miércoles, 15 de mayo de 2024

EL REGRESO DE MARGARITA/CAP.7©®

 






A las 4 a.m. se levanta Margarita. Una hora y pico después, toda la trupe de jubilados estaban en el aeropuerto. El autobús llegó rápido, estaban a 5 minutos del aeropuerto. Tardaron más tiempo en subir al autobús y arrancar, que en llegar al destino.
Apostados junto al mostrador de facturación a las 5:45, que no abrió hasta las 7 de la mañana.
Una hora para facturar y otra hora, me dijo, caminando hasta la terminal, porque, claro, el aeropuerto de Mallorca es grande...
Dentro del avión, esperando otro rato largo. Faltaba gente; el autobús de transporte de pista, había dejado a un grupo olvidado. 
A las 9:45 llegó al norte. Esperando a su hija, la encargada de ir a buscarla, pensaba en la tormenta que se le venía.
Su hija y el policía se marchaban de vacaciones a “Palma de Canarias”...
—Margarita, Palma de Gran Canaria...
—¡Da igual! ¡Me has entendido, coño!
Eso significaba que sería la encargada de su nieta y un perro labrador, miembro importante de la familia, mientras su hija estuviera fuera.
Con su nieta, a la que llama “muñeca diabólica”, no se lleva bien, como podéis imaginar por el calificativo.
Es verdad que Margarita es rara o especial, su hija también, ¿cómo iba a ser la nieta? Rara, especial y para darle de comer aparte y a través de rejas.
Mayor de edad, parece que está en plena adolescencia. Malcriada, maleducada, caprichosa, vaga...
Su única inquietud es el móvil. En su último trabajo, en un supermercado, la echaron por eso, no dejar el móvil.
¿Por qué tiene que quedarse con una chica de 18? ¿Cuándo, encima, no sé soportan...? Porque la de 18 no sabe ni cortar una tajada de pan para comer. La lavadora es un artilugio desconocido y, seguramente, no sobreviviría una semana, aunque, antes, fallecería el perro. La chica cuando sabe cuando sale; dónde termina y por cuánto tiempo, ya es otra cosa.
Cigarrillos con compuestos, patinete y móvil es todo su ajuar imprescindible.
Sus gustos por los mozos magrebíes son una obsesión.
El perro, ¿qué perro? ¡Se va a acordar del perro!
Esta faena, a Margarita, la agobiaba.
Llega su hija a recogerla y se la lleva a su casa, sobre las 10:30 de la mañana. Supongo que, al principio, lo agradecería, puesto que, aparte de cansada, llevaba desde el día anterior de pie, según ella, no tenía nada para comer y la nevera estaba medio vacía.
El caso es que discutieron ambas y, Margarita, salió escopetada de la casa. Corriendo se fue a Correos, tenía que ir por no sé qué, y al supermercado después.
Para colmo, su no novio la llamó.
Quería “sacarla” hoy... A pasear.
Ella, que siempre está dispuesta, excepto los lunes, no le hizo ninguna gracia. ¡Cómo estaría para no querer salir!
Llenó la nevera lo justo, puesto que, al día siguiente, se instalaría en la casa de su hija.
También llevó suministro de sidra suficiente para dos días, ¡una caja!
El piso, donde residía su hija y uno de la benemérita, era una concesión social con un alquiler muy bajo y todos los gastos pagados.
Una sinrazón con, la gente no necesitada, es premiada.
Era una construcción tipo corrala, donde, la mayoría de los pisos, permanecían con las puertas abiertas y sillas por toda la balconada.
Allí se reunía el vecindario cada tarde a hablar del tiempo y a destripar a la que faltara esa tarde a la reunión...
Margarita y su nieta, apenas tenían diálogo; cada una a lo suyo, hasta ahora, sin molestarse.
La chica, cuando estaba en casa, salvo a las horas de comer, no se saltaba ni una, estaba encerrada en su cuarto con sus “petas” y el móvil.
Margarita tiene claro que, su hija, la dejó de vigilante de horarios de salidas y entradas de la nieta. También como cuidadora de animal, para asegurarse de encontrar un perro vivo a su regreso.
Pero, la vida disoluta de la “Chucky”, le permitía a Margarita mantener sus hábitos; ir a la compra y a tomar el vermú, a media mañana, el refrigerio del e por las tardes y quizá, alguna escapada con nocturnidad. La nieta entraba y salía, como de costumbre, cuando le daba la gana.
Todo estaba saliendo bien...


