Margarita durmió bien; siempre duerme bien, la verdad. No duerme, Margarita entra en coma, directamente.
Se despierta y va dispuesta a ducharse. ¡La madre que parió a la bañera! Para entrar y salir, hizo más gimnasia que en todo el año, que no hace ninguna.
Arreglada, sale al balcón que tiene en la habitación.
El día está precioso; soleado y con buena temperatura.
Desde ahí, apostada en el balcón, me llama para decirme lo hermoso que está el día y que se olvidó el cepillo de dientes. Angustia máxima, como si estuviera en mitad del Sáhara en una tienda de campaña.
Le digo que tendrá donde comprarlo, en Mallorca, otra cosa no, pero para comprarse un cepillo de dientes, no le faltarán tiendas.
De repente lanza un grito y dice que, enfrente, está viendo un supermercado…
¡Nos ha jodido! ¡Enfrente, al lado o en una calle cercana!
También sé percató de otro detalle...
El balcón, el hotel en general, pero, el balcón, ¡era como estar en las pistas de la T4 de Madrid!
El hotel estaba en una ubicación inmejorable, si quieres ir andando y sin fatigas al aeropuerto. Al lado, en todas direcciones, tenía a todos y cada uno de los aviones que entran y salen de Mallorca… Aeropuerto de Mallorca, que no es lo mismo que el de Burgos… Mogollón de aviones cada día.
Margarita me comenta que tiene miedo que pase como en las Torres Gemelas… No, no le expliqué, que lo que pasó con las Torres Gemelas no fue porque los aviones pasaban cerca. ¡Para qué crearle más problemas de pensamiento!
Entró la chica de la limpieza, la saluda. Margarita le nota acento vasco. Efectivamente, era de Bilbao, ¡la hostia! Amiga para siempre. Le debió parecer raro encontrar a alguien de su tierra en Mallorca, entonces. ¡La adoptó como si la hubiese encontrado en el Serengueti!
Desayunó bien y copiosamente. El hotel era enorme, como el del anterior viaje, pero no había colas para el buffet y la comida parecía buena.
Se fue a dar una vuelta por la zona.
Estaba encantada cuando me llamó.
Mallorca tiene mucha vida y es la vida que le gusta a Margarita. Muchos bares, chiringuitos, terrazas.
Vio un mercadillo, pero con glamour. Supuse que tipo hippie y no del estilo de “Dolche Galbana” y bragas de cuello vuelto por lotes.
Se dio de bruces con la playa. Margarita no recoge información previa de los viajes que hace. Desconoce cualquiera de las ubicaciones interesantes, comidas típicas y en qué lugar del planeta se encuentra. Dudo que sepa que Mallorca es una isla, de las Baleares, ya sería fantasía que lo supiera.
Y claro, encontrar una playa en la isla fue como cuando Colón encontró América, salvo que en lugar de gritar “tierra”, Margarita gritó “agua”.
La playa la puso en órbita; llena de surfistas. Es decir, tíos jóvenes, con torsos marcados, bronceados, rubios, con melena dorada al viento y dientes muy blancos… Placer para los ojos de Margarita. El torso que ve de vez en cuando es flaco y flácido… Melena, si le pone peluca al no novio, y dientes blancos, pues no, ¡suficiente si tiene!
Se sienta en una terraza a tomar un vino y ver la gente pasar.
Un Ribeiro pidió... Seguro que se va a Pontevedra y se come una ensaimada… Así es Margarita.
Relajada con su vinito, le “entra” un guiri. El típico tío con barriga gestante de 8 meses. Bermudas, que sujeta como puede bajo panza, chanclas y calcetines. Colorado como el pimentón de la Vera, la saluda.
Margarita tuerce el morro... No es su prototipo de hombre, ni aunque fuera el único varón de la isla, menos aún, después de alegrarse la vista con “beach boys” en la playa hacía unos minutos. Un choque emocional importante, o una hostia de realidad.
Pero, bueno, tendría que ser educada y poco más.
Obviamente, ella le nota un acento.
—¿De dónde eres? —le pregunta al tío.
—De Zúrich —responde el guiri.
—¡Ah! Alemania, ¡ya sé!—.
¿Alemania? Zúrich, ¿Alemania?
¿Ya sabes? ¿Qué coño vas a saber?
¡Ni de Zúrich, ni de Alemania!
Poco después, el inicio de lo que podría haber sido, no fue, porque, Margarita, se aburría y no lo entendía, o se aburrió por no entenderlo, se fue a otro garito para rematar la faena.
Mallorca le parecía carísimo, por lo que, ella solita, de esa cabeza en ebullición, ideó el mejor plan para beber de lo suyo a un precio módico.
Había ido al súper y compró una botella de ginebra “Larios”. Tenía la ginebra escondida en el armario de la habitación. Rellenaba un botellín de plástico, después de tirar el agua, y se lo llevaba a todas partes.
Allá donde estuviera, pedía una “Fanta” o un “Aquarius” y hacía la mezcla mágica. Bueno, rico y barato.
¡Una jubilada haciendo botellón en Mallorca!
Entonada se hizo la hora de volver al hotel. El buffet era variado, no como en el anterior viaje. Distintas clases de pescado que rechazó. No va a comer pescado ahí... Ya os digo yo que desconoce que está en una isla... Sabemos que tener el mar al lado, no garantiza que te den pescado fresco, pero ya os digo yo que, esta mujer, ¡cree que está en Badajoz o en Palencia!
Cogió una fideuá de verduras de primero y arroz... ¡La madre que la parió! ¡Vaya mezcla más desentonada! Helado de postre y lista.
En la cena entabló conversación con una compañera de excursión.
Una mujer que se quejó de la cantidad de personas “jóvenes” que veía en esas excursiones. Ella había cotizado 47 años. No dijo en qué sector, solo que su vida la dedicaba a pasear y leer libros.
Bueno, pues ya echaba en falta a la intelectual que existe en todo grupo.
Margarita, que no lee ni el recibo de Iberdrola...
Subió a dormir, tan “adobada” como siempre. Le vendría bien en esta ocasión, para no escuchar el vuelo rasante de los aviones que pasaban al lado de la terraza...

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