A las 9 de la mañana estaba Carlos llamando a la puerta. Como había dicho el día anterior, venía acompañado de un desayuno completo. Café, fruta y unos bollos recién hechos.
Entraron en la cocina, dejó la bolsa sobre la mesa y besó a Daira como si hiciera mil años que no la veía.
Daira, cuando bajó a abrir la puerta, solo se había puesto una fina bata de seda color salmón.
Antes de desayunar, subieron a la habitación e hicieron el amor con ganas y con calma. Terminaron abrazados mirando el mar a través de la ventana y así estuvieron un rato.
Carlos se levantó, cogió su ropa y fue al baño a ducharse. Después bajó, a los pocos minutos, subió con el desayuno y dos tazas en una bandeja. Mientras lo servía, en la terraza de la habitación, Daira se duchó y, con la misma bata que Carlos le había quitado suavemente una hora antes, se sentó a su lado.
A partir de ese día, desayunaron juntos el resto de sus vidas.
Había pasado un mes, Carlos, estaba viviendo desde hacía 20 días en casa de Daira. Aunque estaba dispuesto a esperar lo que hiciera falta, alojado en el hotel, Daira no quería perderse aquella aventura, y así se lo hizo saber.
Hablaron tanto que, en una semana, parecían una pareja de años, con la pasión de dos jóvenes primerizos.
Se entendían solo con mirarse y en la intimidad, sus cuerpos se convertían en uno.
Una de las decisiones que tomaron fue vivir entre España y Grecia, según les apeteciese. Pero Daira tenía que conocer el pueblo de Carlos, además de Madrid, pues Carlos pensaba vender el ático donde había residido los últimos años y quedarse en la casa que había comprado hacía 15 años en su pueblo de origen.
Alli, también tenía la casa familiar.
La conservaban porque era grande, estilo cortijo, y la utilizaban para reuniones de familia y la alquilaban para eventos.
Carlos pasaba parte de sus vacaciones con ellos y las fiestas navideñas. Sus hermanos tenían varios hijos cada uno, alguno de ellos casados y era un clan numeroso.
Entrado el otoño viajaron a España. A Daira le encantó todo lo que vio. Y sí, estaba dispuesta a alternar España con su isla mágica.
Fueron años fantásticos. Daira aprendió griego y Carlos lo estaba intentando permanentemente.
La relación con Elena se hizo estrecha entre los tres, se convirtieron en una pequeña familia.
Paseos, comidas, cumpleaños... Y muchos cafés.
Desgraciadamente, Elena, falleció un verano, cuatro años después de iniciar la convivencia Carlos y Daira.
En su playa, sentada frente al mar, disfrutando de un ocaso, se desvaneció. Una pareja la encontró, parecía dormida y, la marea acercaba alguna ola, que acariciaba sus pies. Uno de sus inseparables fulares, revoloteaba con la brisa a su alrededor.
Dejó escrita una carta para Daira, con una pequeña caja atada con un lazo de seda en color azul y naranja, y otra más grande con una rama de lavanda sujeta por un cordón de rafia.
“Querida amiga: Me regalaste la ilusión de vivir nada más verte.
Eres tan especial, que no sabes ni que lo eres, y desconoces lo que transmites con tu presencia.
Viste en mí una energía positiva que no quería encontrar hasta que apareciste.
Mi alma estaba triste, pacientemente, esperaba el día de encontrarme con el hombre de mi vida. Cada noche, y cada mañana, que besaba la flor que tanto le gustaba, susurraba, ya queda menos.
Todo ese sentimiento quedó dormido por unos años. Quería ver como eras feliz en tu proyecto más arriesgado. Ayudarte si lo necesitabas, y apoyarte.
Era feliz sintiéndome útil y tú sin saberlo. Hasta que apareció Carlos…
Esperé unos meses para despertar a mi nostalgia de nuevo. Necesitaba estar segura de que te iba a salir bien.
Fui tu protectora en la sombra y tu sonrisa me contagiaba.
Pase lo que pase, te ha salido bien, Carlos es lo que mereces y no te hago falta.
Decidí soltarte un día cualquiera, sin pensarlo, al despertar. Ese mismo día recuperé la melancolía, mi gran amiga de tantos años.
Devuélveme al mar, te dejo elegir la música para despedirme, sabrás como hacerlo.
Sonríe, sé que estás llorando y yo estaré feliz, no sería justo.
Daira, preciosa criatura, te querré siempre, y cuando digo siempre, es la pura verdad. Dónde ahora estoy, existe el verdadero “siempre”.
Tu Helen.”
Daira casi no podía ver para desatar sus regalos especiales. Las lágrimas corrían a borbotones por su cara. La ayudó Carlos, muy emocionado. La caja pequeña contenía una gargantilla de oro blanco y un colgante de ámbar en forma de lágrima.
En la caja grande, todos los fulares que Elena coleccionaba…
Hicieron todo lo que ella quería que se hiciese, menos no llorar.
Daira, junto con las cenizas, lanzó al agua el pañuelo que Elena le había regalado. Olía a Daira, quiso que la acompañara en su esperado viaje.
Y Elena tuvo razón, aunque no pudo verlo.