martes, 14 de mayo de 2024

EL REGRESO DE MARGARITA/CAP.6©®

 






A las 10 a.m. me estaba llamando Margarita. Sería su último día en la isla.
Todavía tenía voz de resaca. No quería pensar, media atontada, como entraría en esa bañera a la altura del Moncayo...
Sinceramente, creo que me preocupo por cosas que a ella dejan de preocuparle al medio segundo. Dada a padecer brotes, de hecho, vive en brote, no suele permanecer en uno mucho rato; enseguida pasa al siguiente y así sucesivamente.
Es una forma de vivir y no morir en el intento.
El planazo que tenía para hoy, era ir a la peluquería y hacerse un completo. Pelo, pies y manos.
Se iba a un centro de estética regentado por chinos. 
El día era estupendo para disfrutar de la playa, pero el plan peluquería no era idóneo para, recién cardada y enlacada, irse de playa.
Tenía que llegar a Vizcaya perfecta.
La tía salió encantada y como no había drama, la conversación fue por otros derroteros.
La tarde anterior, yo, había tenido visita; la misma que suelo tener mensualmente, mi ex.
Margarita, que tenía lagunas de lo que había hecho la noche anterior, pero que yo intuyo “caliente” sin rematar, creo que todavía tenía ardores. Y me pregunta si no me “pone” mi ex alguna vez...
—😳😳😳😳😳 —Yo.
¿Qué cojones me estaba preguntando? Llevo desde el Pleistoceno separada. Mi ex, tiene por costumbre venir de visita, algo que no me hace ilusión, pero, todo empezó hace años por el niño en común. El niño tiene espolones, pero mantiene la costumbre. De ahí a lo que esta me está preguntando, va un mundo y todos los planetas.
—¡Pero, qué cojones me dices, Margarita! —le dije.
—¿Por? ¡Mujer, yo hablo de estas cosas abiertamente! —Dijo.
—A ver, ¡qué no es que me escandalice, tía! ¡Es que es una chorrada de pregunta! —le dije.
Era una absurdez "madre in" Margarita.
Y me suelta la retahíla de que ella le pregunta a su hija sobre esas cosas.
—¿Le preguntas a tu chica si folla con el policía? —pregunté.
—¡Claro! ¡Y se pasa hasta cuatro meses sin follar¡
—😳😳😳😳😳😳😳😳 —yo.
Y sigue, que el tío se va varios días por cuestiones laborales y, entre èso, y las veces que están cabreados, pues, no follan.
¡Qué precioso todo!
También tuvo noticias del ruso misterioso. Al estar ella de viaje, dejó a la hija de encargada del  cobró de alquiler.
El ruso pagó, por bizum. Eugenio se llama el ruso... Ja, ja, ja, ja.
¡Sólo falta que sea Pérez de apellido y es ruso como yo letona!
Supongo que es el nombre que le salió en la transacción y, a saber si pagó el ruso o el testaferro...
Me dice que se iba por ahí a tomar algo, muy risueña, ya tenía 5 verdejos encima.
Le dije que no se pasara, mañana tenían que salir del hotel a las 4 de la mañana, rumbo al aeropuerto que tiene al lado.
4 de la mañana... Supongo que es cuando los vuelos dentro del territorio español, son regalados...

lunes, 13 de mayo de 2024

EL REGRESO DE MARGARITA/CAP.5©®

 





