martes, 30 de abril de 2024

ALIZÉE/CAP.5©®

 

   


Camille, la madre de Ali, se puso nerviosa cuando la vio entrar con el violín de su padre. No le traía buenos recuerdos, por lo que Ali, lo envolvió en una manta, que guardó en el fondo de su vestidor.
No contó a su madre el encuentro que tuvo con Aymé. Estaba todavía emocionada y esperaba algo, no sabía exactamente el qué.
Pasaron los meses sin tener noticias de Aymé. Ella seguía con su vida y con su novio.
Y su novio tenía proyectos con ella.
Le propuso que vivieran juntos.
Alizée tenía casi 21 años, una vida estable, pero un futuro por definir.
Pensó en la proposición de su novio y pensó en lo que aún no había meditado sobre la última vez que había visto a Aymé.
Ya habían pasado dos años de aquello tan mágico. Y en esto último pensaba, en la magia. En cómo era posible que, ella, siendo tan independiente, la que había roto la relación porque priorizó su libertad y rebeldía, cayera rendida ante Aymé al primer segundo. Algo estaba fallando y la perturbaba.
En aquel encuentro, ella se soltó, cuando de él, lo único que sabía era que tenía un negocio y se había casado, esto último, encima, no se enteró por Aymé.
Él no le habló de su vida, de su matrimonio, pero es que, a Alizée, no le importaba.
Le daba igual que se hubiese casado, no le importó que no se excusara o le pidiese disculpas, realmente no se le pasó por la cabeza.
¡Alizée no se entendía a sí misma!
Su novio era un tío fantástico, le gustaba y seguramente debería aceptar su propuesta y cerrar el capítulo Aymé. 
Así lo hizo, alquilaron un apartamento. Su novio trabajaba en un pub y Alizée tenía don de gentes. Alquilaron un local para montar ellos un pub innovador; teoría de Ali, la cabeza de la pareja.
Ambos tenían ahorros y en eso los invirtieron.
El negocio funcionaba, estaba lleno de jueves a domingo, aunque la que verdaderamente estaba más involucrada era Ali. Su pareja parecía el relaciones públicas.
Louis visitó una vez a Ali. Lo había dejado con su novia; aunque estaba bien por eso, Ali le notó cierta similitud a su padre en la actitud. Pero no iba a preocuparse por ello. Louis vivía en la casa, no estaba en la calle; tenía su trabajo y punto.
En esa visita, Louis le contó que Aymé había sido padre de un niño.
Aymé, Aymé, Aymé…
Por un motivo u otro, cada cierto tiempo, resurge Aymé. 
Era como navegar en un velero, soltar y arriar velas continuamente.
Pero lo cierto es que, el tipo, nunca había dado un solo paso al frente.
Eso y más rondaba por la cabeza de Alizée; su vida volvía a estar inmersa en arenas movedizas.
El trabajo en el pub era duro para ella, las ganancias eran considerables, sin embargo, continuaban viviendo de alquiler.
Su novio era el encargado de gestionar el tema económico, más por despreocupación y confianza de Ali, que por decisión consensuada.
El trabajo nocturno suele conllevar una vida y costumbres nocturnas.
El ambiente del pub era de “gente bien”, por lo que Alizée estaba bien relacionada socialmente y alternaba su tarea de servir copas, con alternar con la clientela, lo que también suponía, acompañarlos en tomar copas.
Era consciente que bebía más de lo que debía, pero se sentía bien, se divertía y la ayudaba a relajarse.
Una mañana, se despertó antes que de costumbre. Normalmente, lo hacían ambos después de las tres de la tarde, salvo que hubiese alguna gestión que realizar por la mañana, y eso, era tarea de su pareja.
Se encontraba nerviosa; se duchó, se arregló y bajó a comprar unos bollos para desayunar.
En casa, apenas había comida; al levantarse tarde, no desayunaban y se iban a comer al restaurante de un amigo que tenían cerca de su casa.
Su pareja se despertó por el trajín de Ali. Salir, entrar, abrir cajones, algo inusual por las mañanas en esa casa.
La encontró mojando en el café unos bollos de chocolate. Le preguntó qué había pasado.
Nada, nada había sucedido. 
Se sentó somnoliento al lado de Ali, cogió un bollo y empezó a comerlo sin ganas, simplemente por comer.
De repente le pregunta Ali que por qué no se compran un piso o una casa y contratan a alguien que los ayude en el negocio.
Sorprendido, le respondió que era pronto todavía.
Empezaron a discutir, hasta el punto que él le dijo que si no estaba contenta que se fuese.
—¡Encantada! Me das mi parte de lo ganado y me voy al instante —le dijo Ali.
Aquel tipo, en gayumbos, se levantó y le suelta que podrá irse cuando quiera, pero no le va a dar nada.
