viernes, 10 de mayo de 2024

EL REGRESO DE MARGARITA/CAP.4©®

 





Buenos días, dijo el nuevo día a Margarita.
Ducha de alto riesgo, no le daba cogido el punto a la altura de la bañera y apertura de balcón, su saludo al sol de cada mañana.
No hizo gran cosa. Desayuno largo y enredar por los aledaños del hotel. Estaba encantada con todo lo que veía; caro, pero todo tipo de tiendas.
Todavía no le habían endosado a ninguna compañera de cuarto. A estas alturas, quizá tenga suerte y, si no lo han hecho, es probable que no suceda 
Comió y se fue a echar una gran siesta.
Por la tarde salió. Se fue andando un rato y hasta cogió un trenecito o tranvía, no sabe explicar lo que realmente era...
Después se sentó en una terraza.
Allí conoció a dos tipos, uno de Barakaldo, paisano, y un gallego.
Los dos estaban afincados en Mallorca. Le contaron a que se dedicaban, temas de construcción, y le dieron toda clase de indicaciones sobre la ciudad y sus virtudes.
También le dijeron que había autobuses con parada justo en el hotel, desde el centro de Mallorca.
Llevaba dos días dándose la caminata padre por no preguntar.
Bueno, por no preguntar y por no ver.
Los autobuses llegaban y salían cada 15 minutos. ¿No vio ninguno, alguno de los días? Pues no...
Estaba más relajada que de costumbre, quizá reservando energías para las dos excursiones guiadas que había elegido.
Elegidas por ella, exactamente, no.
El día de su llegada, en recepción, les dieron un papel a cada uno con las visitas a las que podían optar.
Me mandó una foto y el encargo de que buscara qué eran, en qué consistían y cuál le podía gustar.
Le elegí una visita a Sóller, con tren turístico incluido, y a las cuevas tan famosas. ¿Estaba emocionada? ¡Nada! Ni curiosidad tenía... Ja, ja, ja, ja.
Después de parlotear con los paisanos, se volvió al hotel, ya en autobús.
Terminó de cenar y se fue a la piscina del hotel, con bar, por supuesto. Sentada en una de las mesas, observaba a su alrededor.
Aparte de jolgorio con mesura, una mujer estaba dentro de la piscina.
Cuando se metió un hombre, ella salió escopetada, visiblemente cabreada.
Ambos empezaron a discutir. Aparentemente, eran pareja. Aparte de muy enfadados, estaban bebidos en la misma proporción al enfado que manifestaban.
Otra mujer, que estaba sentada, se levanta veloz. No sabemos si los conocía, si su intención era mediar, o lo que carajo pretendía.
El caso es que resbaló y se metió una leche cojonuda. Tampoco sabemos, si el resbalón fue por el suelo mojado, o lo “encharcada” que estaba la mujer, y no precisamente de agua.
Margarita ni se movió, desconocemos si porque huye de los problemas ajenos, o para no meterse una hostia parecida a la de la otra mujer y por los mismos motivos.
Margarita decide que es tarde para jaleos, se arrima a la barra y compra una “Fanta”; se la lleva escondida. La camarera le dice que tienen prohibido vender cualquier bebida en envase de cristal para subir a las habitaciones; y no tenían envases en plástico, salvo agua, ni botes.
Margarita le dice que no se preocupe, por la mañana le llevaría la botella, no se iba a enterar nadie.
La “Fanta” era, evidentemente, para echarle unas gotas al “Larios” que se iba a meter y que, junto a lo que llevaba metido, haría el mismo efecto que 20 litros de valeriana, y así, entrar en coma hasta el día siguiente.
Ya podía pasar un escuadrón de “cazas” supersónicos, sobrevolando el hotel, que Margarita, estaría traspuesta unas cuantas horas…
Cuando se dirigía hacia el ascensor, vio subir las escaleras a la intelectual que había conocido en la cena, la que cotizó durante 47 años y solo leía libros.
De izquierda a derecha, derecha, izquierda, le costaba trabajo subir cada escalón a la culta jubilada.
Ahí, “jarta” de agua con mucho misterio, la trabajadora del siglo y lectora empedernida.
Botellones organizados son este tipo de excursiones.
Y Margarita, no es que sea bebedora de incógnito, únicamente, si no se lo ponen fácil, se las ingenia para ir siempre puesta.
Esperemos que, a las cuevas, vaya serena y con los cinco sentidos a tope, o saldrá en las noticias...

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