Margarita tuvo un día que ni fu ni fa, “no ni na”; digamos, que de transición.
Comió, bebió y durmió. 
Las ganas de playa que tenía esta mujer, lo que dio por culo en el anterior viaje, al llover todos los días, y aquí estaba off.
Lo cierto, es que enseguida se cansó. Había de todo lo que le gustaba, pero no encontraba su hueco, y todo era “carisisísimo”. Margarita estaba acostumbrada a alternar; a cenar muy bien y a beber mejor, pero, a gastos pagados. El no novio cumplía esa función, la única razón que lo unía a él. Ahí no había pasión, cariño o algo enternecedor. Margarita no es mala persona, pero es un ectoplasma.
Al día siguiente, el ectoplasma, se iba a Sóller. ¡Le encantó! Menos el tren turístico; la duración del viaje fue excesiva, según ella, claro.
Estaba en el puerto, los puertos son su pasión, cuando me llamó.
—¡Alexa, esto es precioso! ¡Hay un montón de barcos!
A ver, que haya barcos en un puerto de mar, no es raro... A ella, parecían ponerla cachonda.
—¿De recreo o pesqueros? —pregunté.
—Yamaha, son Yamaha —dice, la burra.
—A ver, Marga, “Yamaha” es la marca del motor fueraborda...
—¡Va! ¡Yo qué sé! —termina diciendo.
¡Na! ¡Tendría razón encima!
Llegó cansada al hotel. Creo que se harta de los viajes al segundo día, salvo que le metan a una compañera de habitación rara, es la manera de activarse Margarita.
Aunque ella en sí misma es todo un ejemplar para hacer una tesis.
El día siguiente lo tenía completo.
Por la mañana, visita a una cueva, comida organizada por medio y, por la tarde, visita a la fábrica de perlas Majorica.
Sin ilusión se monta en el autobús fletado para todos.
La cueva que visitó por la mañana, no le gustó lo más mínimo. Metida entre el tropel humano, iba, como dice el refrán, “¿A dónde va Vicente? Dónde va la gente”. 
Los llevan a comer a un restaurante, donde les sirven un plato de aguachirle con lentejas flotando. Margarita viene de una comunidad donde se come de puta madre, aunque en todos los sitios hay restaurantes de mierda, te sirven esas lentejas en Barakaldo y te corren hasta Irún.
Malcomida, aburrida y cansada, se va a las cuevas del Drach...
320 escalones de bajada, el triple, lo que te parecen cuando es subida.
Y, precisamente, en esa subida iba pensando Margarita mientras bajaba.
Agarrada, como si no hubiera un mañana a la barandilla, no podía concentrarse en otra cosa.
Abajo, les daban un paseo en barco, amenizado con música de violín.
Me envía fotos.
—¡Qué chulada! —le dije.
—¡Pa su puta madre! Respuesta
 firme de Margarita. 
—¿Las perlas, qué tal? —pregunté.
—Precioso todo, pero una mierda. Unos pendientes pequeñitos, 90 euros. Me costaron los que llevo, 7 euros en “Shein”.
¡Pues ya estaría! Compara el emporio chino con las famosas perlas de Mallorca, nada que añadir.
No vuelve más, no está para excursiones y está deseando regresar al hotel y tomarse su “Fanta" con misterio.
Margarita pasó todo el día siguiente de relax. Qué no le hablaran ni la mirara nadie. Estaba hasta el chirivisco de Mallorca, era una puta locura, parecido a Madrid.
Al Madrid que ve en la tele, porque no tengo constancia de que haya pisado la capital de España.
Aprovecharía el día siguiente para hacer algo productivo. Hoy descansaría de todo el “jari” de la excursión; además, el día estaba nublado.
Eso pensó antes de dormir la siesta, porque, cuando despertó, se arregló y se tiró a la calle sin conocimiento.
Y sin conocimiento bebió. Sus “Fantas” espirituosas, bebidas en varias terrazas, la llenaron de júbilo y satisfacción. Recaló en un restaurante para llenar el buche.
Allí, pidió unos mejillones y un “Albariño”, todo un manjar gallego, en Mallorca, que degustó a disgusto, pues, parece ser, que estaban malísimos. No sabremos de cuando eran los mejillones, pero en mayo, las hembras del mejillón están en periodo de reproducción y no es el mejor momento para comerlos. Ahora vas, y le cascas esto a Margarita, que lo entienda, ya es otra cosa.
Del restaurante, se acuerda a duras penas, que se fue a otro garito. También recuerda que estaba lleno de alemanes. Mallorca está lleno de alemanes…
¿Cómo sabe Margarita qué son alemanes? 
¡No lo sabe! ¡No tiene ni puta idea! Los guiris, para Margarita, son todos alemanes, sin distinción.
Del último garito, arrastrándose, llega al hotel. Se dirige directamente, bueno… Directa, directa… Más bien haciendo eses, se va al bar de la piscina. ”Cerrado”, “Closed” “Geschlossen”, para los guiris de Margarita.
¿No podría comprar su “Fanta”? ¡No podía ser! Ahora que tenía gin del bueno…
Había terminado el “Larios” y, en un alarde de tirar la casa por la ventana, compró “Beefeater”.
Al fondo vio una máquina expendedora de bebidas y allá que se fue.
No tiene ni puta idea de nada que tenga que ver con lo digital, pero, cuando la sed aprieta, se aprende a la primera, a pesar de tener que teclear 45 códigos, e introducir el importe, se aviva el cerebro.
Borracha perdida, porque para qué andarse con gilipolleces, se durmió esa noche.
Al día siguiente tenía planazo...