Dos años viviendo con un extraño, que tenía el dinero a nombre suyo…
No llegó a mediodía el tiempo de estancia en ese piso. Alizée llenó dos maletas grandes con su ropa y objetos más personales y se largó.
Se fue a casa de su madre de nuevo, cabreada con el mundo y consigo misma. No le dio a su madre demasiadas explicaciones, estaba bastante delicada de salud. Tan solo le dijo que había dejado la relación.
Su enfado e impulsividad, hicieron que no pensara demasiado y acudió a alguno de sus contactos del pub.
No tardó ni un mes en instalarse en casa de uno de esos amigos, Fedra.
Fedra era un más mayor que Ali; estuvo casada con un tío con pasta que le dejó una buena situación económica cuando se separaron. 
No trabajaba, no tenía necesidad y se dedicaba a lo que le gustaba, la farándula.
Siempre estaba metida en algún tipo de espectáculo. En Ali encontró la compañía perfecta. 
Actuaban por toda la geografía del país. Alizée conoció a cantantes y actores famosos; se codeaba con gente interesante y, la mayoría, sin ataduras, con ganas de juerga.
Con alguna de estas amistades famosas viajó al extranjero. Conoce medio mundo y experimentó todo lo que conoce ese medio mundo. 
No tenía domicilio fijo, se dejaba fluir, iba y venía, se quedaba con uno o una el tiempo que le apetecía. 
En medio de esa vorágine, tuvo que regresar para enterrar a su madre. Mantuvo contacto con ella, aun estando de un lado a otro, hasta que Antonia la llamó para darle la fatídica noticia.
En ese trance, se entera por Antonia de que, el piso donde vivía su madre, era de un matrimonio amigo, y del dinero que había recibido de su padre, apenas quedaba en el banco.
Alizée no quiso saber nada; el matrimonio que le dejó todos esos años, su piso, estaban de titulares en su cuenta bancaria y, aunque quisieron darle ese dinero, Ali no lo quiso y Louis, al que llamó Ali, tampoco.
Louis se llevó cosas personales de Camille a su casa, Ali no tenía sitio fijo para guardarlas.
Ambos hermanos se tomaron un café antes de despedirse. Continuaba solo, sin pareja y con intención de seguir estando solo.
Le contó que habían abierto un centro comercial en el pueblo. También que Alain había estado ese verano por allí.
Y, cómo no, Aymé y esposa eran padres de otro hijo, esta vez una niña.
Se despidieron hasta sabe Dios cuándo.
El tiempo pasaba muy rápido en el mundo de Alizée. Había cumplido 50 años, había tenido varias parejas y muchos amigos con derecho a roce. Lo que le apeteció y seguía apeteciendo.
Seguía siendo preciosa y parecía una actriz de éxito por su aspecto y sus estilismos cuidados.
Llevaba meses residiendo en París, una ciudad muy cara para quien sus ingresos son inestables y poco seguros.
Casi al azar, busca un lugar para instalarse.
Se decide por un pueblo de la costa azul, Séte, a orillas del Mediterráneo.
Encuentra un local pequeño para lo que quería montar, una tienda especial, con personalidad. Estaba situado en la misma calle donde alquiló un pequeño apartamento.
Tendría que arriesgar sus ahorros, pero ya era hora de asentarse y no le quedaba más remedio que tirarse casi al vacío.
Como siempre, en cada negocio que emprendió, tuvo suerte. Realmente, Alizée estaba capacitada para iniciar cualquier empresa y, sin nadie a su lado como socio, sería muy difícil equivocarse.
Las sociedades, o las parejas, habían sido su talón de Aquiles, porque Alizée tenía un problema no resuelto.
Alizée era libre, su mayor tesoro y a lo que más importancia daba. En esa libertad en la que ella vivía, creía que todo el mundo debería sentirse igual, libre. Les daba espacio, capacidad de decisión, por lo que era excesivamente generosa, empática y nada exigente.
Les daba la libertad que ella tenía.
Y no, no se debe hacer con todo el mundo, porque existen personas egoístas y aprovechadas.
Sin embargo, Alizée, confiaba en que todos actuaban como ella, de ahí, los zarpazos que se había llevado…
Desde Aymé, hasta la última persona con quién había convivido.
A la tienda la llamó, “El roble azul“y fue un éxito rotundo.
Con joyas hechas a mano en plata y piedras semipreciosas, bisutería artesanal y pañuelos de seda, también hechos artesanalmente.
Por fin todo encajaba, estaba relajada y feliz… 
La vida la iba a sorprender de nuevo... ¿Dejaría que lo hiciese?
Sentir o no sentir es un dilema que no existe en la vida de Alizée...








