viernes, 30 de agosto de 2024

DAIRA/FINAL©®

 





A las 9 de la mañana estaba Carlos llamando a la puerta. Como había dicho el día anterior, venía acompañado de un desayuno completo. Café, fruta y unos bollos recién hechos.
Entraron en la cocina, dejó la bolsa sobre la mesa y besó a Daira como si hiciera mil años que no la veía.
Daira, cuando bajó a abrir la puerta, solo se había puesto una fina bata de seda color salmón.
Antes de desayunar, subieron a la habitación e hicieron el amor con ganas y con calma. Terminaron abrazados mirando el mar a través de la ventana y así estuvieron un rato.
Carlos se levantó, cogió su ropa y fue al baño a ducharse. Después bajó, a los pocos minutos, subió con el desayuno y dos tazas en una bandeja. Mientras lo servía, en la terraza de la habitación, Daira se duchó y, con la misma bata que Carlos le había quitado suavemente una hora antes, se sentó a su lado.
A partir de ese día, desayunaron juntos el resto de sus vidas.
Había pasado un mes, Carlos, estaba viviendo desde hacía 20 días en casa de Daira. Aunque estaba dispuesto a esperar lo que hiciera falta, alojado en el hotel, Daira no quería perderse aquella aventura, y así se lo hizo saber.
Hablaron tanto que, en una semana, parecían una pareja de años, con la pasión de dos jóvenes primerizos.
Se entendían solo con mirarse y en la intimidad, sus cuerpos se convertían en uno.
Una de las decisiones que tomaron fue vivir entre España y Grecia, según les apeteciese. Pero Daira tenía que conocer el pueblo de Carlos, además de Madrid, pues Carlos pensaba vender el ático donde había residido los últimos años y quedarse en la casa que había comprado hacía 15 años en su pueblo de origen.
Alli, también tenía la casa familiar.
La conservaban porque era grande, estilo cortijo, y la utilizaban para reuniones de familia y la alquilaban para eventos.
Carlos pasaba parte de sus vacaciones con ellos y las fiestas navideñas. Sus hermanos tenían varios hijos cada uno, alguno de ellos casados y era un clan numeroso.
Entrado el otoño viajaron a España. A Daira le encantó todo lo que vio. Y sí, estaba dispuesta a alternar España con su isla mágica.
Fueron años fantásticos. Daira aprendió griego y Carlos lo estaba intentando permanentemente.
La relación con Elena se hizo estrecha entre los tres, se convirtieron en una pequeña familia.
Paseos, comidas, cumpleaños... Y muchos cafés.
Desgraciadamente, Elena, falleció un verano, cuatro años después de iniciar la convivencia Carlos y Daira.
En su playa, sentada frente al mar, disfrutando de un ocaso, se desvaneció. Una pareja la encontró, parecía dormida y, la marea acercaba alguna ola, que acariciaba sus pies. Uno de sus inseparables fulares, revoloteaba con la brisa a su alrededor.
Dejó escrita una carta para Daira, con una pequeña caja atada con un lazo de seda en color azul y naranja, y otra más grande con una rama de lavanda sujeta por un cordón de rafia.
“Querida amiga: Me regalaste la ilusión de vivir nada más verte.
Eres tan especial, que no sabes ni que lo eres, y desconoces lo que transmites con tu presencia.
Viste en mí una energía positiva que no quería encontrar hasta que apareciste.
Mi alma estaba triste, pacientemente, esperaba el día de encontrarme con el hombre de mi vida. Cada noche, y cada mañana, que besaba la flor que tanto le gustaba, susurraba, ya queda menos.
Todo ese sentimiento quedó dormido por unos años. Quería ver como eras feliz en tu proyecto más arriesgado. Ayudarte si lo necesitabas, y apoyarte. 
Era feliz sintiéndome útil y tú sin saberlo. Hasta que apareció Carlos…
Esperé unos meses para despertar a mi nostalgia de nuevo. Necesitaba estar segura de que te iba a salir bien. 
Fui tu protectora en la sombra y tu sonrisa me contagiaba.
Pase lo que pase, te ha salido bien, Carlos es lo que mereces y no te hago falta.
Decidí soltarte un día cualquiera, sin pensarlo, al despertar. Ese mismo día recuperé la melancolía, mi gran amiga de tantos años. 
Devuélveme al mar, te dejo elegir la música para despedirme, sabrás como hacerlo.
Sonríe, sé que estás llorando y yo estaré feliz, no sería justo.
Daira, preciosa criatura, te querré siempre, y cuando digo siempre, es la pura verdad. Dónde ahora estoy, existe el verdadero “siempre”.
Tu Helen.”
Daira casi no podía ver para desatar sus regalos especiales. Las lágrimas corrían a borbotones por su cara. La ayudó Carlos, muy emocionado.  La caja pequeña contenía una gargantilla de oro blanco y un colgante de ámbar en forma de lágrima.
En la caja grande, todos los fulares que Elena coleccionaba…
Hicieron todo lo que ella quería que se hiciese, menos no llorar.
Daira, junto con las cenizas, lanzó al agua el pañuelo que Elena le había regalado. Olía a Daira, quiso que la acompañara en su esperado viaje.
Y Elena tuvo razón, aunque no pudo verlo.
Lo de Carlos salió bien, fue para siempre.
Daira no recuerda ni un solo día de discusión o enfado. Disfrutaron de ellos hasta el límite de sus fuerzas.
Cada día se besaron y se acariciaron. Cada momento era compartido.
Existían dos mundos, el de todos los humanos y el suyo.
El día que Carlos se fue, estuvieron bailando toda la tarde. Despacio y con pausas.
En su isla, en su casa, en aquella terraza que adoraban. 
El cielo amenazaba tormenta y podían verse los rayos en el horizonte del mar.
Carlos se sentó, estaba más cansado de lo habitual.
Empezó a llover y entraron al cuarto. Carlos pidió a Daira un vaso de agua, petición que Daira hizo a su otra Elena, la chica que los ayudaba en casa.
Elena entró con el agua y Carlos, cogiéndole la mano, le pidió por favor que cerrase la puerta al salir.
Daira corrió a cerrar la puerta de la terraza, Carlos se sentó en el sillón situado al lado de la ventana. Pidió a Daira que se sentara sobre sus rodillas.
—Te puedo hacer daño, dijo Daira.
—No, nunca me harías daño aunque quisieras—.
La abrazó muy fuerte, se le acercó al oído y le dijo:
—Niña, ¿te acuerdas el día que nos conocimos?
—¡Claro!
—Te mentí… Te vi antes, yo estaba comiendo en el restaurante donde entraste. 
No te fijaste en todos los que allí estábamos. Observabas a tu alrededor, pero no reparaste en las personas. Estabas embelesada con el entorno. Te quise en aquel instante. Salí antes que tú y acerté en la dirección que tomabas.
—¡Pero no sabías que iría a la playa por la tarde!
—No, no lo supe. La casualidad de quererte me dio suerte. Dijo Carlos sonriendo.
—¿Sabes qué te querré siempre, no?
—¡Ay, Carlos! Sí, yo también. ¿Por qué dices eso?
—Porque siempre que te lo dije era cierto, pero ahora es seguro.
—Debe ser la tormenta. Cariño, nos amamos y siempre será así.
—Niña, lo sé y te esperaré, para seguir amándonos siempre…
Daira le dio un beso y sintió un raro escalofrío, una palabra la había alertado.
—¿Siempre, mi vida? Dijo nerviosa.
—Siempre niña, siemp…
Un año tuvo que vivir Daira sin Carlos, y durante todo ese año, cada día, entendió la nostalgia de su amiga Elena…
Daira era mayor y, aunque no tenía grandes achaques, estaba cansada.
Carlos solo se había manifestado una vez con respecto a la muerte. Quería ser incinerado, lo demás, no le importaba. Por lo que Daira hizo lo que ella deseaba, estar siempre a su lado.
En una gran maceta, plantó un limonero y allí, bajo sus raíces, yacía Carlos. Daira veía vida en cada fruto del árbol.
Era una excentricidad que la hacía sentir al lado de su gran amor.
No volvió a salir, pasaba las horas en la terraza. No lloró desde el día que Carlos se fue. Miraba al mar, sobrevivía a la espera recordando. Continuó escribiendo sus sentimientos, releía cada cuaderno varias veces, allí estaba su vida, sus últimos años y su mejor proyecto.
Un día de invierno, suave y soleado, Daira estaba abstraída, sentada en el sillón de Carlos, junto a la ventana, observaba sonriendo una pequeña barca que faenaba relativamente cerca. Sonrió recordando la loca pasión que vivió una noche en la playa.
Elena se había reído a carcajadas cuando se lo contó.
Elena… Se levantó repentinamente y cogió uno de los fulares que le había dejado en herencia. Todavía olía a ella, con un aroma a vainilla que sobresalía sobre los otros componentes del perfume.
Se lo enrolló alrededor de su cuello, sobre el colgante de ámbar, que jamás se había quitado.
Detrás del sillón había una estantería. En uno de los laterales, estaba colgado el sombrero que Carlos llevaba puesto cuando se encontraron en la playa y todo comenzó.
Daira seguía mirando a la lancha, resplandecía el candil que llevaba colgado, empezaba a anochecer.
La luz del candil comenzó a moverse, el viento... En una ráfaga de aire, se abrió la ventana de par en par.
El sombrero de Carlos cayó sobre el regazo de Daira, no se sobresaltó, estaba tranquila, demasiado tranquila...
Empujó la ventana, para cerrarla y se dio cuenta de que la barca ya no estaba, el viento había cesado de repente.
Y así, mirando al mar, agarrando fuertemente el sombrero, se la encontró Elena, la chica. Creyendo que dormía, pues su gesto era plácido y relajado.
Daira había hecho testamento y dejado por escrito lo que quería.
Sus cenizas, debía juntarlas con las de Carlos. Y todo, con la tierra de la maceta y el árbol, ser trasplantado en lo alto de la isla.
Allí sigue, espléndido y dando frutos cada temporada, vigilando el mar y sus mareas, siendo testigo de cada puesta de sol.
Carlos y Daira, residentes en “siempre”, amándose para siempre.

