sábado, 24 de febrero de 2024

JULIA /CAP.1©®




   

     



Julia, criada en una "buena" familia, fue una niña vivaracha, aunque muy dócil.
Vivía con sus abuelos; dos personas muy cultas que le inculcaron la costumbre de leer. 
Los cuentos de Andersen y los hermanos Grimm, ilustraron su niñez.
Con Mark Twain, Charles Dickens o Enid Blyton, con las "Aventuras de los cinco", fue entrando en la adolescencia.
Además de la lectura, con la que viajaba donde quería, el baile era su otra pasión.
Era el comienzo de las sesiones infantiles en discotecas.
Con algunas amigas, hicieron alguna escapada secreta; el volumen de la música que le gustaba, y los focos centelleantes le encantaban.
Su abuela tenía costumbres culturales férreas y procuraba que, Julia, no se lanzara a esa vida festiva.
Pero era inevitable cerrar esa puerta; consiguió retrasar su apertura, pero nada más.
Y llegó el día en que tuvo que permitir su primera salida nocturna, muy a su pesar.
El pacto había sido que, a las 11 de la noche, fuese el padre de Julia a recogerla.
A las once, el padre estaba como un clavo en la puerta de la discoteca.
Julia, pasándolo fenomenal, salió a pedirle un ratito más.
A las doce, Julia y su padre se van a casa. La imagen de sus abuelos y su madre, como sargentos, en el porche de casa, la tiene grabada.
La bronca a su padre fue para haberla grabado; pero no existían los móviles, motivo por el que su padre no avisó de la tardanza.
Estaban todos preocupados.
Julia habló con su abuela al día siguiente. Era una bobada que fuese su padre a recogerla. Hermanos de sus amigas y amigos iban a buscarlos. Vivían todos en la misma zona y podrían llevarla a ella también.
Aceptó a regañadientes.
A Julia, su abuela, le hacía una larga trenza cada mañana. Decía que el pelo rizado se debía de llevar recogido. Vestía, o la vestían, con faldas y vestidos. Medias de lana hasta la rodilla, en invierno, y zapatos castellanos... 
Era curiosa la imagen de ver a una chavala tan pija, bailando a ritmo de "Deep Purple" o "Led Zeppelin".
 A Julia le gustaba el heavy y todas sus variantes. El pop de aquella época no le gustaba, hasta que explotó Michael Jackson.
Poco a poco pudo ir variando su vestimenta. Jerséis flojos o camisetas, vaqueros Levi's y botines blancos John Smith; los Converse vendrían años después.
Lo del cambiar de peinado le costó más conseguirlo. Afortunadamente, una fiesta de carnaval en el instituto, fue el determinante.
La clase de Julia iba disfrazada de bruja y le soltaron el pelo.
Llegó a casa con aquel matojo de rizos que tenían vida propia, después de tantos años sujetos.
Para mantenerlo bonito, con sus rizos bien formados y libres, se lo lavaba cada día. No existían mascarillas ni espumas todavía, pero se las ingeniaba para tenerlos perfectos.
Ya convertida en una hippie con estilo y aseada, empezaba su trayectoria personal.
Durante la semana, vestida con el uniforme escolar, esperaba el autobús, acompañada por un grupo de amigas.
Al otro lado del andén, un grupo de chicos, estudiantes también, esperaban otro bus.
Julia empezó a echarle el ojo a uno de ellos; era guapísimo.
Él también la miraba; día tras día cruzaban sus miradas y empezaron a sonreírse tímidamente.
En otra salida de Julia a la discoteca lo vio. 
Fue ella la que se acercó y se presentó. Él, colorado como un tomate, le siguió el rollo y quedaron para verse el siguiente sábado.
Irían al cine, todo un planazo. La película la elegirían en la taquilla.
¿Importaba la película?
Julia jamás había dado o recibido un beso. Una vez, en una caseta que tenía un amigo, le habían chupeteado una oreja y la sensación no había sido la mejor de su vida...
La pandilla se reunía en esa caseta, se  llamaba "Jamaica". Se encontraba en la finca de uno de la panda, Generoso, a quien llamábamos Noso.
Le encantaba Bob Marley, y le hizo un homenaje con el nombre de su garito. Noso era un pésimo estudiante, pero como manitas, era la hostia. Había dividido la caseta en dos estancias. En una instaló un equipo de música, era la cabina del DJ; en la otra parte, un sofá y cojines grandes sobre una alfombra. Todo muy estilo hippie.
Allí pasaban las tardes, salvo en verano que se iban a la playa.
Allí, también, casi todos experimentaron "cosas"... Julia, chupada de oreja y dos caladas a un porro que le dieron taquicardias y nunca más lo probó.
Con Jesús, así se llamaba el chico de la cita, quizá experimentase otras emociones con tacto, esas de las que tanto se hablaba por ahí...
¡Y llegó el sábado!
Julia se arregló toda emocionada; su abuela no se percató de nada. Para ella, era una tarde más, en la que su niña se iba con las amigas.
Julia llegó a la estación de autobuses y lo vio al instante.
Pantalón vaquero y camisa blanca...
Camisa blanca... Le chirrió un poco, además de lo repeinado que iba.
Jesús era guapísimo, tenía una sonrisa preciosa, pero...
Dejó que él eligiese la película; no recuerda cuál fue, aunque podría recordarla perfectamente.
Aquel chico permaneció con la cabeza y ojos fijos en la pantalla todo el rato.
Hubo un momento en el que Julia lo rozó con una mano en una suya; le correspondió, pero nada más.
Julia pensaba todo el rato en que lo que le habían contado sus amigos, de lo que sucedía en el cine, era mentira...
Hasta que se fijó en la gente que tenían alrededor, casi todos eran muy jóvenes y la mayoría estaban dándose besos.
Salieron del cine e iniciaron el camino de regreso a la estación.
Él iba en silencio y Julia lo miraba de reojo.
Aquel tío guapísimo le había bajado todas sus expectativas y no sabía el porqué. En un impulso, Julia, le preguntó si le gustaba.
Jesús se quedó pálido en segundos; tartamudeando, le respondió que sí, le gustaba mucho.
¿Y por qué no la había besado?  ¿Por qué no la cogía de la mano?
—Me da vergüenza —dijo Jesús.
Fue la "muerte" de Jesús, temprana y sin otra oportunidad.
¡Next...!







miércoles, 21 de febrero de 2024

YOLANDA Y ROSA/CAP.7©®



     