lunes, 29 de abril de 2024

ALIZÉE/CAP.4©®

 

     


Alizée llega a la estación de Saint-Malo a las 3 de la tarde. Allí, sentada en un banco, ve a Antonia, la empleada que tenía su madre en casa. 
Antonia era una oronda italiana de 60 años. La había conocido en vacaciones y le resultaba muy graciosa. Tenía el pelo corto y lo adornaba, a modo de diadema, con pañuelos de colores muy vivos. Usaba faldas muy flojas por encima de las rodillas. Debido a su voluptuosidad trasera, le quedaban un palmo más cortas por detrás que por delante.
Tenía una boca enorme, pero sus dientes eran perfectos y siempre estaba sonriendo.
Cuando vio a Alizée, levantó y agitó sus brazos; no, no pasaba desapercibida.
Sus abrazos eran de oso; Alizée dejó su maleta en el suelo, se paró firme y esperó la embestida de Antonia.
Después, Antonia cogió su maleta y a paso ligero salieron de la estación. Tenía su coche aparcado cerca; un “Renault 4”, al que había mandado pintar de color pistacho en su última puesta a punto.
Los asientos los tenía cubiertos con fundas hechas por ella misma. Era aficionada a la calceta y el ganchillo, y los tejió en estampado “patchwork” multicolor. Todo un espectáculo.
Camille recibió a Alizée con extrema emoción y cariño. Al final, parece que ambas, se habían echado mucho de menos, pero en silencio íntimo.
Los días transcurren con una normalidad sorprendente. Alizée le cuenta a su madre muchas cosas.
Una tarde, en mitad de esas charlas, su madre le pregunta si no quiere saber el porqué de su marcha y alejamiento.
Ali le responde que lleva pensándolo desde el día en que los dejó.
Camille, enfermó, como Alizée sabía. A medida que iba recuperándose, pero sin saber si volvería a tener la posibilidad de trabajar, veía su futuro triste. El proceso de la enfermedad, hizo que cambiase su manera de pensar. Sabía que el padre de Alizée había dejado de quererla como pareja, se volvió un tipo esquivo y, como también Ali sabía, encerrado, con su música, en aquel cuarto. Camille no volvería a esa vida, pero no quería quitarles a sus hijos sus rutinas y su entorno.
—¡Te veía tan feliz, Ali! —le dijo. Siempre fuiste feliz, pero yo me consumía. Y quise que continuaras cantando, que no pararas de bailar por cualquier cosa y en cualquier lugar. Quise que conservaras tu vida.
Pues ahora estaban juntas, Alizée lo había decidido y serían felices en otra etapa.
No quiso seguir estudiando, a pesar de los consejos de su madre, y buscó trabajo.
Tenía 18 años y los últimos dos años, al lado de su madre, trabajó en dos tiendas de moda y en una heladería en verano.
Tenía su grupo de amigos y un noviete con quien experimentó el sexo completo por primera vez. Descubrió que, aquella tarde, de caricias prohibidas en el desván de su casa, junto a Aymé, había sentido un orgasmo. 
Recordaba a Aymé más de lo que quisiera y le perturbaba este hecho. No tenía noticias de él. Las contadas veces que habló con Alain, no le preguntó por nadie, pues salvo él, Alain, nadie contactó con ella.
Alain hacía un año que se había ido a terminar sus estudios a Estados Unidos, donde tenía más facilidad para compatibilizar deporte y universidad. Apenas hablaban desde entonces, solo mantenían la felicitación, vía postal, por Navidad y cumpleaños.
A su madre tampoco le gustaba Aymé. Por las referencias e historias que Alizée le había confesado, lo definió como un cretino egoísta.
Un martes de octubre, recibió la llamada de su hermano Louis. Su padre estaba muy enfermo en el hospital.
En un bolso de viaje, metió cuatro cosas y se fue a su anterior casa. 
Al llegar, le abrió la puerta Adele, la novia del hermano. Juntas, se fueron al hospital.
Su padre estaba sedado y así falleció al día siguiente, sin saber que Alizée estuvo toda la noche a su lado.
Esa noche, durmió en su antigua casa. Su habitación estaba igual.
A la mañana siguiente, día del entierro de su padre, desayunaron juntos, ella, Louis y Adele. Se enteró de que llevaban un año viviendo juntos.