¡Gracias!













jueves, 29 de agosto de 2024

DAIRA/CAP.10©®

  


Lo primero que hizo Daira, nada más levantarse esa mañana, fue llamar por teléfono a Elena.
Hacía tiempo que quería arreglarse el pelo, quizá cortárselo un poco. Formaba parte del ritual del cambio, nada tenía que ver con la cita para cenar con Carlos, aunque, tuvo que reconocer, que no le venía mal.
No conocía ninguna peluquería, Elena suponía que sí sabría de alguna, pero no creía que la visitará con asiduidad.
Después de desayunar, se dirigió a casa de Elena, ella la acompañó hasta la puerta.
Finalmente, Elena se quedó porque Daira así se lo pidió.
El cambio fue evidente y la favorecía. Según Elena, se había quitado algún año de encima.
Lo cierto es que, su pelo, había cambiado, le costaba atusar los rizos, cada vez más deshechos y encrespados.
Radiante, pues le encantó el cambio, ambas, se tomaron un aperitivo. Elena la encontró nerviosa, pero le restó importancia. No preguntó nada extraordinario, ni impertinente. Actuó con normalidad y, si Daira así lo consideraba, ya le contaría como le había ido.
Se despidieron a la puerta de la casa de Elena. Esta, tenía clases de inglés con dos gemelos adolescentes y Daira, preparar el almuerzo, elegir vestido, calmar los nervios… Todo un trabajo de campo.
Sobre las 7 de la tarde, se dispuso a elegir lo que llevaría puesto. Tenía tres vestidos y varias prendas sueltas para combinar que todavía no había estrenado.
Se decidió por un vestido blanco, unas sandalias y un collar llamativo.
Se miró varias veces al espejo y se gustó. No solía dar demasiadas vueltas a la hora de arreglarse para algún evento.
A las 9 menos veinte ya estaba lista y seguía nerviosa. Faltaba media hora para la cita y no sabía muy bien que hacer.
Entraba y salía de la terraza, ni el mar, su paisaje favorito, la entretenía.
Decidida, se hartó de sentirse como una adolescente con las hormonas revoloteando, y se fue. Llegar antes que Carlos, pero no tenía la menor importancia.
Se equivocó, Carlos allí estaba, sentado, con ambos brazos a lo largo del respaldo del banco, mirando al mar.
Fue un segundo, porque giró la cabeza al instante, a pesar de que Daira no había hecho ruido alguno, era como si lo intuyese. Carlos se levantó y se apoyó en el balcón, cruzó las piernas, metió las manos en los bolsillos y sonrió.
¡Dios! Pensó Daira, ¡qué guapo está!
Al llegar junto a él, ella misma se sorprendió dándole dos besos por iniciativa propia, sin dudarlo un segundo.
Besos de saludo, que él correspondió, sacando una de sus manos del bolsillo, cogiéndola por la cintura.
Daira no supo si había sido una suave corriente de brisa marina, o lo grato que le pareció el gesto, pero sintió un leve escalofrío que Carlos notó. Se le acercó al oído y le dijo: —¿No nos enfriaremos con la brisa nocturna, verdad?
Daira soltó una carcajada nerviosa, que Carlos respondió con una caricia en la barbilla.
Había reservado mesa en un precioso restaurante. Todo el entorno resultaba íntimo y cálido, aunque la actitud de Carlos era de una naturalidad que la seducía. 
El camarero les sirvió unos entrantes, cortesía de la casa, y la carta.
Daira dejó la responsabilidad de elegir el vino a Carlos, no era inexperta, pero le gustaban diferentes variedades, no tenía predilección por ninguno en concreto.
Antes de empezar con los aperitivos, Carlos cogió su copa de vino, la levantó y dijo:
—¿Sabes que me gustas, no?
—Supongo que nos gustamos, le respondió Daira.
—Vamos a dejar de suponer y brindemos por habernos conocido—.
Le habían dicho que los españoles eran muy directos. Ellos, los canadienses, no andan con rodeos, pero son escuetos. Daira tenía mucho mundo y diferentes culturas absorbidas, era una mezcla extraña, pero, solo se desataba en el contexto adecuado y con el roce que da el tiempo.
Tenía la sensación que, con Carlos, ese tiempo se reduciría drásticamente. Estaba predispuesta y Carlos no le pondría obstáculos.
Entre aperitivos, ensaladas y pescado, se fueron contando lo principal de cada uno.
Carlos era de un lugar un poco difícil de pronunciar para Daira, Fuengirola, un pueblo de una parte de España de la que había oído hablar, Andalucía.
Había estado casado 18 años, no tenía hijos, sus padres habían fallecido y tenía tres hermanos, dos mujeres y un hombre.
Le dijo que había viajado mucho y que los diez últimos años, antes de jubilarse, su residencia habitual había estado en Madrid, por domicilio de empresa y facilidad para coger un vuelo a cualquier parte. Este hecho y el haber viajado tanto, utilizando otro idioma diferente al suyo, hizo que perdiera gran parte del acento de su tierra. Riéndose, le dijo que por eso ella lo entendía mejor.
Entre risas llegó el postre. Daira pidió una Bougatsa, una especie de pastel, hecho con masa filo y relleno de crema. Carlos tomó un yogur griego.
Le dio la primera cucharada a Daira, estaba buenísimo, con miel y nueces en la superficie, muy suave.
Daira cortó un trocito de su pastel para Carlos, que pinchó con un tenedor, a lo que él dijo que era mejor cogerlo con la mano. Cuando, Carlos comió el trocito de pastel, rozó con la punta de su lengua los dedos de Daira…
—Rico… Dijo Carlos, sin dejar de mirarla a los ojos.
La palabra “rico”, no era desconocida para ella. Tantos años residiendo en Latinoamérica, donde todo lo bueno lo calificaban de “rico” y, la sensación que había sentido, era precisamente eso.