Van pasando los meses; Yolanda continúa sin tener tiempo para conocer el piso de Rosa y probar un café hecho en la cafetera que le había regalado.
Rosa volvió a trabajar, pero su hija ya no estudiaba en la ciudad, por lo que, Rosa, cuando salía de su trabajo, se iba para casa.
Alguna tarde suelta iba al quiosco; generalmente, coincidía cuando tenía que desplazarse por otro motivo y aprovechaba para visitar a Yolanda.
¡Y llegó Semana Santa!
Una ahijada de Rosa había tenido un bebé el día anterior. El sábado por la mañana, Rosa y su marido, irían al hipermercado donde hacían la compra semanal, y se acercarían al hospital.
Eran las diez de la mañana cuando dejan el coche en el parking superior del centro comercial, y se dirigen a la rampa eléctrica que los lleva a la planta baja.
Ni bien, Rosa, pone un pie en la rampa, no sabe cómo ni por qué, se cae de culo.
Su marido iba delante y se giró al escuchar un leve «¡ay!».
Rosa quiso levantarse, pero vio y notó cómo su pierna derecha, de la mitad de la pantorrilla, hacia abajo, parecía de trapo y no la sostuvo para permanecer de pie.
Volvió a sentarse y que la rampa la llevase hasta abajo del todo.
Allí, si marido intentó ayudarla para que se incorporase, era imposible.
Quedó sentada, arrimada a una de las jardineras. Llegó el guardia de seguridad del centro, quien llamó a una ambulancia.
Rotura de tibia, peroné y maléolo externo del tobillo, fue el diagnóstico.
Cuando la llevaron a planta, ya enyesada, desde el pie hasta la ingle, llamó a quien consideró. Alguna familia, amigos, a la recién parida que iba a visitar esa mañana, y Yolanda.
La reciente mamá estaba preocupada de lo suyo, aunque el parto había salido bien, el accidente de Rosa, lo recogió igual que si le dijera que estaba haciéndose las uñas de los pies.
Yolanda, muy preocupada, le dijo que, ni bien pudiera, se pasaría por el hospital.
Rosa estaba bien, jodida y media inmóvil, pero no tenía dolor. Los dedos del pie, lo único que se le veía, estaban normales, lo cual significaba que no tenía inflamación, no tendrían que tocar el yeso y, menos aún, pasar por quirófano. La rotura había sido limpia.
Rosa estuvo tres días completos ingresada. Yolanda llamaba cada día, pero no tenía tiempo...
Le dan el alta un miércoles por la mañana. Se va a su casa con una pierna tiesa, que no podrá apoyar en meses, y dos muletas.
Yolanda quedó en ir el sábado por casa de Rosa. Le preguntó si tenía algún problema en que la acompañase el profesor. Rosa le respondió que ninguno, así, también lo conocería.
No, tampoco fue el sábado, no fue el domingo de ese fin de semana, ni los siguientes.
Teniendo en cuenta que, para ir al pueblo del profesor, tenían que pasar por el pueblo y por delante de la casa de Rosa, esta estaba ligeramente cabreada.
No era lo que más le preocupaba, pues la hubiera mandado a la mierda en esos días.
Rosa estaba pasando un duro proceso de adaptación. No solo físicamente encontraba barreras, emocionalmente le afectaba.
Rosa fue siempre una persona muy dinámica; manejaba todo lo relacionado con su casa, su hija adolescente. Trabajaba y aguantaba también de su marido; hombre bueno y trabajador, pero que nada resolutivo.
Se veía imposibilitada, con una niña que no sabía freír un huevo; su padre no sabía ni cogerlo del frigorífico...
Rosa, al día siguiente de llegar del hospital, mandó retirar todas las alfombras, cambiar mesas o plantas de lugar y todo lo que le estorbaba o fuera un peligro potencial en su situación.
A la semana ya dominaba las muletas para desplazarse, pero tenía que planificar incluso cuando ir a orinar; necesitaba un tiempo para todo.
Antes de los quince días, Rosa cocinaba, limpiaba como podía, ponía lavadoras, tendía ropa, hacía su cama y se aseaba sola.
Varias vecinas se habían ofrecido a hacerle lo que necesitase; Rosa, aceptó lo justo. Una de sus vecinas le llevaba diariamente el pan, y todas, la solían acompañar en esas tardes de primavera, encerrada en casa.
Una de ellas le dijo que podía solicitar una silla de ruedas; tendría que hacerlo en la Inspección Médica, bastaba un informe de lo que tenía para la solicitud.
Actualmente, existen mil sitios donde se pueden alquilar, incluso puedes comprarla barata por «Wallapop».
Este suceso ocurrió 20 años atrás, y todo era diferente.
El organismo de Inspección estaba muy cerca del quiosco de Yolanda, por lo que Rosa pensó en pedirle ese favor.
Cuando Yolanda llamó, Rosa le hizo el encargo.
¡NO TENÍA TIEMPO!
O sea, a Rosa, que conoce todos sus hábitos, le dice que no tiene tiempo...
Yolanda cerraba el quiosco sobre las diez y media de la mañana, cada día, para ir a desayunar a una cafetería de la esquina. Rosa fue alguna vez con ella. ¡Se tiraba una hora de desayuno!
¿¿No tenía tiempo??
No lo tuvo para ver su piso, tampoco para ir al hospital; no sacó ni quince minutos para visitarla en casa, aun pasando por delante para irse a un pueblo a follar con un tío, no a su regreso, que volvía a pasar por delante de casa de Rosa.
Le pide un papeleo insignificante, al lado de su curro, por un asunto médico, y... ¿No puedes?
Yolanda, reina, hasta aquí y hasta «nunqui».
—¡Vete a tomar por culo!—
No volvió a ver a Yolanda.
Hace un año, Silvia, la hija de Rosa, coincide con la que había sido su amiga, la hija pequeña de Yolanda.
Se ven en un cumpleaños infantil, una amiguita de sus niñas.
No tiene relación con su madre, le contó que anda de fiesta en fiesta y como pollo sin cabeza...
Moraleja:
La primera vez que consideréis que alguien os falla, no deis segundas oportunidades.
                          Fin.


YOLANDA Y ROSA/CAP.6©®




    