Lo de Carlos salió bien, fue para siempre.
Daira no recuerda ni un solo día de discusión o enfado. Disfrutaron de ellos hasta el límite de sus fuerzas.
Cada día se besaron y se acariciaron. Cada momento era compartido.
Existían dos mundos, el de todos los humanos y el suyo.
El día que Carlos se fue, estuvieron bailando toda la tarde. Despacio y con pausas.
En su isla, en su casa, en aquella terraza que adoraban.
El cielo amenazaba tormenta y podían verse los rayos en el horizonte del mar.
Carlos se sentó, estaba más cansado de lo habitual.
Empezó a llover y entraron al cuarto. Carlos pidió a Daira un vaso de agua, petición que Daira hizo a su otra Elena, la chica que los ayudaba en casa.
Elena entró con el agua y Carlos, cogiéndole la mano, le pidió por favor que cerrase la puerta al salir.
Daira corrió a cerrar la puerta de la terraza, Carlos se sentó en el sillón situado al lado de la ventana. Pidió a Daira que se sentara sobre sus rodillas.
—Te puedo hacer daño, dijo Daira.
—No, nunca me harías daño aunque quisieras—.
La abrazó muy fuerte, se le acercó al oído y le dijo:
—Niña, ¿te acuerdas el día que nos conocimos?
—¡Claro!
—Te mentí… Te vi antes, yo estaba comiendo en el restaurante donde entraste.
No te fijaste en todos los que allí estábamos. Observabas a tu alrededor, pero no reparaste en las personas. Estabas embelesada con el entorno. Te quise en aquel instante. Salí antes que tú y acerté en la dirección que tomabas.
—¡Pero no sabías que iría a la playa por la tarde!
—No, no lo supe. La casualidad de quererte me dio suerte. Dijo Carlos sonriendo.
—¿Sabes qué te querré siempre, no?
—¡Ay, Carlos! Sí, yo también. ¿Por qué dices eso?
—Porque siempre que te lo dije era cierto, pero ahora es seguro.
—Debe ser la tormenta. Cariño, nos amamos y siempre será así.
—Niña, lo sé y te esperaré, para seguir amándonos siempre…
Daira le dio un beso y sintió un raro escalofrío, una palabra la había alertado.
—¿Siempre, mi vida? Dijo nerviosa.
—Siempre niña, siemp…
Un año tuvo que vivir Daira sin Carlos, y durante todo ese año, cada día, entendió la nostalgia de su amiga Elena…
Daira era mayor y, aunque no tenía grandes achaques, estaba cansada.
Carlos solo se había manifestado una vez con respecto a la muerte. Quería ser incinerado, lo demás, no le importaba. Por lo que Daira hizo lo que ella deseaba, estar siempre a su lado.
En una gran maceta, plantó un limonero y allí, bajo sus raíces, yacía Carlos. Daira veía vida en cada fruto del árbol.
Era una excentricidad que la hacía sentir al lado de su gran amor.
No volvió a salir, pasaba las horas en la terraza. No lloró desde el día que Carlos se fue. Miraba al mar, sobrevivía a la espera recordando. Continuó escribiendo sus sentimientos, releía cada cuaderno varias veces, allí estaba su vida, sus últimos años y su mejor proyecto.
Un día de invierno, suave y soleado, Daira estaba abstraída, sentada en el sillón de Carlos, junto a la ventana, observaba sonriendo una pequeña barca que faenaba relativamente cerca. Sonrió recordando la loca pasión que vivió una noche en la playa.
Elena se había reído a carcajadas cuando se lo contó.
Elena… Se levantó repentinamente y cogió uno de los fulares que le había dejado en herencia. Todavía olía a ella, con un aroma a vainilla que sobresalía sobre los otros componentes del perfume.
Se lo enrolló alrededor de su cuello, sobre el colgante de ámbar, que jamás se había quitado.
Detrás del sillón había una estantería. En uno de los laterales, estaba colgado el sombrero que Carlos llevaba puesto cuando se encontraron en la playa y todo comenzó.
Daira seguía mirando a la lancha, resplandecía el candil que llevaba colgado, empezaba a anochecer.
La luz del candil comenzó a moverse, el viento... En una ráfaga de aire, se abrió la ventana de par en par.
El sombrero de Carlos cayó sobre el regazo de Daira, no se sobresaltó, estaba tranquila, demasiado tranquila...
Empujó la ventana, para cerrarla y se dio cuenta de que la barca ya no estaba, el viento había cesado de repente.
Y así, mirando al mar, agarrando fuertemente el sombrero, se la encontró Elena, la chica. Creyendo que dormía, pues su gesto era plácido y relajado.
Daira había hecho testamento y dejado por escrito lo que quería.
Sus cenizas, debía juntarlas con las de Carlos. Y todo, con la tierra de la maceta y el árbol, ser trasplantado en lo alto de la isla.
Allí sigue, espléndido y dando frutos cada temporada, vigilando el mar y sus mareas, siendo testigo de cada puesta de sol.
Carlos y Daira, residentes en “siempre”, amándose para siempre.
¡Gracias!