No intentó en ningún momento disimular lo que le gustaba aquel hombre. Además de guapo, era atractivo en todo.
Sirvieron el café, Carlos cogió la silla y se acercó a Daira. Jugueteando con el papel del azucarillo, escuchaba a Daira y aportaba comentarios sobre la isla.
Tocándole suavemente una mano a Daira, le preguntó como la vida los había hecho coincidir en aquel paraíso, cuando hubiera sido más probable que se conociesen en Costa Rica, Chile o Panamá. Lugares en los que ambos habían pasado mucho tiempo.
Y como una canadiense, tan alejada de esta parte del mundo, ella decide romper con todo, largarse a un lugar del que no sabe su idioma, comprar una cada en una isla y…
—¿Esperar por mí? Dijo Carlos.
Carlos era un agnóstico convencido, se movía por impulsos. Daira, ni lo había pensado, si el destino, los chacras o lo que fuese, tenían algún influjo en la vida de los humanos, pero no era de impulsos. Daira meditaba cada paso, lo hacía rápido, pero nunca dejaba nada al azar. Salvo la decisión de irse a vivir a Patmos. El único impulso que recuerda.
—No sé si te estaba esperando, pero eres mi mejor visita y algo muy tópico, una estupenda casualidad, respondió Daira.
—Nada en ti es tópico… Me atraes como nunca nadie lo ha hecho y solo tengo ganas de tener tiempo contigo, o perderlo abrazado a ti.
Se dieron el primer beso. 
Cogidos de la mano salieron del restaurante y se dirigieron calle abajo en silencio.
La noche invitaba a pasear, y escuchaban el mar cercano. Daira respiraba suave, temiendo que se escucharan los latidos del “cora”.
Llegaron a las escaleras, las que Daira bajó la primera vez y vio a Elena sin saber todavía quién era.
Al llegar a la pasarela de madera, se detuvieron. Daira se apoyó en el balcón de madera y tiró de la mano de Carlos, acercándolo a ella. Lo cogió por la cintura y se besaron intensamente, cada vez más apretados.
Se descalzaron y, agarrados por la cintura, caminaron por la playa, parándose de vez en cuando para continuar comiéndose a besos.
Daira estaba excitada, como también “notó” que lo estaba Carlos.
Al fondo de la playa, había una lancha en la arena. En la playa no se veía a nadie, todo aquel paisaje, la noche estrellada, el mar en calma…  Era solo para ellos.
Se iban acercando a la barca, no parecía que estuviese en uso, aunque estaba en buen estado.
Carlos, medio sentado sobre un lateral, abrió las piernas y acercó a Daira.
Daira se metió entre las piernas de Carlos, atrapada en el placer que estaba sintiendo.
Carlos la apretaba suavemente con las manos puestas sobre sus nalgas.
Respiraba profundo en cada beso, acariciaba su oreja con la nariz, mientras la besaba en el cuello.
Despacio, Daira se va separando y se mete dentro de la barca, gesto que también realiza Carlos, y se sienta sobre los dos travesaños de manera, asiento de la lancha.
Carlos mira a Daira como queriendo preguntar algo. No hacía falta preguntar nada. 
De pie, ante él, se quitó su ropa interior. En un movimiento ágil, sin levantar el vestido más de lo necesario. De su pequeño bolso, sacó un preservativo ante la mirada perpleja y divertida de Carlos.
—¿Qué? Soy previsora y no nos conocemos lo suficiente. Le dijo Daira sonriente.
—¡Y muy canadiense! Respondió Carlos, sacando otro condón del bolsillo trasero del pantalón.
—Bueno, ahora si te quitas lo demás, sería perfecto. Le soltó Daira.
—¿Prisa? Dijo Carlos, mientras se lo quitaba todo y la miraba, intentando crear la misma ansiedad que él sentía.
Daira se sentó a horcajadas sobre Carlos.
Frotando su cuerpo tuvo su primer orgasmo. Así de rápido le ocurría cuando alguien le gustaba mucho, sabía que vendría un segundo más controlado.
Ese primer orgasmo sorprendió a Carlos.
Escuchar “sigue” lo puso a mil por hora, el juego solo había empezado.
Lógicamente, perdieron la noción del tiempo, Daira le pedía más con la boca pegada a su oreja. Un beso profundo y húmedo de Daira, con un intenso suspiro, fue la señal para que Carlos terminase.
Segundos después, Carlos la levantó ligeramente y, volviéndola a sentar, la agarró con las dos manos por la nuca, y suspiró profundamente con su boca pegada a la de Daira.
Así, abrazados, sin despegarse, y en silencio, estuvieron unos minutos.
Daira saltó de la barca y corriendo se metió en el mar, a pocos metros de donde estaban.
Carlos la miraba riéndose, su vestido empapado la hacía todavía más atractiva.
Él no podía ser menos, se vistió y también se metió en el agua.
Empapados de todo la acompañó a su casa, en la puerta, le dijo que, por la mañana, le llevaría el desayuno y conocería su casa.
A Daira le pareció perfecto. Seguramente Carlos, como ella, tendría que digerir lo que había pasado.
No sabía nada de la vida íntima de Carlos, la suya fue intensa, nunca tuvo prejuicios. Pero quería reposar todo ese cúmulo de sensaciones, que habían sucedido de manera vertiginosa, disfrutarlo y, para eso, debía estar sola, principalmente, porque, si estuviese Carlos, no podría dejar de comerlo a besos…
Se dio una ducha, no dejaba de estremecerse y sonreír cada vez que se enjabonaba las zonas que había compartido con Carlos.
Esa noche se acostó desnuda. Se acomodó entre las sábanas, cerró los ojos y pensó:
"Rico..."






miércoles, 28 de agosto de 2024

DAIRA/CAP.9©®






 