Yolanda ya se había mudado a su nuevo piso.
Había resurgido del hastío con el que Rosa la conoció.
Manejaba su vida sin rendir cuentas a nadie; sus dos hijos mayores le daban esa libertad de ir y venir sin horarios; además de los fines de semana y vacaciones que pasaban con su padre. 
Comenta, que conoció a un profesor de 56 años.
El hombre daba clase en un colegio de primaria a 70 km de la ciudad.
Lo conoció en una de esas discotecas para «mayores»...
Realmente no son creadas para una franja determinada de edad, pero la afluencia de clientes maduros, obligaba a que se escuchara un tipo de música concreta que los jóvenes rehuían.
Pasodobles y «pachanga» eran el repertorio que reunía a ciertos perfiles de mediana edad; solteros entrados en años, separados, viudos y casados, con ganas de hincar el diente, se mezclaban con separadas, viudas, separadas y casadas con las mismas ganas.
Por lo que Yolanda contaba a Rosa, parecía un tipo normal.
Serio, así le gustaban, bien vestido, más bien clásico y formal, decía ella.
Tenía hijos más mayores que los de Yolanda; ya eran independientes, él vivía solo en el pueblo donde estaba el colegio; un pequeño pueblo de costa.
Un día la invita a pasar el fin de semana, pero, para ese primer contacto, con tacto, quedan en un hotel.
Era viernes, y Yolanda ya estaba nerviosa. 
No se sabe el tiempo que hacía en que Yolanda no había tenido sexo; fuera mucho, o poco, Rosa, percibió que no había sido satisfactorio durante mucho tiempo.
Es cierto que, la mujer, cuando pasa de los 40, tiene miedo o vergüenza a desnudarse delante de un tío. Nunca se sopesa que ellos tampoco están en su mejor momento, pero ocurre.
En Yolanda era más que eso.
Rosa, evidentemente, no preguntó, pero le dio el pálpito de que no había tenido un orgasmo en su vida, ¡ni consigo misma!
Y aquella mujer debía ser una olla a presión; por primera vez, elegía a su antojo con quien iba a mantener sexo.
Rosa no era cotilla, pero tenía curiosidad por saber cómo había transcurrido aquella cita.
¡El lunes, estaba en el quiosco de Rosa como un clavo!
La parejita fue a cenar primero... No sé si es la mejor idea, salvo que dejes pasar un tiempo para digerir.
Ya en el hotel, sin haberse tocado ni un pelo antes, entran en la habitación.
Él había reservado habitación en un hotel de un pueblo cercano a donde vivía.
Supongo que era un sitio agradable, aunque también pudiera ser un hotel dedicado a esas faenas tan explícitas.
Tenía un sofá de dos plazas, en cuero, imitación supongo, de color negro.
No hablan apenas al entrar, se van desnudando sin decir nada.
Ella termina de desvestirse antes que él y se sienta en el sofá...
Rosa se va imaginando la escena... Ni un abrazo, ni un beso, ni una caricia.
¡Te quedas en pelotas, sentada encima de un plástico frío!
—¿Así te quedaste, esperando? —pregunta Rosa.
—Sí, con los brazos cruzados—.
¡Hostias! La imagen era entre surrealista, patética, rara...
Sentada, en pelotas y de brazos cruzados...
—¿Mirándolo a él? —dice Rosa.
—Sí, de reojo—.
¡Madre mía! ¡En la narración y el panorama, había tanta pasión cómo  entre «Pedro» y «Heidi»!
Cuando el tío terminó de despelotarse, se sentó a su lado y empezó a tocarla...
En qué momento se besaron, si se besaron, o se acostaron, ni se sabe.
Ni en las peores relaciones sexuales de Rosa, alguna hubo, no ocurrió nada parecido...
Le debió de gustar porque repitió al fin de semana siguiente y al otro, otro...
Hacía la maleta los viernes y se iba; ya se quedaba en casa del tío.
Una casita con encanto, que alquilaba en el pueblo.
Ella estaba encantada, no la conocía nadie, algo que la hacía sentir más libertad.
Se presentaron a los hijos; los de él, muy amables, los de Yolanda, más reticentes.
Vivía en una nube, no le importaba que alguno de sus hijos no estuviesen cómodos. 
Rosa no la culpaba por ello; los hijos suelen comportarse de manera bastante egoísta, más con las madres que con los padres.
Pero, era cierto, que lo priorizaba a él. Sola con los chicos, estaba solo por la semana, y a la hora de cenar.
El hijo ya trabajaba y empezó a tener problemas de comportamiento y de amistades.
Se metía en bastantes líos y a Yolanda le preocupaba. Poco podía hacer, tenía veinte y tantos años y, salvo darle consejos, o echarlo de casa, no encontraba más posibilidades.
La chica se echó novio y empezó a llevarlo a casa cada fin de semana.
La pequeña, de la edad de la hija de Rosa, empezaba a salir. Apenas mantenían contacto las dos amigas.
Rosa, años antes, cambió a su hija de colegio. Empezaba la ESO, ya podía quedarse sola en casa, cuando Rosa trabajaba, y perdieron poco a poco la amistad.
Rosa, con la excedencia, ya no iba diariamente por el quiosco, hablaban más por teléfono.
Yolanda había encauzado su vida, algo de lo que Rosa se alegraba.
Yolanda le contaba sus andanzas con el maestro. Empezó a preocuparle el futuro inmediato con él.
Ella no se iría nunca a vivir al pueblo, y él, allí, tenía su trabajo.
Sus quedadas eran como las de una pareja sosa que lleva treinta años juntos. Definitivamente, no estaba enamorada. Tenía muy claro que no se iba a trasladar, tampoco lo hablaron en ningún momento, pero ella no estaba apenada por eso.
Empezó a salir entresemana, por la noche, con sus compañeros.
Daba la sensación de que mantenía la relación para satisfacer su necesidad sin complicaciones de conocer a otras personas para y por lo mismo.
Rosa le dijo en una ocasión que debía pensar lo que realmente quería y decidir. Estaba acomodada, nada más. 
Le reconoció que sí, que tenía cierto miedo a volver a empezar con otro.
¡Joder! Rosa se cabreaba, le estaba dando a entender que para tener relaciones sexuales, o pasarlo bien, había que atarse a alguien.
Y no, no era así. 
Yolanda había sido libre cuando se divorció; disfrutó de esa libertad los primeros meses con el maestro, pero volvió a lo mismo.
A la rutina, no sabía hacerlo de otra manera.
Rosa la hacía pensar, pero no sabía cómo salir de esa rueda. La cultura en la que fue educada y sus circunstancias, la habían lastrado.
Acompañó a Rosa a comprar alguna cosa para el piso nuevo de Rosa.
Casi todos los lunes y los viernes, Rosa se iba a la ciudad; desayunaban juntas y se echaban unas risas.
Entre ellas todo iba bien, hasta una Semana Santa...



lunes, 19 de febrero de 2024

YOLANDA Y ROSA/CAP.5©®



  



Con el marido fuera del piso, Yolanda empezó a saborear no solo la libertad, sino también descubrir la vida en algún sentido.
Rosa, en ese proceso, empezó a darse cuenta de que, Yolanda, jamás había tenido amigas.
Se movió únicamente entre sus hermanas y hermanos, y las fiestas o celebraciones que hacían.
Eso la hizo pensar que, en lo ocurrido con su marido, desconociendo lo que es la amistad, no supiera reaccionar correctamente. No era algo que la dejase tranquila, pero, Rosa, entendió muchas cosas, a pesar de que Yolanda era unos quince años mayor que ella y el sentido común, debiera haber tenido acto de presencia.
Yolanda empezó a quedar con compañeros de trabajo; a frecuentar los sitios a donde iban y que ella desconocía por completo.
Comenzó a ir a bailar, a ronear con quien le apetecía y también a hacerse sus películas sobre este o aquel que estaban tras ella.
Los lunes eran, "lunes de contar". Contaba sus andanzas y las de una compañera en especial. Una chica ciega y diabética. Sí, era lo habitual; sus compañeros de trabajo, tenían discapacidades diversas. Ella era una privilegiada entre la mayoría.
Esta chica se cogía unas borracheras cojonudas. Con diabetes era normal terminar la noche en urgencias...
La mujer era soltera, vivía sola, tenía pasta y se corría unas juergas tipo Paquirrín... Era raro que no perdiese nada cada fin de semana: el bolso, la cartera, el móvil o el bastón.
A Yolanda le había gracia, estaba en su primera juventud y cualquiera se lo decía, había que dejarla fluir y fluía.
Era una tía de cuarenta y pico años, en una mente adolescente...
Pero tenía un plazo para irse del piso, tendría que ponerse en venta.
Su marido pagaría las pensiones alimenticias correspondientes, los gastos extras, a medias.
La pensión era una pasta, eran tres hijos, ya que al que tenía Yolanda de otro hombre, lo había adoptado.
Todos estudiaban y los tres en el mismo colegio privado.
La hija de en medio y el chico, estaban cursando bachillerato; el colegio solo era concertado para la enseñanza obligatoria.
 Un día le dice a Rosa que vaya a su casa para ayudarla a embalar cosas.
Era media vida de casada y demasiadas cosas acumuladas...
¡Aquella casa era un bazar!
Pero, Rosa, flipó más cuando fueron al trastero. Una gran cámara frigorífica, un congelador vertical inmenso y otra cámara para vinos, todo en acero inoxidable.
Solían comprar la carne, ternero y cerdo, en una finca ganadera.
Le llevaban a casa las piezas limpias y pagaban a un carnicero para la repartición meticulosa de cada parte del animal, para su posterior congelación o maduración en cámara.
Hizo elegir a Rosa algunas de aquellas bolsas, las apartó para que se las llevase otro día.
Mantas de todo tipo y tamaño, edredones, sábanas, toallas y mantelerías, que había dejado de usar, pero en perfecto estado, se acumulaban en dos grandes armarios hechos a medida.
No le daba pena dejar el piso, le daba rabia dejar su casa para irse a otra por la misma zona, pues pensaba alquilar muy cerca. Ya pensaría con calma cuando compraría otra.
Otro día quedamos para ver un piso en venta; no era su idea inicial, quería darse un tiempo, pero era una de esas gangas inmobiliarias que aparecen de vez en cuando.
Estaba situado en otra zona muy buena, no muy lejos de donde vivía.
Tenía unos acabados excelentes, era grande, como ella quería, pero solo el salón, de gran dimensión, daba al exterior, con un amplio ventanal que ocupaba toda la fachada del edificio.
Lo demás, tres dormitorios y cocina, tenían como vistas un patio rodeado de edificios y los dos baños eran interiores.
Acostumbrada a su casa, un piso totalmente exterior, con mucha luz, era complicado adaptarse y podría comprarse sin problema otro piso.
Rosa hacía muy poco que había vendido su casa familiar y se había comprado un piso, en el mismo pueblo donde vivía. Era un pueblo grande, cercano a la ciudad, con servicio de autobús cada veinte minutos y mucho más barato y tranquilo.
Pidió una excedencia, que aprovechó para tener tiempo de comprar el mobiliario que le gustaba y hacer pequeños arreglos. El piso era nuevo, pero los armarios empotrados estaban de obra por dentro; quería cerrar una pequeña terraza, pintar a su gusto, encargar cortinas, lámparas, etc.
Y quería calma y tiempo.
Yolanda le regaló una cafetera italiana; era el regalo de "voy a ver tu casa y llevo algo".
Nunca vino, nunca tuvo momento y me la dio en el quiosco.
Realmente estaba muy ocupada, sí...
Ocupada, emocionada, revolucionada y alterada.
No le salió acné porque las personas no somos como los almendros, que viene un febrero cálido y se les adelanta la flor... Ella tenía las hormonas más a flor de piel que nuestras hijas adolescentes.
Y de tanto roneo, tanto tanteo y tonteo, se quedó prendada de uno.
Era profesor...