Preguntaron a Ali, que quería que se hiciera con la casa. Era de ellos dos, ya que su padre, al poco tiempo de la marcha de Camille, había arreglado legalmente y le había pagado su parte.
Alizée los miró, echó una ojeada a su alrededor y le dijo, quédate aquí, yo tengo otra vida y no te molestaré.
Se arreglaron para acompañar a su padre en su último viaje.
En el cementerio, al terminar, se le acercaron algunos vecinos para darle el pésame.
El último que se acercó fue Aymé y la “Mary Poppins”. Él le dio dos besos y un frío “lo siento”; al separarse, se atusó el pelo, no había cambiado, ni por dentro ni por fuera.
La “amiga“ en común, la besó solo una vez, sin rozar ninguna otra zona de su cuerpo.
Alizée se los quedó mirando mientras se alejaban, no sentía nada, se notó rara.
De repente, la otra, sin dejar de caminar, giró la cabeza y sus miradas se juntaron unos segundos. Rápidamente, cogió a Aymé de la cintura y volvió a mirar a Ali.
Louis le confirmó a Alizée lo que sospechaba, Aymé se había casado con la que roneaba, con la que se enrolló estando con ella, con la ama de casa de estofados perfectos y con solo una inquietud en su vida, hacer feliz a su marido.
Louise y Adele se iban de compras, Alizée prefirió ir a comprar el billete de tren de vuelta, e irse a casa.
Compró el billete para el primer tren de la mañana.Compró el billete para el primer tren de la mañana. 
De camino a casa, se paró a comprar una tartaleta de manzana en su pastelería favorita. Continuó su camino, mirando a un lado y a otro, recordando las veces que había hecho ese paseo. Mordisqueaba la tartaleta, estaba igual de rica que antes.
Entrando en la calle, donde estaba su casa, habían abierto una pequeña boutique, se detuvo ante el escaparate; era una apasionada de la ropa. Le gustaba lo diferente y entró a curiosear. 
Se compró un jersey de cuello vuelto en color pistacho. Salió sonriendo, acordándose de Antonia y lo mucho que le gustaría el color del jersey.
Siguió caminando, pasó por delante de una ferretería, otro negocio nuevo en la calle, así como una floristería enfrente.
Casi había llegado a su casa, cuando escucha que alguien la llama.
Era Aymé…
Alizée, extrañada, le preguntó qué hacía allí. La ferretería era suya; sus padres le habían prestado o dado el dinero para emprender el negocio.
—Ali, me gustaría saber de ti —le dijo, con esa sonrisa que tantas veces la había desarmado.
Alizée lo invitó a tomar un café en casa, ya que se negó a hacerlo en la cafetería de la esquina.
Mientras preparaba el café, Aymé la escuchaba atentamente, de pie, apoyado en la encimera.
Alizée le contó su vida, obra y milagros. Era muy curioso como confiaba en alguien que la había traicionado y que hacía años que no había mostrado interés por ella.
Bebiendo café y comiendo unas pastas de té, hablaban y reían como en sus mejores tiempos.
Ali se levantó para recoger la mesa. No paraba de parlotear y empezó a tararear una canción. Aymé, acompañaba la canción, tocando con sus manos sobre la mesa.
Alizée, dejó de fregar las tazas y empezó a cantar y a bailar por toda la cocina.
Estaba dando vueltas alrededor de la mesa, con un cucharón, simulando un micrófono, cuando Aymé la paró y la sentó sobre sus rodillas.
La besó como nunca y, cogiéndola por la cintura, le dijo que tenían que terminar lo que un día empezaron en el desván.
Alizée estaba excitada y notaba como él también, podía sentirlo, estaba sentada encima.
Se disponía a besarlo cuando se escucha la puerta de entrada, eran Louis y Adele.
Ali, acalorada y veloz, volvió a meter mano, esta vez a las tazas y disimular.
Aymé permaneció sentado unos minutos y enseguida se despidió de todos.  
Esa noche, Alizée preguntó a su hermano si podía llevarse algo de su padre.
—Lo que quieras —respondió Louis.
El camino de regreso a su casa, lo hizo con el violín de su padre; abrazada al instrumento, recordaba como le gustaba escuchar aquellas melodías en manos de su padre, al que espiaba a hurtadillas. Melodías que, después, bailaba de puntillas delante de un espejo...