Daira, cuando llegó a casa, se duchó y bajó a prepararse una cena ligera. Una ensalada con tomate, pepino, pimiento y cebolla roja; aliñada con sal, pimienta negra, orégano y con aceite de oliva. Añadió trozos de queso feta, le encantaba, alcaparras y aceitunas.
Terminó con una fruta y, deprisa, se fue al dormitorio.
Estaba deseando estirarse, poner su música favorita y escribir lo que había vivido ese día.
De su clase de griego, repasó por encima la comida y el restaurante recién descubierto.
Inconscientemente, quería pasar rápidamente al capítulo “Carlos”.
¿Qué pasaba con aquel hombre? ¡Coño! ¡Le gustaba! Así de simple, a la vez que desconcertante.
Era una pieza que no contaba, tampoco le sobraba, únicamente, quería encajarla.
No percibía las mismas sensaciones que había experimentado con otros hombres. O sí… Con su primer amor.
Viajó al pasado, tintineando el bolígrafo sobre el cuaderno.
Daira estaba, por aquellos años, en el último curso de carrera. Una noche fría canadiense, se fue con su pandilla de la facultad a un pub.
Todos, sentados alrededor de una mesa baja, no paraban de reírse y bromear entre ellos. Una amiga se levantó, iba a la barra a buscar servilletas de papel. En un instante, en que Daira se la quedó mirando, en la barra, estaban dos chicos, uno de ellos, sentado en un taburete, de espaldas a la barra, miraba fijamente a Daira.
Una hora después, Daira y sus amigos, se dirigieron al fondo del local. Había un billar y algunos de ellos, eran expertos jugadores.
A Daira solo le divertía.
Al final de la noche, todos, incluido el chico “mirón” y su amigo, estaban jugando juntos y salieron al mismo tiempo, cuando el pub cerró.
Daira se quedó completamente enamorada de John, ese era su nombre, muy simple, no le pegaba nada.
John estudiaba Biología. Inteligente, ácido y muy divertido, además de tener los ojos más azules que jamás había visto. Tenía media melena, de color castaño y una voz seductora sin pretenderlo. No era adulador, pasteloso, o el típico guaperas que sabe que lo es.
Fueron novios durante tres años. Desde el principio, él le había contado sus proyectos de futuro y Daira los suyos. John supo desde siempre que el futuro que deseaba Daira era peculiar, que podía chocar con los suyos, pero los aceptó, al menos, por un tiempo.
El tiempo justo en que, con una relación consolidada, la madre de John empezó a hacer planes. A Daira no le gustaban en absoluto y, durante una cena en casa de la señora metomentodo, le dijo que nada de eso quería ella.
¿Qué era, “eso”? A la señora le encantaba Daira. De buena familia, guapa, responsable… En su inteligencia reparaba menos. Precisamente, con esa inteligencia, no podía someterla.
Quería una boda por todo lo alto, religiosa, de blanco y velo, para la novia, de pingüino, para su hijo.
Tenía pensada la zona donde debían comprarse la casa. Sí, casa. Su hijo trabajaría cerca, en una empresa de un amigo del padre. Buen puesto, sueldo excelente. Todo ello, daba pie a tener hijos pronto, no necesitaban ahorrar y mejor una casa para criar a la prole que la presunta abuela querría malcriar y consentir.
Daira tragó saliva varias veces y se bebió tres copas de vino…
Miraba a John buscando complicidad. John bajaba la cabeza.
Cuando Daira terminó su tercera copa de vino, levantó la mano, como los niños en clase cuando piden la palabra.
John la miró consternado…
De corrido, casi sin tomar aliento, ni una coma por medio, Daira le contó sus planes.
No, no iban a casarse. Planeaban irse a vivir juntos antes de dar ese paso del matrimonio. Que, por supuesto, no sería religioso, ni vestido con velo. Habían visto 5 apartamentos. John podía trabajar donde quisiera, pero ella, en breve, se iba a Guatemala destinada por la empresa donde estaba trabajando. Ella misma había solicitado ese puesto persistentemente.
Remató la conversación, mirando fijamente a aquella mujer que no era capaz de pestañear, diciendo que, el instinto maternal no había llamado a la puerta y, evidentemente, con su traslado al extranjero, y los proyectos que tenía en mente, no sería responsable abrir esa puerta.
Se levantó, dio las buenas noches, y las gracias por la cena, miró a John y le dijo, en tono interrogante, “¿vienes?”, y salió como un rayo.
John fue detrás y ambos se metieron en el coche. Al llegar a casa de los padres de Daira, después de pasar todo el trayecto en silencio, esta le pregunta qué coño pasaba.
Un nervioso John, le explica que su madre es muy exagerada, pero que no le parecía lo mejor que se fuese a Guatemala.
¿Perdona? Lo sabía desde el minuto uno. Conocía sus planes, lógicamente, Guatemala concretamente, no. Extranjero en general.
Esa noche, entre lágrimas de ambos, Daira lo dejó. Los días siguientes, no atendió ninguna de sus llamadas, ninguno de los recados que le llegaban de John por amigos en común. Cerró esa puerta, aunque su corazón estaba herido.
Daira hizo su vida; tres meses estuvo en Guatemala. Apenas pasó una semana y se fue a Chile por 6 meses.
No sabía ni preguntó nunca por el que fuera su novio.
Habían pasado 5 años, cuando Daira, convaleciente de una dolencia, pasó 8 meses en Canadá. Ya vivía sola, en su ático.
En una salida nocturna con una amiga, se encuentra a John. Se le removieron todos los cimientos.
Él se le acercó, estaba más guapo todavía.
Se alargó la noche, la amiga de Daira se fue y se quedaron juntos.
Pasaron la noche en casa de Daira. Ella hizo el amor como si nada hubiese pasado. John no había perdido nada de su encanto natural y la besaba a cada palabra o frase que Daira pronunciase.
Al día siguiente se fue, tenía trabajo. Daira se quedó envuelta entre las sábanas, olían a él, a ella… Se acurrucó y se durmió de nuevo, abrazada a la almohada de John.
Esperó su llamada durante todo el día. Al siguiente, al mediodía, lo llamó.
Un frío “dime” fue la primera palabra que él pronunció…
Daira, por primera vez, sin saber que decir, se limitó a invitarlo a comer. No podía, tenía una comida de trabajo, podría hacer una escapada por la tarde y tomar un café.
“Vale, en casa estaré”, le dijo Daira, absolutamente decepcionada y sintiendo que era la más tonta del mundo. Pero quería hablar, quería argumentos, explicaciones.
Eso hizo durante el café. A pesar de que John, cuando Daira le abrió la puerta, le dio un suave beso en los labios.
La noche que pasaron juntos, él le había dicho lo mucho que la echó de menos, lo que había sufrido y, de ser como actualmente era, no la hubiera dejado escapar. 
“Hubiera ido contigo a Guatemala”, había sido la frase del año.
Entonces, ¿qué ha pasado en dos días? Se preguntó Daira en voz alta.
Pues, ahora mismo era imposible seguirla, pero, quizá más adelante.
Ah… Quizá…
Daira se levantó del sofá, cogió el abrigo de John, con cara de asombro, lo acompañó a la puerta y le dijo: —Las relaciones de pareja, no se sostienen con “quizás”, hasta nunca—.
Un juguete, ese tío quería un juguete.
Un puerto seguro y fijo para cuando le apeteciese y “quizá”, algún día, se enamoraría lo suficiente para echar amarras y quedarse.
Pues Daira no iba a darle tiempo a la nada que ahora existía. A un simple afecto de un amigo con derecho a roce, esperando a que, “quizá”, se le encendiera la llama del amor, y mientras, ¿ella se lo imaginaba?. ¡No!
¿Hacerlo culpable por no quererla? ¡Tampoco!
¿Pensar que no se atreve? Especular es una pérdida de tiempo.
No puedes ser amiga de alguien al que amas, si no siente lo mismo, porque quieres que sea más que un amigo.
La realidad práctica con que Daira vivía su vida, era sana y envidiable.
Finalizado su viaje al pasado, la música de fondo se había terminado y solo se escuchaba el mar.
Ese sonido marino hizo regresar a Daira con Carlos y la ilusión que, de repente, volvió a sentir por la invitación a cenar.
Lo que se pondría…
Dejó el cuaderno y el bolígrafo, mañana escribiría el capítulo.
Por un instante deseó que no solo fuese uno, sino el principio de una historia…




martes, 27 de agosto de 2024

DAIRA/CAP.8©®

 