viernes, 10 de mayo de 2024

EL REGRESO DE MARGARITA/CAP.4©®

 





Buenos días, dijo el nuevo día a Margarita.
Ducha de alto riesgo, no le daba cogido el punto a la altura de la bañera y apertura de balcón, su saludo al sol de cada mañana.
No hizo gran cosa. Desayuno largo y enredar por los aledaños del hotel. Estaba encantada con todo lo que veía; caro, pero todo tipo de tiendas.
Todavía no le habían endosado a ninguna compañera de cuarto. A estas alturas, quizá tenga suerte y, si no lo han hecho, es probable que no suceda 
Comió y se fue a echar una gran siesta.
Por la tarde salió. Se fue andando un rato y hasta cogió un trenecito o tranvía, no sabe explicar lo que realmente era...
Después se sentó en una terraza.
Allí conoció a dos tipos, uno de Barakaldo, paisano, y un gallego.
Los dos estaban afincados en Mallorca. Le contaron a que se dedicaban, temas de construcción, y le dieron toda clase de indicaciones sobre la ciudad y sus virtudes.
También le dijeron que había autobuses con parada justo en el hotel, desde el centro de Mallorca.
Llevaba dos días dándose la caminata padre por no preguntar.
Bueno, por no preguntar y por no ver.
Los autobuses llegaban y salían cada 15 minutos. ¿No vio ninguno, alguno de los días? Pues no...
Estaba más relajada que de costumbre, quizá reservando energías para las dos excursiones guiadas que había elegido.
Elegidas por ella, exactamente, no.
El día de su llegada, en recepción, les dieron un papel a cada uno con las visitas a las que podían optar.
Me mandó una foto y el encargo de que buscara qué eran, en qué consistían y cuál le podía gustar.
Le elegí una visita a Sóller, con tren turístico incluido, y a las cuevas tan famosas. ¿Estaba emocionada? ¡Nada! Ni curiosidad tenía... Ja, ja, ja, ja.
Después de parlotear con los paisanos, se volvió al hotel, ya en autobús.
Terminó de cenar y se fue a la piscina del hotel, con bar, por supuesto. Sentada en una de las mesas, observaba a su alrededor.
Aparte de jolgorio con mesura, una mujer estaba dentro de la piscina.
Cuando se metió un hombre, ella salió escopetada, visiblemente cabreada.
Ambos empezaron a discutir. Aparentemente, eran pareja. Aparte de muy enfadados, estaban bebidos en la misma proporción al enfado que manifestaban.
Otra mujer, que estaba sentada, se levanta veloz. No sabemos si los conocía, si su intención era mediar, o lo que carajo pretendía.
El caso es que resbaló y se metió una leche cojonuda. Tampoco sabemos, si el resbalón fue por el suelo mojado, o lo “encharcada” que estaba la mujer, y no precisamente de agua.
Margarita ni se movió, desconocemos si porque huye de los problemas ajenos, o para no meterse una hostia parecida a la de la otra mujer y por los mismos motivos.
Margarita decide que es tarde para jaleos, se arrima a la barra y compra una “Fanta”; se la lleva escondida. La camarera le dice que tienen prohibido vender cualquier bebida en envase de cristal para subir a las habitaciones; y no tenían envases en plástico, salvo agua, ni botes.
Margarita le dice que no se preocupe, por la mañana le llevaría la botella, no se iba a enterar nadie.
La “Fanta” era, evidentemente, para echarle unas gotas al “Larios” que se iba a meter y que, junto a lo que llevaba metido, haría el mismo efecto que 20 litros de valeriana, y así, entrar en coma hasta el día siguiente.
Ya podía pasar un escuadrón de “cazas” supersónicos, sobrevolando el hotel, que Margarita, estaría traspuesta unas cuantas horas…
Cuando se dirigía hacia el ascensor, vio subir las escaleras a la intelectual que había conocido en la cena, la que cotizó durante 47 años y solo leía libros.
De izquierda a derecha, derecha, izquierda, le costaba trabajo subir cada escalón a la culta jubilada.
Ahí, “jarta” de agua con mucho misterio, la trabajadora del siglo y lectora empedernida.
Botellones organizados son este tipo de excursiones.
Y Margarita, no es que sea bebedora de incógnito, únicamente, si no se lo ponen fácil, se las ingenia para ir siempre puesta.
Esperemos que, a las cuevas, vaya serena y con los cinco sentidos a tope, o saldrá en las noticias...