viernes, 26 de abril de 2024

ALIZÉE/CAP.3

 





Habían pasado dos años desde la salida de Camille en la vida de Alizée y su familia.
Muy de vez en cuando, Camille llamaba por teléfono a sus hijos. Sabían que vivía en un pueblo de la costa, en la Bretaña Francesa, llamado Saint-Malo.
Alizée estaba cansada de tanta responsabilidad. Su padre ya no ejercía de maestro y había dado su último concierto con la orquesta. Recibía en casa a algún chico para clases particulares. Lo hacía por vocación, no admitía a cualquiera, tampoco lo hacía por dinero.
Antonio, su padre, jubilado, se había convertido en un ermitaño. Apenas salía de su habitación de la música.
Su hermano Louis estaba totalmente dedicado a la jardinería y a su novia Adele. Los empleados, más familia que otra cosa, estaban pensando en regresar a su país.
Alizée empezó a comprender que su “trabajo” familiar no servía para nada. Cada uno iba por libre y ella, dando bandazos, ocupada en cómo se sentían, qué les apetecía y qué le pedían a la vida, casi siempre sin respuesta.
Las circunstancias en su casa, más los malos rollos con Aymé, hicieron que, ese verano, decidiera pasar unos días con su madre.
Cuando contó sus planes a Aymé, este, solo dijo un simple “bien”… 
Ali pensó que, al ser tan escueto, no le había gustado. Aunque tenían muchos altos y bajos, días antes habían intimado un poco más. No llegaron a un “follamiento” propiamente dicho, pero la pasión morbosa, en el desván de la casa de Alizée, con solo su padre en casa, tocando el violín, en el piso de arriba, los llevaron a tocarse zonas nunca acariciadas. Sensaciones que, para ella, eran nuevas.
Alizée estaba equivocada. Su plan de verano no le importaba lo más mínimo. Él, hacía semanas que estaba planeando el suyo, junto con dos amigos.
Alizée quedó alucinada… La decisión de ir a visitar a su madre, la tomó de manera impulsiva e, inmediatamente, se la contó.
Él no hizo lo mismo. Otro que iba por libre, como en su casa; con la diferencia de que, en su familia, nadie le pedía cuentas y ninguno se ofendía.
Ali encontró a su madre muy mayor físicamente. Volvía a estar medicada y su carácter había empeorado desde la última vez.
Se enfadaba por todo, le molestaban muchas cosas y estaba muy sola, incluso para quejarse a gusto.
No fue una estancia ideal, pero Alizée se sintió, por primera vez, necesaria. Su madre era insufrible a veces, pero de manera general, no era nada personal en contra de Ali. Tendría que visitarla más a menudo, fue su conclusión.
De vuelta en casa, ni su padre, o su hermano, le preguntaron por su madre. Ana y Ramón sí lo hicieron; además de interesarse por cómo ella se había sentido.
Por la tarde salió a reunirse con su pandilla. Tampoco le preguntaron nada sobre su madre, ni por sus sensaciones, pero era más previsible entre gente tan joven, incluso lo entendió.
Únicamente se interesaron por el pueblo.
Precioso. Con playas espectaculares y un mar como le gustaba a Alizée, nunca en calma, ideal para saltar las olas. Para Ali, era como bailar entre espuma. 
Aymé llegó una hora después. En pantalón corto y camiseta; las manos dentro de los bolsillos, mirada al frente y torso erguido.
Si hubiese tenido cola, con toda seguridad, la hubiese desplegado…
Miró a Alizée y sonrió. Enseguida empezó con sus bromas de tío.
Ali se hartó, aunque ya venía harta de casa, aquel chico la agotaba. De sus halagos y amores en privado, pasaba casi ignorarla cuando estaban en público.
Decidió irse a casa. La acompañó Alain, uno de los chicos. El feote buenazo de la pandilla, vivían en la misma calle.
A Alain no le gustaba Aymé. Nunca se lo había comentado a su amiga, pero era muy evidente en ocasiones por sus gestos y miradas.
No era guapo, pero era muy inteligente y un deportista destacado. Tenía mejor cuerpo que Aymé en todos los sentidos, pero no lo exhibía de manera presuntuosa.
Alain le dijo que la encontraba rara; Ali le contó muy por encima su hartazgo generalizado. El cansancio por la responsabilidad que se había creado para con su familia y el vacío que sentía dentro de ese núcleo, más ausente que unido.