A las 6 de la tarde, Daira, con una gran toalla, el fular que le había regalado Elena, usado como pareo, una pamela y un biquini blanco, baja, camino de la playa. Era una pequeña cala, muy cerca de su casa, que, en marea baja, formaba un arenal precioso.
Apenas, unas diez personas la ocupaban, por lo que tendría la tranquilidad que necesitaba. 
Sin pensarlo dos veces, dejó el pareo y el sombrero sobre la toalla, y se metió en el mar. Una rápida zambullida, primer contacto.
Se hizo varios largos, de un extremo a otro, sumergiéndose de vez en cuando, para salir y dejarse mecer, flotando por el suave movimiento de la marea.
Perdió la noción del tiempo. Salió, escurrió su larga cabellera, sacudió y extendió la tolla y se acostó sin reparar en nada ni en nadie que había a su alrededor.
Escuchaba el mar, las gaviotas y algún grito de niño. Al rato, se dio la vuelta. Boca abajo, pudo observar a todas las personas que, como ella, disfrutaban de aquel rincón.
Dos niños, de unos 10 años, eran los que chillaban, correteaban, iban y venían a la orilla del agua. Su pelo casi blanco, de lo rubios que eran, destacaba por lo bronceados que estaban. Los que debían ser sus padres, sentados, no los perdían de vista.
Atrás, una señora muy mayor, sentada en una sillita de playa portátil, movía acompasadamente la cabeza. Tenía unos pequeños cascos y escuchaba música, a través de un aparato pequeño que parecía una radio. Tenía el pelo muy corto y teñido de rosa. Unas enormes gafas de sol, de montura color fucsia, ocultaban sus ojos.
Estaba muy delgada y podían distinguirse las arrugas, de la piel curtida por el sol, en brazos y piernas. Su bañador era estampado, en colores chillones, de tipo deportivo. Un rato después, Daira, pudo ver lo excelente nadadora que era la mujer y la destreza para nadar en todos los estilos.
Las demás personas le quedaban más lejos y no podía ver los detalles con claridad.
Un grupo de cuatro jóvenes, una pareja y, al fondo, junto a unas rocas, una persona, sentada sobre una piedra, estaba leyendo un libro. Parecía un hombre por el sombrero, estilo panameño, que tenía puesto.
Daira volvió a darse un largo baño a última hora de la tarde.
Desde el agua pudo ver como, los niños y sus acompañantes, se marchaban. También el grupo de jóvenes, aunque más lentamente. A cada paso se entretenían saltando unos sobre otros, corrían hacia delante, volvían atrás… ¡Jóvenes! 
Cuando Daira iba saliendo del agua, vio a la persona del sombrero.
Estaba paseando por la orilla, acercándose a pocos metros de Daira.
Casi al lado, Daira lo reconoció. Era el hombre que había visto por la mañana, después de comer.
Esta vez, el hombre, no llevaba gafas de sol y pudo ver sus ojos. Era muy guapo… O eso le pareció.
Más o menos de su edad, en su torso desnudo y piernas al aire, se notaba que se había cuidado bien físicamente y, probablemente, continuaba haciéndolo.

Un poco más alto que ella, Daira medía 1,70, sin depilar, aunque no tenía mucho bello y de complexión delgada.
El pelo canoso hacía resaltar su color tostado por el sol, también el bañador, morado con finas rayas de color naranja.
De nuevo le sonrió y la saludó con un “hola”, para continuar diciendo, en español:” Nunca nos hemos visto, y para ser la primera vez, van dos el mismo día”.
“Coincidencias de la vida”, respondió Daira, también el español. Pero, claro, Daira hablaba perfectamente el español, lo había estudiado y, durante muchos años de su vida laboral, había residido en Latinoamérica. Era un idioma que le resultaba habitual y familiar, pero, con acento, detalle del que se percató el hombre.
Preguntó de dónde era, Daira también quiso saber de dónde era él.
”Carlos, español”, dijo muy escueto, sin dejar de sonreír y tenderle la mano, como saludo de presentación.
Le encantó el nombre de Daira, nunca lo había escuchado. Estaba de vacaciones perpetuas. Recién jubilado, llevaba todo el verano viajando, recaló en Patmos de casualidad. Estando en Milán, reservó un paquete vacacional para Grecia. Incluía tres ciudades importantes y, a mayores, una isla.
La isla que eligió fue Paros, también en el mar Egeo. Habían estado unos amigos el verano pasado y se la recomendaron. No quería visitar las típicas islas, como Mykonos, masificadas de jóvenes con ganas de fiestas interminables.
El que recogió la reserva, se equivocó y marcó Patmos, algo que no le desagradó, le parecía fantástica.
“¿Otra casualidad de la vida?”, le dijo sonriente a Daira.
Elena “liberó” a Daira de la respuesta a Carlos… Descendía las escaleras que terminaban en la arena y la llamó vigorosamente levantando la mano.
Se les acercó, Carlos no esperó a que Daira los presentara, se dieron la mano, al tiempo que Carlos decía su nombre.
Elena, en griego, pronunció la amiga de Daira, y comenzó a explicar por qué estaba allí. Un buen baño en el mar al atardecer, era lo mejor del día.
Carlos, de manera educada y generosa, se despidió en un perfecto inglés, suponiendo que Elena no entendería el español.
Apenas había dado unos pasos, se giró y, esta vez en español, dijo:
—¿Daira, te parece que mañana, durante una cena, hablemos de casualidades?
—Bien, respondió Daira.
—¿En el banco de esta mañana, a las nueve? Preguntó Carlos.
—Nueve y cuarto, dijo Daira.
—Vale, te espero, concluyó Carlos—.
Elena y Daira, sin mediar palabra, se quedaron mirando como Carlos se iba.
Cogió su toalla, se puso una camiseta de color naranja, colocó la toalla sobre uno de sus hombros y empezó a subir la escalinata.
Al llegar al final, antes de perder la visión de la playa, echó la vista hacia nosotras y nos dijo adiós con la mano.
Daira tuvo la sensación de que Carlos sabía que ella estaría pendiente, esperando su adiós.
Quizá, Carlos, solo quiso comprobarlo.
Fuese lo que fuese, ambos se miraron por última vez ese día…
¡Wow! Fue el comentario de Elena, seguido de un “¿nadamos?”. Daira esperó a que Elena dejara sus cosas en la arena, caminaron mar adentro y se zambulleron al mismo tiempo.
Al salir, sentadas cada una en su toalla, con la mirada fija en el horizonte, esperando el ocaso del sol que comenzaba a tomar posición, Elena le dijo a Daira, que le veía más luz que al sol que estaban observando.
Daira, sin moverse, preguntó, —¿Lo dices por Carlos?
—No. Por cierto, ¿conocidos que os habéis encontrado aquí? Dijo Elena.
—No, hoy nos vimos por la mañana, en la calle, casualmente, por la tarde, aquí en la playa.
—Darling, responde Elena, es habitual ver gente en una calle y normal que alguna en concreto, lo vuelvas a ver en una playa, un día de verano.
Cogiendo una mano a Daira, prosigue…
—Casualidad es que ambos estéis encantados de haberos encontrado—.
Se miraron las dos y sonrieron.
El sol se puso y abandonaron la playa.
Se despidieron cogiéndose las manos unos segundos.
—Hasta mañana, Daira.
—See you tomorrow, Elena—.







