Las mini vacaciones en Túnez llegaban a su final.
Lo que hubiera sido una semana sin pena ni gloria para muchos mortales, para Margarita, fueron un lujo.
La valoración que, la amiga de mi amiga, tenía en cuenta, era muy simple. No tenía el más mínimo interés por la cultura o las personas de los lugares a donde iba. Le bastaba con un hotel bonito y locales de ocio alrededor. Quizá, si era temporada veraniega, disfrutaba de la playa y los tíos que veía allá dónde iba. Eran los únicos momentos que vivía intensamente, borrando de su mente la insatisfacción de su vida habitual.
De las emociones de Raimundo no tenemos constancia, ella tampoco. No hablaban de sentimientos o sensaciones. Cada uno le daba al otro un pedacito de compañía.
El día de la partida, Margarita estaba nerviosa. Las esperas en los distintos aeropuertos le aburrían y la cansaban.
Tuvieron que dejar libre la habitación a las doce de la mañana.
Las maletas, metidas en un cuarto especial, y medio día deambulando por el hotel, vestidos desde bien temprano con la misma ropa.
El autobús hacia el aeropuerto los recogería a las 17:30. El vuelo hacia Madrid salía a las 21:00. Tendrían que sacar el coche del parking a su llegada y emprender viaje hacia el pueblo de Ra. Algo que no le hacía gracia a Margarita, hasta que se enteró de que no iban a la casa familiar, sino a casa de unos amigos de Raimundo. Se sintió aliviada en parte. La pregunta de por qué se enteró de ese detalle, en ese preciso momento, es la prueba de la comunicación entre la pareja, o, en el supuesto de que su no novio se lo hubiese dicho, Margarita no prestó atención, su costumbre…
Llegan a la capital de España sobre las once de la noche. Una hora y pico después consiguen comunicarse con alguien para poder entrar al parking y coger el coche.
No era hora de llegar a casa de unos amigos y, durante el trayecto, ya en la provincia de Salamanca, van mirando si ven algún hotel.
Pueblines y aldeas y ningún letrero luminoso que anuncie hotel, motel o pensión.
Entran en La Alberca, un pueblo curioso, no por grande, sino por famoso.
Como pueblo famoso, lo era para mucha gente, más de la que el pueblo puede alojar y menos en fin de semana.
Estábamos buscando donde dormir un sábado a la 1 de la madrugada.
¡Petado! La Alberca estaba a rebosar.
Faltaban 70 km para llegar a su destino y la hora seguía siendo intempestiva para irrumpir en casa de alguien a dormir.
Se quedan dentro del coche. Aquel fin de semana, una ola fresquita recorría la provincia… Margarita, vestida para arrasar (en el Caribe) con un top, su pantalón corto vaquero, sandalias y una triste y fría cazadora vaquera. Tampoco es que Raimundo fuese precavido, y no llevaba una triste manta en el coche. Como dormir al raso en una noche de otoño castellano. Se despertaron muy temprano… El frío solo les permitió echar alguna cabezada, a las 10 de la mañana, Ra entró en uno de los establecimientos hoteleros a reservar habitación. El mismo que, hacía pocas horas, de madrugada, le había dicho que le quedaría libre una habitación a mediodía.
Desayunaron en la pensión, un local con encanto de pueblo y, casi dormidos, al calorcito del interior, esperaron a las 12.
Durmieron hasta la tarde, unas 5 horas que les supieron a gloria bendita. Esa noche emprenderían viaje a casa de los amigos.
Dedicaron tres horas a pasear por el pueblo y picotear algo.
Margarita envió alguna foto del pueblo a su amiga. Precioso y lleno de bullicio y sitios donde alternar que disfrutó poco.
Afortunadamente, la tarde sonrió a Margarita. Lucía el sol y la temperatura era muy buena. Algo de lo que en, Castilla, no debes fiarte en junio y mucho menos a finales de septiembre… Todo lo puede cambiar si se levanta el norte.
Con un mini vestido vaquero, estilo camisero, se paseó por La Alberca. Cuando su amiga la vio en la foto, pensó que en pocos sitios podría sentarse sin que se le viesen las costuras de las bragas.
El vestidito tenía su complicación, no así, los complejos de Margarita, ¡ni uno tenía!
Por fin llegan a casa de los amigos de Ra. Margarita no los conocía e iba desconfiada.
No es mujer de amigas o amigos.
Encantada estaba Margarita al cuarto de hora de conocerlos. Eran una pareja de similar edad, vivían solos, sin hijos ni parientes, en un casoplón de dos plantas, bodega y finca.
La mujer le hizo un “house/tour”, mientras los hombres bajaban a la bodega.
Dos pisos de decoración rústica castellana, escrupulosamente limpio y montones de jarrones con flores frescas. Se notaba que la anfitriona lo había dispuesto todo para la visita. Aunque le confesó a Margarita, porque le preguntó, que lo mantenía ella limpio sin ayuda, ni de coña era verdad.
Alucinada por tanta pompa, bajan a la bodega, situada en el sótano de la casa.
Un inmenso espacio, perfectamente decorado y dispuesto para cualquier evento de comilona que pudiera hacerse.
Toda una pared, dividida en compartimentos, era la vinoteca, repleta de botellas de diferentes vinos.
Una enorme mesa de castaño, con robustas sillas, presidía el centro de la sala.
Cocina de gas, cocina de leña y barbacoa, junto a un enorme fregadero, estanterías y muebles de manera, componían el espacio dedicado al cocinado.
Ruedas de carro, apliques antiguos de luz, sombreros de paja, platos decorativos y capotes de torero y dos monteras, completaban la decoración.
Comieron de todo, cataron variedades de Riojas y Riberas del Duero, hasta casi desfallecer, esa noche y el día siguiente, domingo.
La foto de Ra, con montera y capote, pasará a la historia junto a la del tobogán...
Tristemente, regresaban a Vizcaya al día siguiente.
Sus mejores vacaciones, fue lo que Margarita le dijo a su amiga. Había engordado como 6 kilos, pero no importaba.
Ya en Vizcaya, los días posteriores, continuaron disfrutando como pareja. Bueno, juntos es la expresión correcta.
Pasados esos primeros días, unos 6 o 7, ya empezaron las disputas y el hartazgo del uno hacia la otra y de la otra hacia el uno.
Regresaron las mezclas de sidra con Lorazepam y las quejas, aderezadas de cabreo.
La anormal normalidad de la vida de Margarita.
¡Hasta el siguiente viaje!