El chico le acarició un hombro, diciéndole que debía cambiar su actitud. No parecía ella desde hacía meses y eso lo entristecía.
Se había auto impuesto una responsabilidad que no era suya. Soportaba el silencio de todos, cuando lo que necesitaba era hablar. Entender o no, lo que había pasado entre sus padres, pero saber, soltar e iniciar otra etapa familiar.
La quería mucho.
Ali lo abrazó, haciendo esfuerzos por no llorar.
En ese momento, Alain le dijo que quería contarle algo. Le haría daño, pero tenía que saberlo. Después, decidir, pero no vivir en una ignorancia perniciosa.
Ali lo invitó a su casa. Lo llevó a un pequeño templete que había en el jardín y entró en casa para buscar limonada.
Con un vaso de limonada cada uno y unas pastas de mantequilla, que había hecho Ana, Alizée miró al chico con gesto de pregunta.
Alain puso cara de circunstancia y le agarró una mano.
—¡Venga, Alain! ¡No puede ser tan grave! —le dijo Alizée.
Aymé se había enrollado con la Mary Poppins… 
—¡Vaya, Alain!¡No sé si ir a buscar ginebra para mezclar con la limonada, y celebrarlo! 
Alain, en menos de un segundo, volvió a ver a la Ali que conocía.
No quiso saber detalles, no quiso seguir con el tema; no era necesario hurgar en algo que no le había sorprendido y, quizá, el empujón que necesitaba para saltar.
Terminaron sus refrescos mientras hablaban de sus veranos, de las correrías pasadas, y Alain disfrutó de varias canciones, cantadas a pleno pulmón por Alizée.
Se despidieron, ya era la hora de cenar y ambos estaban satisfechos.
Después de la cena, Ali se fue a su cuarto y allí pensó. Pensó en su futuro y en su pasado.
Pensó en Aymé… Lo quería con toda su alma, pero había algo que amaba por encima de cualquier cosa: Su libertad.
Y Aymé no le permitía ser libre; la condicionaba. Aymé buscaba la mujer perfecta, según él. Alocada y divertida, fresca y natural, pero cuándo, cómo y dónde él lo considerara. Políticamente correcta con los valores ancestrales de lo que significaba para él la familia, la esposa fiel y siempre dispuesta. La que no pregunta, a la que no se le pide, porque, es tan perfecta, que adivina cada necesidad y cuál es el momento oportuno para ejercerla.
Y, lógicamente, que mirara para otro lado cuando “su” hombre le mentía u ocultaba cosas descaradamente.
Esa mujer no era Alizée y ese hombre no era para Alizée.
Pasó una semana, cuando volvió a reunir a su familia por la mañana. Por la tarde, delante de toda la pandilla, Aymé incluido, les anunció que se iba a vivir con su madre. En su casa, Ana lloró, sujetándose a Ramón, quien miró a Alizée con gesto de complacencia.
Su padre, ni pestañeó, tan solo dijo que, en breve, Ana y Ramón se irían y habría que buscar otra ayuda doméstica. Louis le dijo si iría a visitarlos.
Cada uno pendiente de sí mismo, ninguno, interesado en el porqué ella se marchaba.
Aymé… Aymé miró al suelo, haciendo dibujos con la punta del pie. En privado, no hubo privado. No intentó detenerla, porque no hizo nada para estar a solas con ella.
Ese era el tipo de amor de Aymé.
Alizée sacó del bolsillo un papel; se lo dio solo a Alain, y mirando a todos, dijo: —Esta será mi nueva dirección, no sé cuándo volveré, ni siquiera sé si lo haré. Quien me extrañe, que me escriba.
Alizée, con 16 años, se marchó a Saint-Malo. No esperaba nada de nadie, pero tenía curiosidad por quienes se pondrían en contacto con ella.
Seguro que Alain sería uno de ellos.
Alain, Ana, Ramón y Louis, la acompañaron a la estación del tren.
Antes, en casa, su padre le dio un abrazo, cerró la puerta y continuó tocando el violín. Una curiosa manera de sufrir... Similar a la forma de querer de Aymé.
Con el sonido del violín en su cabeza, hizo la hora y media de trayecto en tren.
Estaba orgullosa de sí misma; empezaba su vida, la madurez, casi recién estrenada la adolescencia.
Tarareaba "La Chacona" de Bach, lo que sonaba en el violín de su padre cuando salió de su casa, y ella misma, quedándose la última, cogiendo con fuerza el pomo de bronce, cerró la puerta.