domingo, 18 de febrero de 2024

YOLANDA Y ROSA/CAP.4©®



    



¡Rosa vendía cupones como churros! 
Creaba curiosidad, una chica con ojos enormes, ni gafas ni lentillas, ¡y con una visión impecable que saltaba a la vista¡ Risas...
Lo cierto es que tenía un don para tratar al cliente en cualquier ámbito. En la mercería donde trabajaba, muchos clientes esperaban a que ella las atendiera.
Yolanda quedó alucinada de lo que vendía en media hora; aunque también era verdad que, en esa pequeña franja horaria, se juntaba bastante gente que salía de trabajar de los organismos públicos que había en la zona.
La buena imagen de Rosa en la mercería, le permitió «exigir» que le diesen un horario mejor y más adaptado a sus nuevas necesidades.
Su madre empezó a padecer una enfermedad que necesitaba mucha atención. Su padre ya no podía hacerse cargo de llevar y traer a Silvia del colegio. Rosa, por las mañanas, se iba con su hija en autobús y volvían por la tarde juntas, cuando la niña salía del cole, sobre las siete de la tarde, debido a las actividades extraescolares.
Rosa entraba a las ocho y media de la mañana y salía a las dos y media; a esa hora se iba para el quiosco, hasta las seis de la tarde.
Pasaba mucho más tiempo con Yolanda; alguna vez se iba a comer a su casa, pero no le gustaba demasiado. El marido de Yolanda era muy amable, pero tenía algo que no le gustaba.
Así pasaban los días y los meses; los fines de semana, tanto Rosa como Yolanda, tenían planes familiares separados.
No compartían amigos en común, ni vida. Rosa y su familia salían con amigos y niños a diferentes eventos.
Yolanda, se limitaba a pasar los sábados en casa de su madre y poco más.
Silvia, la niña de Rosa, algunos días venía con el padre de un compañero del cole. Un chico muy majo que había entrado ese año.
Rosa, entonces, algunos días, ya no se iba al quiosco cuando salía de su trabajo; se marchaba a casa.
Uno de estos días, sobre las cuatro de la tarde, recibe una llamada.
Rosa, como la mayoría, solo tenía teléfono fijo; empezaban a salir los «Nokia» que eran como «Walkie Talkies» enormes, y no los tenía casi nadie.
Nadie respondía al saludo de Rosa, se escuchaba respirar y, a los pocos segundos, cuelgan.
A partir de ese día, esas llamadas se hicieron usuales; ya no colgaban del otro lado. Un día estuvo más de diez minutos hasta que Rosa colgó.
Otro día, Silvia, que ya tenía 13 años, estaba de vacaciones y se quedaba sola en casa.
Cuando Rosa llegó de trabajar, la niña le dijo que había recibido una llamada muy rara. 
Le pareció un hombre, que sí le habló, para decirle una asquerosidad. 
Esas llamadas se convirtieron en costumbre diaria.
Algunas, solo se escuchaba respirar, en otras, ya empezaron con jadeos y palabras obscenas.
Se empezó a preocupar; lo que le había contado su hija no era casualidad y le perturbaba que su hija volviese a escuchar a aquel cerdo.
Aquello no paraba...
Yolanda me decía que no hiciera caso, había mucho tarado suelto; a ella le había pasado alguna vez.
Rosa no estaba tranquila y se le ocurrió algo...
Yolanda acababa de comprarse un móvil; un pedazo de ladrillo que le sería útil para su trabajo, pues también tenía encargos de cupones.
¡Los móviles indicaban qué número había hecho la llamada! Todo un descubrimiento que, actualmente, parece una coña. Los que tengáis una edad, sabéis de lo que hablo.
Cómo tenía que tener el teléfono por la semana, Yolanda se lo deja todo el fin de semana.
Rosa, ni bien llega a casa el viernes de tarde, desvía las llamadas del teléfono fijo al móvil.
Sobre las nueve de la noche recibe la primera llamada: obscenidades y risa de baboso.
Después de las doce, otra llamada, más baboso, e intuyó Rosa, borracho.
El sábado de noche, más llamadas.
Y el domingo, a las tres de la tarde, la llamada más desconcertante...
No dijo nada al otro lado del teléfono, se escuchaba respirar; Rosa lo tuvo, sin colgarle, cinco minutos.
Lo desconcertante era el número que marcaba el identificador de llamada...
¡El fijo de la casa de Yolanda!
Rosa, ni bien cortó la llamada, marcó el número; unos segundos de tono y contestó Yolanda.
Rosa le dijo que la había llamado hacía cinco minutos, a lo que Yolanda respondió que no.
Rosa insistió, Yolanda se reafirmó...
El domingo por la tarde, suena el móvil. No era el número de Yolanda, era otro número fijo, el mismo desde donde decían cosas obscenas.
Cogió, esta vez, solo eran risas y un «guapa» al final.
Al finalizar la llamada, Rosa marcó ese número, no entendió lo que le dijeron al responder. Era una mujer, a la que Rosa preguntó quién era.
Le respondió que quién era ella; Rosa le dijo que la habían llamado desde ese número. La mujer le dice que no sabe, es una cafetería, el teléfono es de monedas y llama cualquiera.
Entonces Rosa preguntó cuál era el nombre del bar, se lo dijo. También preguntó dónde estaba situado, le dio la dirección.
Mirando, después de la conversación, la guía telefónica, el bar estaba al lado de un bingo. 
Pero no de un bingo cualquiera, sino en donde el marido de Yolanda se apostaba a vender cupones.
Él no tenía quiosco, estaba siempre a la puerta del bingo; también dentro, para descansar y vender a los clientes.
Rosa se quedó estupefacta.
El lunes llevó el teléfono a Yolanda. No recuerda si se podía mirar el registro de llamadas, lo cierto es que Yolanda no la creyó.
Eso también alucinó a Rosa... Cambió la  perspectiva que tenía de su nueva amiga.
¿Qué razón tendría Yolanda para no creerla?
Intentaba buscarle una explicación. Era lógico que quedase impactada. Una amiga le estaba diciendo que su marido no paraba de hacerle llamadas. Hasta ahí, entendible, pero... ¿Nada más?
Rosa tardó dos semanas en volver por el quiosco. Estaba intentando calmarse y solucionar el tema, pero no lo iba a dejar pendiente. Yolanda no daba señales de vida; el cerdo del marido tampoco.
A las dos semanas, Rosa va al quiosco. Un día antes, la llama Yolanda, si puede pasarse por allí.
A Yolanda le había llegado la factura del teléfono móvil y se la da a Rosa para que la mire.
Efectivamente, como no podía ser de otra manera, allí estaban reflejadas las llamadas de este señor a mi casa.
Desde casa de Yolanda y del bar donde él paraba cada día a diferentes horas. Venían señaladas perfectamente con el desvío desde mi teléfono al móvil.
Rosa la mira y le dijo que no le había mentido; ahí estaba la prueba.
Con dos cojones, dos ovarios y ninguna vergüenza, Yolanda le dice si ve el coste de cada llamada.
Al principio de los tiempos, no existían las tarifas planas; las llamadas eran caras y por minutos.
De fijo a móvil, todavía más, y el que llamaba pagaba el desvío de fijo a móvil.
¡La tía, le pide a Rosa el dinero de esas llamadas!
Si el tema no fuese por algo serio, era para descojonarse por lo surrealista.
Yolanda no era responsable de lo que hacía un tarado, pero, ¡era su tarado!
La mandó a la mierda, le dijo que ya tendría noticias y Rosa se fue.
No sabe cómo pudo llegar a la estación de autobuses, le temblaba todo el cuerpo de los nervios y la rabia.
Aquella noche, Yolanda la llamó. 
Le pidió perdón y quería decírselo en persona.
Al día siguiente, Rosa vuelve al quiosco. La nerviosa era Yolanda que, llorando, le dice que lo siente. Había sido muy duro enterarse de lo que hacía su marido y no supo reaccionar de otro modo.
Rosa, en segundos, no entiende la reacción de negar lo evidente, pero sabe que Yolanda es bastante ignorante y, sí, el asunto había sido fuerte.
Rosa le dijo que advirtiese al marido, no iba a hacer nada esta vez; si continuaba, lo denunciaría.
No volvió a recibir más llamadas del tipejo asqueroso.
Yolanda, después de ese día, se mantuvo avergonzada; no se volvió a tocar el tema, pero Rosa la notaba vergonzosa...
Poco después, como dos meses, Yolanda le da la noticia de que va a divorciarse...
Ya se lo había dicho al tipo y tenía una abogada.
Él se había ido de casa, también tenía abogado y no iba a dejarle el piso con los hijos, se tenía que vender...
Yolanda empieza la etapa «Guerra de los Rose».