lunes, 26 de agosto de 2024

DAIRA/CAP.7©®

 








Daira se despertó con su cuaderno de sensaciones, recién estrenado, entre las sábanas. Lo guardó en un cajón de la mesita, junto al bolígrafo que le había regalado el librero, como atención de bienvenida a la comunidad.
Desayunó, como siempre hacía, en la terraza, mirando al mar.
Esa mañana tenía su primera clase de griego con Elena. 
Recogió la casa, se vistió y salió hacia la casa de Elena. Le abrió la puerta la mujer del otro día, Cora, supo que se llamaba. Solo hablaba griego, por lo que, la comunicación se reducía a muchas sonrisas y gestos agradecidos, por ahora…
Elena estaba hablando por teléfono en la terraza, la esperó en el salón, sentada en el mismo sillón de rayas multicolor.
Enseguida entró a saludar a Daira, dos besos y un afectuoso “me encanta nuestro proyecto”.
Subimos al piso de arriba. 
De estructura abuhardillada, aunque alta, estaba dividida en tres estancias. Su dormitorio, enorme, con baño completo y vestidor. Al otro lado, una amplia habitación que hacía de despacho y sala de música. Al contrario de la parte de abajo, tan colorista, en aquel cuarto, predominaba la madera. En tonos claros, el suelo, escritorio y sillas, combinaba con las vigas del techo. Tan solo un sofá, de color azul, como las ventanas, y una enorme alfombra en tonos azules y anaranjados, ponían la nota de color, imprescindible para Elena. El ordenador, sobre el escritorio y tres guitarras, colocadas en un soporte especial, conformaban toda la decoración. El techo, forrado de madera, estaba pintado de blanco, al igual que las paredes y la puerta.
Cora subió dos cafés y unos bollos recién hechos.
Las dos mujeres saboreaban su segundo desayuno, mientras Elena planificaba su primera clase.
En una pizarra, que colgaba de una de las paredes, se levantaba e iba escribiendo lo que para Daira parecía un jeroglífico.
Se acordó de cuando intentó aprender chino y sonrió. Fue lo único que dejó por impotencia y aburrimiento. Temió sentir lo mismo por aquel idioma, aunque, al fijar su residencia en territorio griego, le daba ánimo y la sensatez le decía, debes y puedes.
No se le hizo monótona la clase, Elena alternaba la teórica con imágenes de inscripciones en monumentos, y trucos para diferenciar caracteres de forma rápida.
Dos horas dedicó Elena a su tarea. Decidió que, para ser el primer día, no era conveniente sobrecargar, viendo el entusiasmo de Elena. Antes de irse, le dio un libro para principiantes.
La invitó a comer, Daira declinó la invitación, había decidido almorzar en otro restaurante, para ir conociendo locales y a sus gentes, ahora vecinos. Le dijo a Elena que la acompañase, pero, de manera generosa, esta, respondió que otro día, le quiso dar independencia de que conociese por sí misma la zona.
Se despidieron afectuosamente y Daira se fue, lentamente y observando todo.
Al doblar una esquina, vio tres restaurantes sencillos. Bueno, sencillo no es la palabra exacta, porque eran todos tan bonitos, como de cuento. Pero eran de precios normales, comida casera y producto de la zona, detalles que resaltaban en la carta que exhibían a la puerta.
Comió estupendamente. Charló con el dueño y con los camareros.
La cocinera le regaló un cesto pequeño con limones y tomates. Resultó ser vecina de Daira y se alegraba de que hubiese comprado la casa. Aparte de que Daira le pareciese estupenda, los turistas que alquilaban por temporada, le parecían, la mayoría, unos imbéciles. “Nos tratan como monos”, dijo en un inglés curioso. Todo el día haciéndonos fotos sin pedir permiso.
Tenía razón Fedra, era su nombre. No se preocupaban en conocerlos un poco. Su normalidad les parecía algo pintoresco para fotografiar y subirlo a sus redes sociales.
Daira se dirigió a su casa, satisfecha de todo.
Miraba la playa desde arriba, por la tarde iría a darse un baño y olvidarse del mundo sobre la fina arena.
Al final de la calle, antes de doblar hacia la izquierda, para llegar a su casa, había un pequeño mirador con dos bancos.
Una persona estaba sentada en uno de los bancos. A medida que se acercaba, distinguió a un hombre. Fumaba tranquilamente, hasta que se percató de Daira. Pasó de mirar al frente, a girarse ligeramente y no apartar la vista, o eso intuyó Daira, pues, el hombre, tenía unas gafas de sol negras.
Ya más cerca, el pelo canoso del hombre, brillaba con los rayos del sol. Estaba bronceado. Vestía una camiseta ajustada blanca, un pantalón holgado de color beige, parecía lino, y sandalias de cuero de color marrón.
Ella también llevaba gafas de sol, por lo que no dejó de observarlo. Al llegar a su altura, el hombre sonrió ligeramente y pronunció un “hola”, al que Daira respondió del mismo modo.
No le notó ningún acento especial, aunque era una corta palabra para asegurarlo, le pareció español o latino.
Daira miró hacia atrás, antes de doblar la esquina, y el hombre la seguía mirando.
En un gesto rápido, levantó su mano, en señal de adiós, a lo que Daira respondió moviendo una mano.
Sin darse cuenta, Daira no dejó de sonreír en todo el trayecto. Se percató al abrir la puerta de su casa. Entró, cerró y se apoyó por dentro, volvió a sonreír.
Subió a cambiarse, antes de bajar, se paró en un rincón de la escalera, donde había una ventana. 
El paisaje que veía, parecía pintado a propósito para ella. 
El mar… La esperaba para darle la bienvenida.
Descansaría un rato e iría a su encuentro.
Daira, continuaba sonriendo...


viernes, 23 de agosto de 2024

DAIRA/CAP.6©®

 