jueves, 25 de abril de 2024

ALIZÉE/CAP.2©®



 
Al día siguiente a la marcha de su madre, Alizée se despertó temprano.
Lo primero que hizo fue ir a la habitación de su hermano; Louis no estaba y la cama no estaba deshecha. Cuando se dio la vuelta, vio que bajaba Ana. Su hermano había subido a la buhardilla y se quedó con ella y Ramón. Todavía estaba dormido.
Las dos bajaron a preparar el desayuno. Ana, extrañada, le dijo que no se preocupara; ella lo prepararía, como siempre, era su trabajo.
Alizée insistió y se dispuso a montar la mesa con todo lo necesario. Allí mismo, en la cocina. Necesitaba que todos estuviesen juntos, Ana y Ramón, eran parte de esa familia que había quedado medio coja.
Ana, persona tranquila, dejó que hiciese y dispusiera a su antojo.
El desayuno se desarrolló prácticamente en silencio. El padre, Antonio, se encerró a ensayar con su violín el evento que tenía en unos días. Louis, el hermano de Alizée, se fue con Ramón a sacar las malas hierbas del jardín. Ali, se sentó en el sillón rojo, donde tantas horas había pasado su madre años atrás. Se sumergió en el último libro que estaba leyendo, “Jane Eyre”. De vez en cuando, levantaba la vista y miraba el jardín.
Veía a Louis, que estaba entretenido y sonreía cuando le hablaba Ramón.
Pensaba en lo importante que era aquella pareja que trabajaba en casa. 
La comida se desarrolló más amena que el desayuno. Louis contaba lo que le gustaba trabajar con Ramón y mostraba entusiasmo por la jardinería. Su padre escuchaba y sonreía.
Después de comer, los hermanos salieron a reunirse con sus amigos. 
Alizée se arregló más de lo habitual, detalle que no pasó desapercibido para su hermano y con lo que le gastaba alguna broma.
Cuando se iban acercando a la plaza, punto de reunión, Ali, vio de lejos a Aymé.
Con un polo de color verde y pantalón de color beis, estaba guapísimo. El chico fue a su encuentro y no se reunieron con los demás, ambos se marcharon buscando el paseo del río.
Cruzaron un puente y se adentraron en uno de los pequeños jardines que había a lo largo de ese paseo. Tenía unos setos altos, dos bancos de piedra y una fuente.
Allí, sentados en uno de los bancos, Aymé preguntó a Ali cómo estaba. Lo de su madre era muy reciente, pero había corrido el rumor por toda la zona de esa parte del pueblo. Ali le dijo que estaba bien y no quería hablar de eso. Respetaba la decisión de su madre y su familia seguiría su camino.
Él, le cogió una mano y, mirándola fijamente, le dijo que contara con él si lo necesitaba. Al mismo tiempo que le estaba diciendo algo tan importante, tuvo un gesto que a Alizée no le gustó.
Estaba ofreciéndose a toda ayuda que pudiera necesitar en aquella circunstancia tan dolorosa, ¿y se atusaba el pelo?
Parece una bobada, pero realmente tenía un significado que tendría sentido pocos años después.
Aymé no dejaba de mirarla y acariciarle la mano, después el pelo, enredando sus dedos entre los rizos indómitos de Alizée.
Esta permanecía con la mirada baja, mirándose los pies, que no paraba de mover.
Se estremeció cuando le rozó la espalda sobre el vestido de tela muy fina; sensación que hizo que se levantara rápidamente.
Así fue pasando el verano, el otoño y el invierno.
Nadie había vuelto a hablar de lo ocurrido con su madre.
Su hermano, había desechado el sueño de ser médico, quería dedicarse a la jardinería.
Su padre continuaba como si nada hubiese ocurrido. Era severo con ellos, aunque cariñoso, pero nunca les habló de su madre, Camille.
Alizée, como se había propuesto, se preocupaba de todos. Le empezó a rondar la idea de dejar a un lado un sueño que, en realidad, no era suyo, sino de sus padres.
Era estudiar en La Sorbona, cualquier cosa, pero ir a la universidad.
Le gustaba la farándula, los focos, los aplausos. Le encantaba la idea de poder vivir un millón de vidas distintas en el teatro o el cine. Y adoraba cantar. Había aprendido a tocar el violín y a defenderse con el piano, pero cantar era su pasión.
Alguna vez se había metido vestida en la fuente, donde solía esconderse con Aymé, y cantar alguna canción de “The Creedence” mientras chapoteaba en el agua.
O ponerse romántica y susurrar “Amores” de Mari Trini; colgarse del cuello de Aymé y hacerle dar vueltas y vueltas muy pegados. 
A Aymé lo superan esos impulsos… Porque lo hacía cuando estaban solos, o cuando estaban en pandilla y bailaba a lo loco; expresión que a Ali le ponía de los nervios. 
¿Qué había de malo en bailar? Pues no, parecía que había sitios y contextos adecuados para hacerlo y otros no, pero, ¿quién decidía aquí sí, aquí no?
Además, él estaba continuamente pavoneándose ante todo el mundo y a Alizée no le importaba. 
Le ponían enferma ciertas cosas. Sobre todo el doble juego. En privado era todo pasión y atención, en público, el pavo real del corral.
Alizée era igual a solas con él que con todo el mundo mirándola, pero tenía que guardar las formas, según Aymé.
—¿Qué te gusta de mí? —le preguntó Ali en una ocasión.
—Que eres un huracán, diferente a todas —le respondió.
¿Entonces? ¿Dónde estaba el problema?
Esto le molestaba y empezaba a cansarse de tanto gesto y monserga; además, detestaba lo políticamente correcto.
Se enfadaron varias veces, ocasión que Aymé aprovechaba para tontear con Priscila.
La chica era una pánfila sin gracia que se derretía con solo mirarlo.
Pero era la mujer perfecta, la presunta ama de casa ideal, que prepara tarta de arándanos para merendar y su colada está siempre perfecta. ¡Un peñazo!
Las "Mary Poppins" son muy cotizadas en el reino del pavo real...