jueves, 15 de febrero de 2024

YOLANDA Y ROSA/CAP.3©®




     


Rosa, hacía mil años que no veía a Pachi.
Se dieron dos besos, él también quedó sorprendido y Yolanda más, que hizo un interrogatorio del tipo Gestapo cuando se quedaron solas.
A Rosa no le importó; amores de juventud; ligeros, divertidos y que no dejan trauma cuando terminan.
Pachi era un chico espabilado que vivía en el pueblo donde se reunía la pandilla.
Quince o dieciséis añitos tenía Rosa, él un poco mayor.
Rosa había dejado el Bachillerato, en segundo, para estudiar inglés en la Escuela de Idiomas. Pachi, había terminado el COU y la selectividad. Se iría a estudiar Económicas en otoño.
Era el hijo único de los dueños de la cafetería más popular del pueblo.
Su padre también era taxista, aparte de degenerado; le tiraba la caña a todas las que subían al taxi. 
Pero Pachi era estupendo. Se había buscado un trabajo de verano en una cafetería de la ciudad, enfrente del puerto deportivo, en pleno centro.
Un día, a lo bobo, quedaron para salir. Rosa, de vacaciones, quedó en ir a buscarlo a la hora del cierre, alrededor de las 12 de la noche.
Se recorrían todos los pubs de la Ciudad Vieja, donde había mucho ambiente todos los días.
Picoteaban por los bodegones entre cerveza y cerveza.
A veces terminaban la fiesta pronto, otras veces, terminaban la noche en alguna de las discotecas de moda.
Cuando eso ocurría, se iban a dormir juntos a la casa de un amigo suyo; otro chico del pueblo que había terminado Derecho y vivía en el piso donde tenía su despacho.
A los dos les gustaba la buena música, aunque terminaban bailando cualquier canción de actualidad y entre roce y risa, pues allá que se iban al piso del abogado, que parecía un cura.
Yolanda se quedaba con la boca abierta; la pobre, había tenido poca vidilla, más bien de monja.
Tenía una educación muy rancia y ninguna experiencia en nada, creo que envidió a Rosa en ese momento...
Rosa no recordaba el porqué, ella y Pachi, lo habían dejado.
La verdad es que no fue una relación con ataduras o pactos previos.
Se debió de terminar del mismo modo que empezó.
Rosa cambió de aires y pandilla, él se fue a la universidad y, fin, no volvieron a verse.
Se había casado y tenía una niña; estaba más guapo todavía, como más «hecho».
Rosa estaba casada y, aunque ya empezaba a cansarse de su pareja, ni se planteaba liarse con nadie.
Pachi hablaba con admiración de su mujer e hija, y, salvo una leve caricia en la zona lumbar al despedirse, no notó ninguna señal de rescoldo de antaño.
Se despiden del «inspector»... Chocaba un poco verlo con su cartera, colgada de bandolera, y su traje, cuando Rosa se acordaba de «otras» cosas menos serias...
Yolanda, después de saber la historia, preguntó más sobre la vida de Rosa; su familia, donde había estudiado, cuando se había casado...
Llegaron a la parte familiar y ahí se percató de que estaban emparentadas.
Y le contó a Rosa muchas cosas de su cuñada; asuntos íntimos que, Rosa y su familia sabían, como que la cuñada, prima de Yolanda, trabajó muchos años en la lonja del puerto y nunca olía a pescado cuando salía...
Sí, Rosa, tenía una sobrina que era pelirroja y muy miope. Idéntica al jefe de su cuñada...
Rosa también preguntó a Yolanda por la suya. Una hermana y su marido tenían una carbonería. El cuñado venía a veces por el quiosco; tenía una parrillada por esa calle como cliente.
Pues esa hermana, decía que era muy fogosa. Todos los hermanos se juntaban los sábados a comer en casa de la madre, allá en la aldea donde Cristo no puso pie. Yolanda los había pillado varias veces follando en cualquier lado. Incluso, paraban la furgoneta durante el trayecto de ida o vuelta para lo mismo. 
A partir de esa confesión, a Rosa, le entraba la risa cada vez que veía al carbonero. Se imaginaba a aquel tío, que era como un armario de tres cuerpos, sudoroso casi siempre y las uñas negras como un tizón, ¡dándolo todo!
Yolanda se había casado para salir de su casa. Soltera, con un hijo, en aquella aldea... Su padre no la dejaba salir a ningún lado. Al que es su marido, lo conoció yendo con su padre a otro pueblo. El tío mostró interés y ella predisposición y vio una oportunidad para dejar atrás la casa de sus padres, parecida a la de Bernarda Alba.
No estaba enamorada y, al empezar a trabajar y a  ganar bastante dinero, empezó a arreglarse. Su trabajo también le daba la oportunidad de conocer mucha gente y a hacerse demasiadas ilusiones con muchos de sus clientes masculinos.
A Rosa le daba la impresión de que no se atrevía a separarse, pero que tenía deseos que quizá nunca había experimentado, e imaginando, se ponía cachonda con muchos de los que por su trabajo pasaban...
Había uno, en especial, también de la empresa. No sé exactamente qué puesto tenía, algo parecido a un  supervisor; venía todas las semanas.
Un tío joven, bajito, no muy agraciado. Se intercambiaban bromas de quinceañeros, pero el tío no hacía más que arrimarse a Rosa desde el primer día, algo que la incomodaba y  le paró los pies.
Yolanda cogió muchísima confianza con Rosa; su hija pasaba algún finde  en su casa y ella le iba contando lo harta que estaba de su marido.
Bebía mucho, gritaba demasiado y le daba alguna hostia.
No sé cómo, el tío no veía nada... Ella se debía quedar estática, porque no lo entendía.
Rosa le decía que lo dejara cuánto antes.
Un día le dijo a Rosa si quería quedarse en el quiosco cuando ella se marchaba; era media hora solo, hasta que Rosa tenía que volver a la mercería, pero estaba bien, no le apetecía hacer tiempo por ahí o tomarse algo por tomar cada día. Aceptó la proposición.
Así quedó Rosa, ¡de vendedora de cupones sustituta!