Todo estaba sucediendo tan rápido en la vida de Daira, que tenía la impresión de que toda su existencia se había desarrollado en la isla.
Tan lejana de su país, tan diferente, ambas, se acogían. Ni los recuerdos de otros lugares donde había residido, podían variar su sentimiento actual.
Realmente, adaptada a cada cultura y país donde vivió, alguno por varios años, se da cuenta ahora, que nunca se sintió enraizada a ninguno. Fue feliz, trabajó cómodamente, hizo y convivió con buenas amistades, pero, quizá, el saber que estaba de paso, la convertía en nómada de conciencia.
Después de despedir a Elena, y ver cómo desaparecía al doblar la esquina, cenó algo ligero y se acostó.
Cogió uno de los cuadernos que había adquirido y comenzó a escribir lo que había pasado en esos días. Dejó un capítulo entero para Elena, la había impresionado.
De fondo, mientras escribía, a volumen suave, puso música de Charlie Parker, “Bird”.
Durante alguna pausa en su escritura, escuchaba el saxo con la mirada fija hacia el mar, tras la ventana abierta de par en par.
Daira no desarrolló cultura religiosa alguna, pero, si existía el cielo, vivía allí en aquel preciso momento.
De repente recordó una sensación parecida.
Afincada en Costa Rica, tuvo algo más que una bonita amistad con Paul. Un norteamericano de Omaha, en el estado de Iowa. Era un joven ingeniero muy divertido y guapísimo. Ambos compartían el mismo entusiasmo por su trabajo y proyecto conjunto, pronto vino la “química” y la “física” aplicada a los humanos, la atracción y el deseo de tocarse todo el rato.
Se veían a diario y, también, casi a diario, compartían cama, en casa de uno, o en casa de Daira.
Querían tener una experiencia única, lejos del mundo y olvidarse de los números o coordenadas.
Se fueron tres días a la Isla de Coco, cerca de donde vivían, pero un paraje casi inhóspito.
Se alojaron en una de las pocas cabañas que había por aquellos años. No era un resort, hacían todas sus cosas, comida, limpieza, lo que surgiera. Tenían el número de teléfono de una especie de guardés y dos salidas por la isla, contratada con un guía.
Las demás excursiones, pocas, fueron todas a zonas de demarcación segura.
Se bañaron bajo cascadas de agua congelada, nadaron en las aguas mansas que se formaban cerca de los saltos de agua.
Desnudos, rozándose todo el rato.
Besos largos y húmedos rodeados de naturaleza. Hicieron el amor en todos los lugares posibles.
Se seducían con miradas y tocándose los pies por debajo de la mesa cuando se sentaban a comer.
Y recuerda esa sensación, al despertar cada mañana, se levantaba y abría de par en par el ventanal que había frente a la cama.
Corriendo se metía en la cama y, pegada a Paul, escuchaba el agua de la cascada cercana y cientos de sonidos de aves.
Todo estaba verde, muy verde y la vegetación era espesa, olía a fresco y limpio.
Miraba a Paul, mientras se empapaba con todo aquel esplendor natural, y lo abrazaba fuerte, de nuevo, otra vez…
¿Qué pasó con Paul? Dejaron de atraerse.
Eran seres libres, no tenían que intentar quererse o avivar ninguna llama.
Como vino se fue. Terminó su trabajo un año antes que Daira y, como compañero y conocido especial, se marchó a otro proyecto, a otra vida.
Daira nunca lo echó de menos, ni tampoco lo largó de su mente, formó parte de un momento, no se dieron muchos más para que fuese relevante.
Se disfrutó mientras duró.
Ahora, tocaba disfrutar del saxo y de la noche.
Adoraba las noches desde siempre, en este momento, era uno de los momentos imprescindibles. No tenía que planear el día siguiente con meticulosidad.
No tenía horarios, salvo los indispensables para las clases con Elena. Después, todo consistía en dejarse llevar por lo que le apetecía en cada momento.
Sintió un leve escalofrío...
Nunca había sentido la necesidad de pasar tiempo con alguien, excepto a sus padres.
Con Elena, sin embargo, lo sintió.
¿Quizá, inconscientemente, querría a alguien a su lado?
Había cambiado tanto su forma de pensar, que empezó a darle vértigo ese pensamiento.
Las personas que conviven durante años consigo mismas por elección, es difícil que se adapten a una convivencia con alguien, pero, Daira, ¡tenía tanto que dar y decir!
Volvió a poner la música de Parker, está vez mucho más suave, cerró los ojos y soñó con cascadas caudalosas rodeadas de frondosos bosques más verdes que nunca...





jueves, 22 de agosto de 2024

DAIRA/CAP/5©®

 



Elena y Daira inician el camino hacia la casa de Daira.
Elena le cuenta que tuvo mucha suerte con su compra. Conocía a sus dueños y las intenciones de hacer negocio turístico con la casa. Un desafortunado accidente hizo que eso cambiara y que la mejor opción había sido venderla.
Elena, también conocía la casa y el mimo con el que había sido decorada, con lo cual, nada tenía que enseñarle Daira.
Había comprado masa de hojaldre e hizo un pastel de verduras. Unos trozos de queso, rodajas de tomate y nueces, fue el primer plato.
Después del postre, unas fresas con nata, tomaron el café en el salón. 
Allí, Elena le contó su rutina diaria. El paseo y el yoga en la playa, imprescindible, salvo algún día que la meteorología no lo permitía y hacía sus ejercicios en casa.
Dos días a la semana, da clase de piano a dos adolescentes que están de vacaciones con sus padres. Daira, podría elegir cualquier día para estudiar el griego, el tiempo que ella quisiera.  Además, viviendo ambas en la isla, lo irían practicando en sus paseos y se le haría más fácil. La animó, aunque le dijo que no era fácil, pero le enseñaría lo práctico, lo que se habla en la cotidianidad y, después, se meterían de lleno en la Gramática.
Elena estaba dispuesta a quedarse en la isla más tiempo del que acostumbraba, aunque invitó a Daira a pasar tiempo con ella en su piso de Atenas.
Elena estudió en El Pireo, se quedaba durante la semana en casa de unos tíos.
Sus padres, en Patmos, tenían una taberna típica. Su padre se dedicaba principalmente a la pesca, aunque, también compartía tareas en la taberna, allí, su madre, se consolidó como una excelente cocinera.
Elena pasaba los fines de semana y vacaciones escolares, entre fogones, clientes variopintos y paseos en barca con su padre.
Solía reunirse con amigas en la playa; ahí pasaban los atardeceres y, ya siendo adolescente, noches veraniegas, entre baños en el mar y secretos, casi todos confesables.
Un verano, ya terminados los estudios superiores, y matriculada para empezar su carrera universitaria en otoño, conoció a Andreus.
Él, estudiante de tercero de Medicina, cursaba la carrera y residía en Atenas.
Su familia era de origen italiano. Aunque, Andreus, era muy pequeño, cuando sus padres emigraron a Grecia, su condición zalamera y efusiva, era la de un italiano puro.
Elena los conocía bien, muchos italianos viajaban a su isla de vacaciones y sabía de sus artes en materia de seducción. Siempre le resultaron simpáticos.
Elena también estudió la carrera en Atenas. Sus padres le alquilaron un precioso apartamento, pero ella decidió sacarse un dinero extra, así, colaboraba con sus padres, sacaba para gastos propios y maduraba.
Consiguió trabajo por horas en una tintorería y todavía le quedaban ganas y tiempo para aprender inglés y francés en una academia nocturna.
Daira pensó que tenía una cabeza prodigiosa, además de un afán de independencia envidiable.
Nada tenía que “envidiarle” Daira, eran dos mentes privilegiadas y ejemplo de madurez.
Evidentemente, empezó a verse mucho más con Andreus. El chico no tuvo que insistir mucho, Elena se había enamorado para toda la vida.
Y cayó rendida cuando la invitó a cenar a su casa. ¡Los raviolis al pesto fueron como una petición de mano!
Andreus y su madre estaban haciendo la pasta cuando ella llegó. Nunca había probado la pasta fresca y le fascinó.
Daira, acurrucada en el sofá, escuchaba atentamente a su nueva “amiga”. En perfecto inglés y con sus ojos negros brillantes, cuando contaba su historia de amor.
Elena tenía una elegancia natural de la que no era consciente. Con un simple "body”, o bañador blanco, con espalda al aire y atado al cuello, un fino y simple pantalón, también blanco y sandalias planas de cuero, parecía una actriz de los años 50, glamour envuelto en sencillez. Su pelo, más plateado que el de Daira, recogido en una trenza muy particular, parecía deshecha a propósito. Sin una gota de maquillaje, pero una piel cuidada, aunque curtida por el sol, como todo su cuerpo.
Cada arruga, resultado de los años y acentuadas por su delgadez, eran recuerdos de historias y producto de largos y sosegados paseos al sol.
Lo que para algunas son cicatrices, para Elena eran surcos de libertad.
Tenía una curiosa afición: Coleccionar fulares. Prendas que usaba habitualmente y que me trajo como regalo de bienvenida.
Daira se dejó acariciar por Elena, con su relato, por su imagen, su voz... Y al atardecer, contemplando el mar, desde la terraza de su casa, viendo cómo Elena se alejaba calle abajo, el suave pañuelo, acariciaba sus hombros, ligeramente quemados por el sol.
Sin lugar a dudas, Elena había sido el verdadero y oculto motivo de la elección de Daira.
El destino y sus cosas inexplicables, que cuando son bonitas, no preguntamos porqué...