jueves, 9 de mayo de 2024

EL REGRESO DE MARGARITA/CAP.3©®

 







Margarita durmió bien; siempre duerme bien, la verdad. No duerme, Margarita entra en coma, directamente.
Se despierta y va dispuesta a ducharse. ¡La madre que parió a la bañera! Para entrar y salir, hizo más gimnasia que en todo el año, que no hace ninguna.
Arreglada, sale al balcón que tiene en la habitación.
El día está precioso; soleado y con buena temperatura.
Desde ahí, apostada en el balcón, me llama para decirme lo hermoso que está el día y que se olvidó el cepillo de dientes. Angustia máxima, como si estuviera en mitad del Sáhara en una tienda de campaña.
Le digo que tendrá donde comprarlo, en Mallorca, otra cosa no, pero para comprarse un cepillo de dientes, no le faltarán tiendas.
De repente lanza un grito y dice que, enfrente, está viendo un supermercado…
¡Nos ha jodido! ¡Enfrente, al lado o en una calle cercana!
También sé percató de otro detalle...
El balcón, el hotel en general, pero, el balcón, ¡era como estar en las pistas de la T4 de Madrid!
El hotel estaba en una ubicación inmejorable, si quieres ir andando y sin fatigas al aeropuerto. Al lado, en todas direcciones, tenía a todos y cada uno de los aviones que entran y salen de Mallorca… Aeropuerto de Mallorca, que no es lo mismo que el de Burgos… Mogollón de aviones cada día.
Margarita me comenta que tiene miedo que pase como en las Torres Gemelas… No, no le expliqué, que lo que pasó con las Torres Gemelas no fue porque los aviones pasaban cerca. ¡Para qué crearle más problemas de pensamiento!
Entró la chica de la limpieza, la saluda. Margarita le nota acento vasco. Efectivamente, era de Bilbao, ¡la hostia! Amiga para siempre. Le debió parecer raro encontrar a alguien de su tierra en Mallorca, entonces. ¡La adoptó como si la hubiese encontrado en el Serengueti!
Desayunó bien y copiosamente. El hotel era enorme, como el del anterior viaje, pero no había colas para el buffet y la comida parecía buena.
Se fue a dar una vuelta por la zona.
Estaba encantada cuando me llamó.
Mallorca tiene mucha vida y es la vida que le gusta a Margarita. Muchos bares, chiringuitos, terrazas.
Vio un mercadillo, pero con glamour. Supuse que tipo hippie y no del estilo de “Dolche Galbana” y bragas de cuello vuelto por lotes.
Se dio de bruces con la playa. Margarita no recoge información previa de los viajes que hace. Desconoce cualquiera de las ubicaciones interesantes, comidas típicas y en qué lugar del planeta se encuentra. Dudo que sepa que Mallorca es una isla, de las Baleares, ya sería fantasía que lo supiera.
Y claro, encontrar una playa en la isla fue como cuando Colón encontró América, salvo que en lugar de gritar “tierra”, Margarita gritó “agua”.
La playa la puso en órbita; llena de surfistas. Es decir, tíos jóvenes, con torsos marcados, bronceados, rubios, con melena dorada al viento y dientes muy blancos… Placer para los ojos de Margarita. El torso que ve de vez en cuando es flaco y flácido… Melena, si le pone peluca al no novio, y dientes blancos, pues no, ¡suficiente si tiene!
Se sienta en una terraza a tomar un vino y ver la gente pasar.
Un Ribeiro pidió... Seguro que se va a Pontevedra y se come una ensaimada… Así es Margarita.