YOLANDA Y ROSA/CAP.2©®


   




Aquella noche de presentaciones dejó a Rosa un poco tensa.
Nada, o todo, era raro; la línea de distancia que Yolanda transmitía, directamente proporcional a la excesiva familiaridad de su marido, era desconcertante.
La decoración de la casa la dejó un poco en shock. Le hizo recordar otro momento "ahogo" interiorista que había sufrido hacía unos dos años.
Había fallecido el padre de un familiar de una prima política. Esta, le dijo a Rosa que, por favor, la acompañase.
Rosa fue a regañadientes; su primo, un tío guapísimo, se casó con una chica que provenía de un barrio conflictivo... Convencieron a otra amiga para que las acompañase, María. 
María tenía carné de conducir y coche. No recuerdo la marca, pero era un modelo de alta gama. Su marido, era técnico de Repsol y cobraba una pasta, además de ser de familia de posibles.
El barrio discurría entre callejuelas con casas modestas y chalets alucinantes, aunque quienes los habitaban tenían el mismo perfil...
El coche de María no desentonaba; en cada puerta, por muy humilde que fuera, parecía que la BMW y la Mercedes habían hecho pleno con aquella gente.
La prima de la prima de Rosa vivía en un chalet impresionante.
¡La prima no podía ser más bruta! 
Nos mete en la cocina...
Im-pre-sio-nan-te... ¡Pero para no olvidarte en la puta vida!
Tenía adornos, miraras a dónde miraras. Encima de la vitrocerámica, por supuesto, sobre tapetes de ganchillo de colores diversos.
Cortinas con puntillas y volantes de raso. Azucareros, salero y tazas de café, todos labrados y pintados con dorados y plateados.
El techo era de escayola formando dibujos 3D de flores.
Antes de irnos, se empeñó  en enseñar la casa entera; María y yo nos salimos con una excusa a la calle, después de ver la primera habitación.
De los nervios y el agobio, nos entró un ataque de risa y no era plan.
Rosa, al salir de casa de Yolanda, tuvo una sensación parecida. El perro de cerámica en la chimenea, lo tiene grabado a fuego.
No volvieron a tener contacto hasta pasados unos meses.
Había una excursión de fin de curso a Tarragona; Port Aventura acababa de inaugurarse y era una de las visitas.
Se iban 15 días y era bastante caro.
Silvia, la hija de Rosa, dio la vara días y días; iban todas sus amigas... Lo típico.
Rosa llamó a Yolanda para hablar del tema. Tenía los dos hijos mayores y ya habían ido con el colegio en varias ocasiones. Yolanda tranquilizó a Rosa, los niños estarían seguros.
Rosa preparó una maleta como para que Silvia sobreviviera tres años en cualquier lugar. Eran 15 días, se iban a un campamento de bungalows; tendrían que lavarse su ropa... Silvia tenía 9 años todavía, le metió 20 camisetas, 20 pantalones cortos, 20 mallas largas, varios pares de playeras, de chanclas, calcetines y bragas para poner un puesto en un mercadillo y unos cuantos bañadores. Toallas de playa, gorros, viseras... ¡Un maletón!
Y llegó el día. Salían del colegio en cuatro autobuses. Estábamos todas en grupos, según afinidad, y anuncian que formen fila para ir subiendo.
Lucía, la hija de Yolanda, también llevaba una maleta enorme y se pone en marcha con Yolanda.
La hija de Rosa hace una seña a su madre para que se agache, y le dice al oído que no quiere ir...
¡La madre que la parió, con lo que había dado por culo y el viaje pagado!
Rosa le da dos besos muy tiernos y le dice: —¡coge la maleta y arrea!
Cuando subió la niña, Rosa fue a hablar con su profesora y le comentó.
La profesora le dijo que no se preocupara, se le pasaría y que la iría informando.
Así lo hizo, en la primera parada que hizo el autobús, la informó que la cría estaba perfectamente, fue cantando todo el trayecto.
Así fueron todos los días; los dos primeros hablaba con la profesora y después, lo hizo cada día con Silvia, que estaba encantada.
Yolanda también le preguntaba a su hija y ambas se lo estaban pasando genial.
A la vuelta, aunque todo estaba pagado dentro del paquete del viaje, se les dio un dinero para caprichos.
Lucía trajo la mitad de lo que había llevado. Silvia, ni una peseta, todavía existían las pesetas.
Compró a su padre un par de calcetines de deporte y a Rosa, un pin de un jugador del Real Madrid que le gustaba, un tal Redondo, argentino muy mono.
Silvia siempre fue especial...
Uno de esos días, en los que Rosa habló con Yolanda, le dijo en qué calle vendía cupones de la ONCE; muy cerca de donde ella trabajaba.
Al tener jornada partida, la mercería abría pronto por la tarde, a las cuatro, y no le compensaba cogerse un autobús para solo ir a comer y tener que regresar rápido.
Cuando salía a las dos y pico, se iba a picar algo a una cafetería y hacer tiempo. Tenía cerca un centro comercial y era perfecto.
Decidió ir un día por el quiosco de Yolanda a la hora del descanso y después también iba cuando salía de trabajar. Yolanda estaba hasta las tres y media y regresaba a las seis. 
Poco a poco iban estrechando lazos y contándose cosas.
El marido vendía cupones en la otra punta de la ciudad, a la puerta de un bingo.
Ganaban mucho dinero; la ONCE pagaba bien, además de un porcentaje por ventas, y ambos vendían mucho.
Les había tocado el cupón dos veces...
La primera vez, además de guardar pasta, se dieron el capricho de ir de viaje a México; a su marido le hacía ilusión.
Nunca entendió eso Rosa; Yolanda tenía muchas dioptrías, pero él era ciego de nacimiento. ¿México? No puede disfrutar de ver nada...
Ella tenía varios hermanos. La más joven, con algún grado de discapacidad intelectual, la tenía preocupada. Se enamoraba continuamente, pero su inocencia la hacía vulnerable.
El hijo de Yolanda lo tuvo de soltera y soltera se quedó con él; el padre del crío se piró cuando lo supo.
Eran de una aldea y a Yolanda se le notaba. Aunque siempre andaba de punta en blanco, era un poco bruta.
Se gastaba ingentes cantidades de dinero en ropa; vestía de señora mayor, pero con ropa cara y zapatos buenos. Todas las semanas iba a la peluquería.
Rosa, era de vaquero, camisetas y zapatillas, de marca, aunque sencilla; tenía el pelo rizado y muy bien cuidado, pero solo iba a la peluquería para cortar y teñir cuando era necesario.
Rosa aparentaba la edad que tenía, joven, Yolanda parecía su madre.
Tenía la cara marcada porque le había caído agua hirviendo.
Casualmente, meses después, Rosa, hablando con un familiar suyo, se entera de que Yolanda es prima de una cuñada. Rosa le comenta a esta cuñada, en una fiesta familiar en la que coincidieron.
La cuñada le cuenta muchas cosas, como que el padre había sido un salvaje. Pegaba a su mujer y el padre del niño de Yolanda, no se había ido, huyó porque, el viejo, quería matarlo.
También se rumoreaba, hacía años, que abusaba de la hija menor.
Rosa se quedó alucinada...
A los pocos días, Rosa coincide con la madre de Yolanda en el quiosco.
Evidentemente, nada le comentó de lo que le había dicho la cuñada.
La madre, era una señora muy de aldea, bastante ignorante y se le percibía una actitud miedosa.
Le dio mucha pena y, no sabe si influyó lo que sabía, pero le cuadraba la actitud de la mujer después de una vida con un maltratador.
Pasaron los meses y, la dueña de la mercería donde trabajaba Rosa,
le anunció que iba a jubilarse.
Le ofreció que se quedase con el negocio. Rosa era muy joven, el negocio mucho rollo y el traspaso muy caro.
Decidió buscar otro trabajo y lo encontró antes de que cerrara el anterior. Otra mercería en el centro comercial. Era más grande y trabajaban varias dependientas, con lo que los horarios eran muy diferentes.
Rosa también trabajaba a jornada partida, pero de tarde salía a las cuatro y media y tenía «libre» desde las doce y media hasta las dos y media.
Yolanda también cambió su jornada; en la empresa entró un inspector nuevo y la amonestó por no estar en el quiosco a las cinco. Por lo que se iba a las dos para casa.
Rosa tenía más tiempo para estar con ella, a las doce y media ya estaban de charla, y de las cinco en adelante, según las ganas que Rosa tuviese.
Una mañana, Yolanda dice de repente, «ahí viene el gilipollas del inspector».
El quiosco tenía los cristales gruesos y en cuadrícula, Yolanda, muchas dioptrías, pero lo enfiló rápido. Rosa, en ese momento, estaba sentada y se levantó para que se sentara ella. Rosa era la visita... Yolanda, la trabajadora poseedora de la silla.
Tocan a la puerta, siempre cerrada por seguridad, y allí estaba el inspector.
¡Pachi! Un rollito de verano de Rosa con el que se lo había pasado de puta madre...