miércoles, 21 de agosto de 2024

DAIRA/CAP.4©®








Media hora había pasado, cuando llegó el marido de la tendera con la compra.
Bastian, se llamaba. Bajito y rollizo, se le podían contar los pelos que tenía en la cabeza. Largos y pegados con gomina a la calva. Tenía una amplia sonrisa, como todos los que se había encontrado. Pudo verle dos dientes de oro brillar con la luz del sol.
Acomodó la compra y bajó a casa de la profesora, eran las once menos diez, había quedado a partir de las once y media.
Sí, llegó pronto, encontró la casa a la primera. Le gustaba la puntualidad, por lo que bordeó la casa para hacer tiempo.
En uno de los laterales, había unas escaleras. Abajo, una pasarela de madera, por la que se accedía a la playa.
Estaba vacía, era demasiado temprano para los turistas, que solían trasnochar, y los habitantes de la isla, estaban trabajando.
Se detuvo, en la balaustrada de la pasarela, vio una camisa y un sombrero.
A lo lejos, cerca de la orilla, una mujer en biquini, caminaba despacio.
Observó como llegaba a uno de los extremos de la solitaria playa y dio la vuelta.
Se detuvo en mitad de su camino y comenzó una rutina de lo que parecía ser yoga.
Terminó sus ejercicios con un baño en el mar.
Iban a dar las once y media y Daira se dirigió a la casa. Una pequeña mujer estaba regando un montón de plantas a ambos lados de la puerta.
Se giró y, ¡cómo no! Esbozando una gran sonrisa, preguntó —¿Daira?
Daira asintió, la mujer, con un gesto, la invitó a pasar.
Un pequeño recibidor, daba paso a un enorme salón. La mujer le señaló un sillón de rayas multicolor. Daira se sentó cómodamente. A su izquierda, percibió el olor fresco de una planta de lavanda. Colocada sobre una mesa con cajones, en color turquesa, junto con varias cajas pequeñas de colores.
 Dio por hecho que aquella mujer no era Elena, por lo que no intentó decir nada, dedujo que no sabía su idioma y esperó relajada.
Lo que veía a su alrededor era especial, un universo de color, donde cada objeto estaba elegido con gusto.
No había alfombras y predominaba el color y las plantas. Un enorme sofá de color morado, con un montón de cojines en diferentes tonos de rosas y lilas, presidía la habitación, ocupando casi por completo una de las paredes. Delante, dos mesas, de tamaño mediano, redondas, de cristal, con las patas del mismo color que el suelo, de madera en tono claro. Encima de cada mesa, un cuenco de cristal, que contenía conchas y estrellas de mar. La pared frontal era un enorme ventanal con una puerta de doble hoja, daba acceso a una terraza enorme.
Montones de fotos enmarcadas decoraban las paredes. Parecían fotografías de viajes, recuerdos a color de toda una vida.
Sobre una enorme cómoda, en color mostaza, más fotografías, y algún que otro objeto típico de alguno de los lugares visitados. La otra pared era una estantería de obra gigante, en color blanco, repleta de libros.
Las plantas, estaban distribuidas sin impedir el paso.
Y la joya de la corona, una enorme lámpara colgaba del techo. De cristal, con varios brazos y filigranas de colores, daban el toque más personal. Aunque había lámparas de pie en puntos estratégicos de la habitación, la del techo, tenía que ser un espectáculo cuando estaba encendida.
Daira estaba embelesada, la terraza era una ventana a la inmensidad del mar.
Escuchó voces y un “hello” con tono fuerte, era Elena. Con una camisa transparente, hasta la mitad del muslo y un sombrero en la mano. Daira se dio cuenta de que eran las prendas que había visto en la pasarela y, por lógica, la mujer en biquini haciendo yoga, era Elena.
Todavía traía el pelo mojado, una lisa y larga melena más blanca que canosa. Muy delgada, con grandes ojos negros, vio que tenía las uñas pintadas de azul cuando extendió los brazos y la abrazó con una fuerza imposible de imaginar en aquel cuerpo huesudo.
Salimos a la terraza, otra obra decorativa que invitaba a todo.
Una estructura de color azul, con grandes y vaporosas cortinas blancas, escondían a medias el “chill out”, con una inmensa tumbona tapizada en color turquesa, en uno de los rincones.
En el rincón de al lado, cómodos asientos, tapizados en igual color que la tumbona, formando ángulo recto y una mesa de teca con varios candiles y soportes de cerámica con velas. Un toldo blanco lo cubría.
El resto era un amplio espacio, con balcón de cristal al frente. Casi se podía tocar el mar.
Allí, sentadas, resumieron su presente y por supuesto, Elena sería la profesora de griego de Daira. 
Elena estaba especialmente ilusionada, quizá había encontrado en Daira, el alma gemela que necesitaba en esa etapa. Le gustaba compartir. Había viajado por placer durante toda su vida y también había decidido anidar en ese lugar, que tanto y tan bonito significado tenía para ella.
Se había quedado viuda dos años antes de jubilarse. Los sueños de envejecer con tranquilidad al lado de su marido, se los arrancó la vida. Lo había pasado mal, aprendió, desde hacía relativamente poco, a no ahogarse cuando pensaba en él, que era todo el rato. Con ayuda profesional, pudo conseguir sonreír cuando Andreus, así se llamaba, venía una y otra vez a su cabeza.
En su dormitorio, tenía siempre una flor fresca, Andreus amaba las flores, en un sencillo vaso de cristal, sobre la mesita del lado izquierdo de la cama. Espacio que, Elena, no ocupaba nunca.
A pesar de todo eso, no era una mujer triste, transmitía fuerza y positividad.
Parece incoherente, pero, su relato, lo hacía con calma, voz suave y con una sonrisa.
Terminaron la limonada a la hora del aperitivo. 
Daira la invitó a que conociese su casa y comiese con ella. Podrían conocerse más y también, hacer un planning de su nuevo proyecto, el griego.
Mientras Daira esperaba a que Elena se arreglase, pensaba en el sentimiento hipnótico que le había producido Elena.
Sentía que era su amiga de toda la vida, sin saber todos sus gustos y aficiones.
Era una curiosa sensación dadas las circunstancias. Quizá, Elena, era esa amiga que nunca echó en falta hasta que la conoció… Ahora, no quería perderla ni un segundo...
Deseaba contarle, tenía prisa por saberlo todo de Elena, le apetecía darle abrazos largos y cálidos.
Quería pasear con ella, reír, llorar y bailar, aún desconociendo que música le gustaba.
¿Qué le estaba pasando? Pensaba.
“Quiero a esta persona desde siempre, pero lleva dos horas en mi vida...”
¿Será que “siempre” no tiene límite de tiempo? ¿El “siempre” que conocemos, solo está formado por millones de instantes?
“Siempre” puede ser un segundo...










GLORIAS POR LA GRACIA DE LAS PESETAS

 Hace unos días, saltaba la liebre. Un presentador, muy conocido, de la RTVE Canarias, fue invitado a un podcast. Entre varias declaraciones...