Adela era una mujer joven de 35 años; casada desde los 19 y con una hija adolescente, Paula.
Vivían en la casa familiar de Adela, de la que era propietaria por herencia.
La casona había sido, durante muchos años, la mejor del pueblo; un pueblo mediano, que fue convirtiéndose en "ciudad dormitorio" por su cercanía a la gran ciudad y precios de vivienda más asequibles que en la urbe.
Ahí se había criado Adela, entre personas afables, algunas eran más que la propia familia.
La casa se iba deteriorando y, aunque se le hicieron reformas, eran más parches que otra cosa.
Adela se había casado cuando estaba cursando inglés en la Escuela de Idiomas; tenía la intención de estudiar enfermería, pero su matrimonio, surgido a consecuencia de un embarazo, dejó aparcado ese proyecto.
Cuando su hija, Paula, cumplió los tres años, decidió meterla en una guardería y empezar a trabajar.
Adela quería hacer algo con su vida, no quería que sus padres fuesen los cuidadores "obligados" de su hija y eligió un trabajo con el que no desatender su tarea de madre.
Su marido trabajaba de operario en una imprenta; el sueldo de Adela vendría bien.
Por mediación de una amiga, entró como asistenta en una casa en la ciudad. Sí, Adela cambió sus expectativas, podría haberse hecho otro futuro, era lista e inteligente, pero el momento requería otras prioridades.
Total, que de los 19 años a los 35 no encontró ese momento para avanzar en otras cosas.
Cuando la casa se estaba convirtiendo en un problema, decidió venderla en contra de todos.
No quería meterse en una hipoteca y vivir ahogada durante años; no le importaba cambiar una casa con finca a las cuatro paredes de un piso y la decisión tomada era irrevocable.
En menos de un año la vendió por una cantidad importante; podría comprar un piso, amueblarlo y quedarse con un pequeño colchón en el banco.
Los pisos que estuvo viendo estaban en el mismo pueblo, a un kilómetro de la zona donde había vivido toda su vida.
Eran viviendas nuevas, pero a todas les encontraba alguna pega...
O el acceso a la terraza estaba en el dormitorio, o los baños tenían un alicatado horroroso, o la cocina oscura... Se fijaba en la situación del edificio, si podrían construir algo delante o la carretera general generaba bastante ruido.
Empezaba a agobiarse cuando encontró de casualidad la que sería su nueva casa. Un piso moderno, amplio, grandes ventanales y una luz muy especial.
Dos semanas tardó en firmar la compra y un mes en amueblar.
Allá se fueron los tres; Paula, su hija, muy cabreada. ¡No le gustaba nada, quería su casa!
Poco a poco se fue adaptando; la verdad es que no era para menos, casi todo se hacía para su comodidad.
El piso era grande: tres dormitorios, dos baños completos, salón, cocina y terraza.
Tenía un pasillo muy largo, con lo que dos cuartos y un baño eran solo para ella y estaban uno al lado del otro.
Su dormitorio fue decorado como ella quiso; el otro cuarto tenía una cama nido, mesa de estudio enorme, televisión, equipo de música y sobraba espacio para bailar.
Fue también ahí cuando hubo un cambio de colegio. Del colegio privado en la ciudad, Paula pasó al de pueblo que le pertenecía por zona, comenzando la ESO.
Apenas conocía a nadie, pero estaba bien, seguía sacando muy buenas notas, como siempre.
El edificio donde vivían estaba compuesto por tres bloques, juntos, pero con portales independientes; todavía vivía muy poca gente.
De vez en cuando coincidían con alguien en la acera, aunque no era muy transitada, también desde la ventana, veían llegar a alguien o que sacaban la basura.
Y entre los primeros saludos, iban surgiendo conversaciones y, poco a poco, amistades.
Adela hizo "colegueo" con la vecina de otro portal, Nieves.
Nieves era muy divertida y campechana; mujer muy trabajadora, cosía fundas de cojones para sofás que le traían de una fábrica cercana.
Su marido era camionero, por lo que estaba casi siempre sola con dos hijos, una niña y un chico.
Adela solía pasar ratos en casa de Nieves; mientras ella cosía en una máquina de coser industrial, charlaban de cualquier cosa.
De ese modo, la hija de Nieves empezó a frecuentar la casa de Adela; la niña era más pequeña que Paula, pero Paula no tenía todavía pandilla y, aunque la diferencia de edad era evidente, se lo pasaban bien cantando y bailando, lo que más le gustaba a Paula.
A los pocos meses, Paula conoció a otra vecina.
Era una pareja con dos hijas. Paula hizo amistad con la menor de las hermanas, Victoria. Iban juntas al colegio y en el autobús escolar.
Victoria era una adolescente espigada, de piernas muy largas, melena rubia muy lisa y ojos azules.
No era nada guapa, pero tenía todo lo que la hija de Adela deseaba: pelo "tabla" y muy delgada y estilizada.
Paula era monísima, pero no se veía así; era delgada, pero no como Victoria, tenía curvas y siempre se veía gorda; muy al contrario de cómo la veía el resto de la humanidad.
Su melena era lacia, aunque con alguna forma; lo que hoy sería última moda, Paula se empeñaba en machacar su melena castaña con las planchas...
Había muchas más diferencias entre las dos; Paula idolatraba a Victoria sin motivo evidente.
Victoria era tal y como se percibía, prepotente, altiva y presuntuosa.
La hija de Adela era muy estudiosa, pero Victoria era de matrículas de honor en todo, algo que restregaba sin pudor ante cualquiera.
Para colmo, ¡tenía tetas! Paula era una tabla y se empeñaba en apretarse tanto el sujetador con relleno, que le quedaban las marcas en la espalda...
Victoria estaba siempre en nuestra casa, su hermana era tres años mayor que ella y, a ciertas edades, significa que se está en etapas diferentes.
Su hermana ya salía y encima lo hacía en exceso y con todo tipo de excesos.
Era una borde barriobajera; hortera en sus estilismos "poligoneros", no podía ser más fea, y su pandilla, que era de la ciudad, era del mismo estilo.
Sus padres trabajaban, el padre era encargado de un restaurante muy conocido en la ciudad y su madre trabajaba de dependienta, no se sabía dónde.
Paula y Victoria se hicieron inseparables, salvo para reunirse en pandilla en la calle. Paula no quería salir casi nunca, se pasaba las horas cantando o escribiendo historias.
Esa amistad entre las chicas dio lugar a que Paula le sugiera a su madre que conociese a la mamá de Victoria.
Y las chicas convocaron la cita para que ambas madres se conocieran.
Así llegó el día; Adela preparó café, dispuesta para recibir en su casa a la mamá de Victoria.
—¡Hola! —dijo Adela.
—Hola, soy Paz...—
Mari Paz... ¿Paz?