miércoles, 14 de febrero de 2024

YOLANDA Y ROSA/CAP.1©®


    



Rosa era una mujer sencilla; casada, desde hacía 10 años, con una hija, Silvia, de 9 años.
Dejó sus estudios cuando se enamoró, y, durante los primeros tres años de matrimonio, no trabajó.
Vivía en un pueblo cercano a la ciudad. En esa ciudad había estudiado, había salido, se iba de compras. Su vida se había desarrollado desde siempre entre la ciudad y el pueblo.
Cuando Silvia cumplió tres años, decidió que fuera a una guardería.
El pueblo crecía a pasos agigantados; la guardería fue otro paso más en el avance de infraestructuras que se estaban produciendo.
En la zona donde Rosa vivía no había niños con los que pudiera relacionarse.
Casi todas las tardes, se iban a la ciudad, de visita a casa de su suegra.
Allí, siempre estaban las dos hijas de su cuñada. Las hermanas se llevaban poca diferencia de edad y eran 3 y 5 años mayores que Silvia.
Una de ellas era insoportable; la otra, la más pequeña, era una rolliza y tierna cría, que hacía mucha gracia a todos porque, lo que más le gustaba en su vida, era comer.
A Rosa no le hacía ninguna gracia, menos aún, las comparaciones que su propia familia hacían con su hermana. Su hermana era la más guapa, la más lista, la más todo...
Ni era la más guapa, tenía cara de pan de pueblo, aunque era muy delgada. Tampoco la más lista, sino la más repelente y consentida.
Se intuye que Rosa estaba un poco harta de las niñas, la suegra, la cuñada... ¡Empezó a estar harta del marido también! Pero tenía una niña que criar y eso la mantenía entretenida.
Empezó a ir menos a casa de su suegra y se quedaba con alguna vecina del pueblo.
Estas vecinas no tenían hijos de edad similar a la de Rosa, tampoco vivían al lado y Rosa quería que su niña sociabilizara, era sano e imprescindible.
Silvia era una despierta y muy lista. Desde que empezó a hablar, cantaba.
Tenía un oído musical excelente y nunca desafinaba.
A su abuela materna, que vivía al lado, le encantaba.
El primer día de guardería, Rosa pensó que era mejor ir a recogerla al mediodía... Se la llevó y fue llorando todo el camino a casa... ¡No se quería venir! Comió más rápido que de costumbre, se lavó los dientes y las manos y le llevó el peine a su madre para que la peinara.
Al segundo estaba sentada a la puerta esperando salir de nuevo para la guardería.
Definitivamente, Silvia, tenía una gran necesidad de estar con niños y Rosa quedó satisfecha con su decisión.
Al mes, tuvo que dejar a Silvia a comer en el «cole», nunca quería venirse al mediodía a casa.
Rosa tenía todo el día libre hasta las 7 de la tarde, cuando volvía Silvia, lo hacía en el transporte de la guardería.
La nómina de su marido era buena; no tenían alquiler ni hipoteca; la casa familiar era suya y un sueldo les daba para todo lo que les gustaba hacer.
Pero Rosa quería hacer algo en la vida, sentirse productiva.
Era muy joven, 22 años, y decidió buscar trabajo.
Pronto lo encontró, de dependienta, en una mercería de la ciudad y a media jornada.
Poco después, la necesitaban más horas y aceptó. Era jornada partida, pero como su hija la tenía controlada, no suponía ningún problema.
Su hija cumplía años en febrero; cuando cumplió los 5, empezó a buscar colegio.
El que le pertenecía por zona no disponía de servicio de comedor y buscó un colegio privado, no solo con comedor, sino también con transporte escolar que llegase a donde vivían.
Solo había dos que tenían ruta por su pueblo. Uno, era de alto nivel, el segundo, tenía muy buena fama y era concertado, fue el escogido.
El padre de Rosa, recientemente jubilado, se ofreció durante un tiempo a llevar y traer a la cría. Era pequeña para el autobús escolar, según el abuelo, y a él le serviría de distracción.
Así fueron pasando los años. Silvia era invitada a multitud de cumpleaños, algunos muy pijos, pero gente maja.
Con más o menos 9 años, fue invitada a uno en un domicilio particular. Nunca había pasado, todos celebrábamos los cumpleaños en algún bar, después en Mc Donal's cuando empezaron a abrirse.
Allá que nos fuimos con ella a la casa de su amiga Lucía.
Lucía vivía en la ciudad, tenía una hermana y un hermano mayor, todos estudiaban en el mismo colegio.
No la conocíamos.
El edificio estaba en una calle «bien», era nuevo.
Les abre la puerta una mujer vestida con un mandilón de cuadros estilo abuela.
Tenía la cara marcada de cicatrices, peinada de peluquería y unas gafas de cristales gruesos. Rosa creyó que era una empleada doméstica...
Era la mamá de Lucía, Yolanda.
Silvia se fue con Lucía y otras amiguitas del cole a la habitación.
Apenas diez minutos de comprobación y de primer contacto.
Todo en orden y se fueron, para regresar a buscar a la niña a las 9 de la noche.
Los vuelve a recibir la señora del mandilón, era la madre de Lucía, una niña vivaracha, también con unas gafas de cristales gruesos como su madre.
Entramos en la cocina, allí estaban el padre y sus dos hermanos.
Una adolescente guapísima, rubia, con ojos verdes y un chico, de unos 18 años, también muy guapo, pelo y ojos muy oscuros.
El padre, un tipo muy bien arreglado, bajito y con gafas oscuras. Era ciego.
Los dos trabajaban en la ONCE, él, desde hacía muchos años.
¡Al piso no le faltaba detalle! Se notaba que se había gastado una pasta, aunque, bajo el punto de vista de Rosa, muy mal empleada...
Muebles de buena calidad, aunque muy clásicos.
Visillos con demasiados bordados y caídas a ambos lados y cubre cajón de persiana en ondas... Recargado.
Figuritas y plata por todos lados, jarrones con flores artificiales o secas. Todo superlimpio...
Aunque a Rosa, lo que le creó más desasosiego fue el salón...
De la cocina, para estar más cómodos, los pasaron al salón-comedor de los horrores...
El hombre se movía con más agilidad que Rosa; era alucinante, con tanto cachivache por medio.
Se sientan en un mega sofá de cuero.
A ambos lados, un sillón de cuero, todo en color beige.
 Delante del sofá, una mesa de cristal con armazón dorado y labrado en cada pata simulando una garra de animal. Sobre la mesa, infinidad de ceniceros pequeños de plata y cristal, una bombonera, un centro de flores secas...
En una esquina había una barra de bar, delante de una vitrina repleta de botellas de todo tipo de bebida, copas y vasos.
En otra esquina, la gran mesa de comedor con seis sillas rococós.
Sobre la mesa de comedor, marcos de plata con fotos de cuatro generaciones, figuras de porcelana, bandejas en miniatura, todas de plata y con adornos.
En paredes, multitud de cuadros, algunos con marcos propios de un palacio.
Huecos cubiertos con pedestales y jarrones «chinos» por todas partes y, frente al sofá, un mueble empotrado de madera oscura.
Un inmenso cuadro en el centro del mueble, porcelana variada a un lado y a otro, rellenaban las estanterías. Una enciclopedia de varios tomos en granate con dorado de adorno y una chimenea bajo el cuadro.
Chimenea ornamental únicamente, donde habían metido un pastor alemán de porcelana a tamaño natural...
Rosa no sabía dónde mirar para poder respirar normalmente...
El padre de Lucía se bebió tres cubatas en media hora, hablaba por los codos y parecía que conocía a Rosa y a su marido de toda la vida.
Yolanda era para en palabras y apuró a su marido para terminar aquella rara velada y aquel primer encuentro...