miércoles, 24 de abril de 2024

ALIZÉE/CAP1©®







Alizée nació hace 69 años en Chartres, una población francesa. Sus padres disfrutaban de una situación acomodada; su padre, Antonio, de origen español, daba clases de violín en el conservatorio, además de formar parte de una orquesta sinfónica importante. Su madre, Camille, era  licenciada en Literatura, pero nunca ejerció su carrera. Adquirieron un local, donde abrieron una librería, que regentaba Camille.
Alizée tenía un hermano dos años mayor que ella, Louis; un chico dócil y extremadamente sensible.
El arte era su manera de sentir; el olor y sabor en cada rincón de la casa. Una casa típica de la zona, de piedra, con un estupendo jardín.
Los dos hermanos pasaban mucho tiempo con Juana y Ramón; un matrimonio español que, hacía unos años, habían emigrado a Francia. El último piso de la casa, fue destinado para ellos. Una enorme buhardilla quedó reformada como apartamento con todo lo necesario para que pudiesen hacer vida independiente fuera de su jornada laboral.
Alizée, Ali, era espabilada y muy extrovertida. De muy pequeña, cuando todavía no sabía leer, se quedaba absorta escuchando los cuentos que le narraban. Por las noches, nunca se durmió antes de que el cuento se terminase.
Cuando ya leía, devoraba libros; dibujaba bocetos basados en lo que había leído. 
En el desván, su madre guardaba ropa que no se utilizaba en dos grandes baúles. Alizée, rebuscaba entre todo aquello para disfrazarse y recrear un cuento haciendo teatro. Sola, delante de un espejo, o con Louis, su hermano y Ana, a quienes sentaba de público.
A hurtadillas observaba a su padre tocando el violín cuando ensayaba y no dejaba entrar a nadie. Apostada detrás de la puerta, o por la ventana, desde el jardín, pegaba su nariz y cerraba los ojos.
Eran sus momentos de tranquilidad, porque realmente, no era tranquila. 
Con sus amigos era un torbellino de pasión e impulsividad para todo. Y sobre todo, soñaba…
Soñaba con lo que deseaba hacer, los sitios que quería visitar; cómo diseñaría su vida. Sin barreras, sin fronteras, sin ataduras, libre.
Alizée era libre y no quería dejar de serlo.
Poco antes de su adolescencia, su madre dejó de trabajar. Una enfermedad la mantenía adormecida casi todo el día. Ausente, se sentaba en un sillón rojo del salón. Colocado al lado de un gran ventanal, miraba, algo perdida, al jardín. A veces sonreía.
Alizée y Louis, no eran conscientes de la enfermedad de su madre; algunas veces preguntaron a Ana, que, de manera audaz, evadía cualquier respuesta clara.
Los hermanos salían y entraban sin darle importancia. Recorrían el pueblo, paseaban a lo largo del río que lo cruzaba y reían sin ninguna otra responsabilidad.
Un día, se junta a la pandilla un chico nuevo, Aymé. 
Alizée, tenía 14 años y era la primera vez que se fijaba en un muchacho. 
Aymé era alto, rubio y con ojos verdes. Serio y justo en palabras. Pero tenía un punto de chulería que encandiló a Alizée, además de que era muy guapo.
Ali era guapísima, aunque no era consciente de ello. Tenía el pelo rizado, de color castaño y ojos grandotes. Era menuda, pero con unas proporciones perfectas. Todo ello, con una sonrisa permanente y su personalidad arrolladora, la hacían una bomba en potencia. El no saber lo que transmitía, la hacía mucho más atractiva.
Pronto empezaron a tontear y Alizée comenzó a sentir cosas que no identificaba.
Empezaba a hacerse mayor…
Y disfrutando de todo un mundo de sensaciones, vivió otra muy diferente.
La vida le iba a dar su primer envite.
Su madre se había repuesto de su enfermedad; poco a poco había ido recuperando su identidad, aunque su carácter había cambiado.
Esto produjo un desgaste en el matrimonio, del que Alizée y su hermano, solo se enteraron al final, cuando su madre decidió romper con todo e irse.
Sus padres habían llegado al acuerdo de que los niños se quedarían con su padre.
Louise no decía nada, solo observaba y callaba. Alizée no discutió la decisión; su madre tampoco les preguntó y creó cierta desazón en la chica.
Aymé era el único que conseguía evadirla de aquel nerviosismo. Con sus tonterías y halagos, lograba que su pena, miedo, y no entender lo que había pasado en su casa, desapareciera cuando estaban juntos.
Llegó el día de la marcha de Camille. Un adiós y dos besos a cada hijo, fue la despedida.
Ali corrió escaleras arriba y, desde la ventana, pudo ver a su madre alejarse.
Con una maleta, un vestido azul y una chaqueta en los hombros, se acercaba a la verja. Solo se escuchaba el sonido de los tacones sobre el camino de piedra del jardín. Sin mirar atrás, abrió, salió, cerró la pequeña puerta de madera y se fue.
Una nueva vida comenzaba para todos y en eso pensaba Ali, asomada a la ventana. Todavía retumbaba en sus oídos el taconeo de su madre, cuando entró su hermano corriendo y la abrazó en silencio.
En ese justo momento, Ali, se convertía en la protectora de la familia.
Se hizo adulta en pocos segundos y tendría que pensar en ello...



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