con razón, yo no quería venir!". "No sé si tomar algo en la cafetería".
—¡No! ¡No tomes nada! ¡Te van a mandar en ambulancia, coño! —le dije.
Se empezó a descojonar… ¡Madre mía!
Justo una hora más tarde, embarcan. Como siempre hace, con el teléfono en la oreja mientras puede, y yo al otro lado.
Me llama Alexa…
Aparte de Margarita, escuchaba a la paciente azafata intentando que, aquel "jari" de jubilados se sentaran de una puta vez.
Llegó mi descanso cuando despegaron. Tranquilamente, me puse a hacer el seguimiento del vuelo. Lo intenté varias veces, sin resultado alguno. Era la primera vez que me pasaba semejante cosa.
Rastreaba sin problemas a mis amigos, los vuelos de mi hijo a Washington, Nueva York, México… El de Mallorca, se lo había tragado la tierra.
Dos horas después, llamó Margarita. Esperaban al autobús que los llevaría al hotel. Otro "jari". Aunque no tienen que ocuparse de las maletas, las 16 bolsas de mano que llevan cada uno de los "senior scouts", no las colocan en tiempo récord.
¡Y Margarita negra! "¡Ya veremos qué cenamos cuando lleguemos!". "¡Será cerca de las once de la noche!". "¡La mierda de habitación!". "¡A quién me meterán!".
Así todo.
Efectivamente, cada uno tenía preparado un plato de postre con dos lonchas de pavo y tres de queso de barra. ¡A tomar por culo, sois mayores, lo mejor, cena ligera y a dormir, que vendréis cansados!
A Margarita no le gusta el queso, subió a la habitación con dos lonchas de pavo en el estómago y 7 litros de sidra que todavía no había orinado.
Por supuesto, no podía subir sin antes dejar su huella en recepción…
—¡A ver a quién me metéis! Prefiero estar sola—
—Señora, puede pagar el suplemento de 20 euros diarios y estará sola. Gracias y buenas noches—.
No le quedaba otra que esperar y ver lo que pasaba en días sucesivos. Se había enterado que, la mayoría de las mujeres que hacen estos viajes, pagan el suplemento. Ella no, Margarita prefiere tentar a la suerte y que sea lo que Dios quiera.
Entró en la habitación; estaba limpia, pero antigua como las pirámides de Egipto. Cuando entra a ver el baño, espacio que a muchos nos preocupa, entra en un nuevo brote…
Del mismo año en que se inventó la bombilla, no tenía bidé. Esto suele ser habitual incluso en los hoteles modernos. Optan por ganar espacio, suprimiendo una pieza muy importante para el aseo entre horas.
Los grifos de rosca, las piezas antiguas, sin plato de ducha y los tubos de la calefacción a la vista.
Una bañera con cortina, que para personas de determinada edad significa practicar salto de altura, para entrar y para salir, con el peligro que conlleva.
Margarita, aparte de haber perdido colágeno , también había perdido flexibilidad. Tiene un tobillo en proceso de recuperación, kilos y años.
¡Ducharse iba a ser un ejercicio de riesgo!
Le digo que se fije en la jabonera que suelen instalarse dentro, para usarla como agarradero; pero que controle la sujeción, no vaya a ser que arranque el accesorio y se pegue la hostia con la jabonera en la mano...
—¡Esto no es un hotel! ¡Es una pensión! —dijo Margarita.
La decoración, en general, era para echar a correr y no parar hasta llegar a Vizcaya.
Después vino el problema de la wifi…
Bajó a recepción para que le dieran la contraseña.
—Señora, en la habitación ponemos una carta de bienvenida, donde figuran todos nuestros servicios y la clave wifi. Se conecta, la dirige a una página, donde tendrá que rellenar unos datos y ya estará usted conectada —.
Bien, ¿dónde carajo estaba la carta?
No sería tan complicado encontrar un papel, suelen dejarlo en la mesa escritorio.
Pero, Margarita, parece tener alergia a todo lo que pueda tener algo de lectura y pasa de largo. ¡Menos al cartel de la nevera de la habitación! Sin conectar, había que pagar un suplemento para tenerla activa.
Le indiqué donde debería estar la carta de bienvenida, y ahí estaba, ¡dónde coño iba estar!Dentro de un sobre sin lacrar…
Ya estaba instalada, conectada y cabreada por lo del baño.
Todavía con litros de alcohol corriendo por sus venas, no quedaba más que acostarse y dormir.
Mañana será otro día…

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