martes, 13 de febrero de 2024

PAZ/CAP.10©®

 
    



La vida de Adela se desmoronó... Mejor dicho, se les desmoronó la vida a los demás: a su marido y a su hija, con la que mantenía un contacto intermitente.
Con Fer y Victoria, el contacto ya no era continuo; habían estabilizado sus vidas, ya no necesitaban a nadie.
Adela tenía problemas con Paula. La adolescencia tardía le hacía perderse por las noches de fiesta.
Preguntaba a Victoria, pues salían juntas de casa, pero no sabía nada, nunca decía nada y ya no venía por casa.
Meses después, Adela se enteró  de que, de casa,  salían juntas, pero Paula se juntaba con otras personas allá donde iban.
Pero no, no se entera por Victoria...
Después de un año siniestro, Paula conoce y se va a vivir con su pareja. Un ser despreciable al que nadie soportaba.
Varias veces, cuando Paula regresaba a casa de Adela, hasta que volvía con su pareja, llamaban a Victoria; siempre venía e intentaban entre las dos que no volviese con aquel miserable.
Victoria también era la madrina de la primera hija de Paula.
Sabía de todos los problemas, conocía la gravedad y de cómo estaba Adela.
Jamás se involucró con la mujer que le había abierto las puertas de su casa, donde, prácticamente, había vivido día tras día.
Fer ni apareció ni se le esperó. Ni una simple llamada.
¡Adela estaba harta!
En un determinado momento de su vida, había decidido divorciarse. Los primeros problemas con Paula, hicieron que esperase.
Todos se recargaban las pilas en Adela; su marido, su hija... Fer y su familia...
Adela se levantaba cada mañana sola.
Decidió no seguir, continuar sola de verdad, sin rémoras que la ataran.
La decisión de Adela supuso un terremoto en su casa y un viernes se fue precipitadamente.
Vivió como pudo durante seis meses.
Contó con la ayuda moral de personas que habían sido conocidas hasta entonces.
Todas esas personas, a las que Adela había ayudado, desaparecieron como por arte de magia, incluso si hija.
Adela decidió irse más lejos; de casualidad y sin pretenderlo, en medio de este caos emocional, conoció a alguien estupendo.
De repente, en esos meses de preparativos para largarse definitivamente, la rodearon personas fantásticas.
Su vida, lejos de su tierra, empezaba a fluir de nuevo, pero, de vez en cuando, pensaba en todas aquellas personas que había dejado atrás.
De Paz no volvió a saber nada, aunque dudó que Paz estuviera enterada del paso final de Adela.
De Fer y Victoria tampoco.
Adela alucinaba cuando hacía memoria...
Paz la había engañado de manera obscena. 
Fer... Aquel hombre había llorado sentado en el sofá de Adela...
Victoria...
¡Dios! ¡Eran unos putos egoístas!
Adela estaba acostumbrada a decir siempre lo que pensaba; a quien había mandado a la mierda, sabía perfectamente porqué, se encargaba de explicárselo. 
Decidió cerrar el círculo del pasado enviando un mensaje a Victoria.
Le detalló lo que ella y su padre habían significado. Como habían tenido ayuda sin necesidad de pedirla y que no entendía el comportamiento de ellos, el desinterés absoluto que habían tenido con alguien en quien se habían apoyado. Conociéndome perfectamente, no preguntaron absolutamente nada, se habían borrado de una foto donde habían sido protagonistas.
Y que llegaba a una sola conclusión, que eran profundamente egoístas y no les importaba nadie.
En definitiva, que no solo su madre me había engañado, me engañaron todos.
La respuesta de Victoria fue rápida y nada sorprendente.
Que había estado cuando se la reclamó y que Adela era como su madre.
A Adela le quedaban dos opciones: mandarla a la mierda y eliminarla de su agenda, o solo lo último.
Decidió hacer lo segundo, eliminó su número y el de su padre de la agenda de contactos.
Adela los olvidó; olvidó a todas y a cada una de las personas que miraron para otro lado.
A partir de ese momento, tiene especial cuidado en con qué y con quién involucrarse.
No cree en un solo testimonio que alguien pueda contarle, busca todas las versiones y sopesa en que meterse.
Sigue siendo la misma, no se volvió desconfiada, pero se deja llevar por las primeras impresiones, porque casi nunca le han fallado.
Adela se quedará siempre con su modo de sentir, aunque la haya perjudicado.
Las personas egoístas nunca son felices; algunas están al borde de la psicopatía y alguien que no siente, dicen que no padece, es verdad, pero se pierden infinidad de sensaciones buenas.
¡Sentir, siempre es bien!





GLORIAS POR LA GRACIA DE LAS PESETAS

 Hace unos días, saltaba la liebre. Un presentador, muy conocido, de la RTVE Canarias, fue invitado a un podcast. Entre varias declaraciones...