Relajada con su vinito, le “entra” un guiri. El típico tío con barriga gestante de 8 meses. Bermudas, que sujeta como puede bajo panza, chanclas y calcetines. Colorado como el pimentón de la Vera, la saluda.
Margarita tuerce el morro... No es su prototipo de hombre, ni aunque fuera el único varón de la isla, menos aún, después de alegrarse la vista con “beach boys” en la playa hacía unos minutos. Un choque emocional importante, o una hostia de realidad.
Pero, bueno, tendría que ser educada y poco más.
Obviamente, ella le nota un acento.
—¿De dónde eres? —le pregunta al tío.
—De Zúrich —responde el guiri.
—¡Ah! Alemania, ¡ya sé!—.
¿Alemania? Zúrich, ¿Alemania? 
¿Ya sabes? ¿Qué coño vas a saber?
¡Ni de Zúrich, ni de Alemania!
Poco después, el inicio de lo que podría haber sido, no fue, porque, Margarita, se aburría y no lo entendía, o se aburrió por no entenderlo, se fue a otro garito para rematar la faena.
Mallorca le parecía carísimo, por lo que, ella solita, de esa cabeza en ebullición, ideó el mejor plan para beber de lo suyo a un precio módico.
Había ido al súper y compró una botella de ginebra “Larios”. Tenía la ginebra escondida en el armario de la habitación. Rellenaba un botellín de plástico, después de tirar el agua, y se lo llevaba a todas partes.
Allá donde estuviera, pedía una “Fanta” o un “Aquarius” y hacía la mezcla mágica. Bueno, rico y barato.
¡Una jubilada haciendo botellón en Mallorca!
Entonada se hizo la hora de volver al hotel. El buffet era variado, no como en el anterior viaje. Distintas clases de pescado que rechazó. No va a comer pescado ahí... Ya os digo yo que desconoce que está en una isla... Sabemos que tener el mar al lado, no garantiza que te den pescado fresco, pero ya os digo yo que, esta mujer, ¡cree que está en Badajoz o en Palencia!
Cogió una fideuá de verduras de primero y arroz... ¡La madre que la parió! ¡Vaya mezcla más desentonada! Helado de postre y lista.
En la cena entabló conversación con una compañera de excursión.
Una mujer que se quejó de la cantidad de personas “jóvenes” que veía en esas excursiones. Ella había cotizado 47 años. No dijo en qué sector, solo que su vida la dedicaba a pasear y leer libros.
Bueno, pues ya echaba en falta a la intelectual que existe en todo grupo.
Margarita, que no lee ni el recibo de Iberdrola...
Subió a dormir, tan “adobada” como siempre. Le vendría bien en esta ocasión, para no escuchar el vuelo rasante de los aviones que pasaban al lado de la terraza...

miércoles, 8 de mayo de 2024

EL REGRESO DE MARGARITA/CAP.2©®

 





Me imagino a Margarita con la vista borrosa y sus piernas tambaleándose por el aeropuerto; aunque, la tía, estaba acostumbrada a ese estado de limbo, nunca se caía, la “jodía”.
Yo estoy acostumbrada a hacer rastreo de vuelos cuando viaja alguien que conozco. A Margarita especialmente, porque solía preguntarme de todo y era obligado hacerle la trazabilidad como si fuera un cargamento de melones.
El vuelo salía a las 19:30, directo a Mallorca.
La compañía, con nombre curioso, es de estas subcontratas de Iberia. Al rato, veo que saldrá con retraso de una hora, pero, observo, que la compañía ya había cambiado de nombre… Ja, ja, ja.
Informo a Margarita del retraso, recordad, Margarita no lee nada y, en su estado, dudo que hubiese escuchado la megafonía.
Se pone burra, claro. "¡Vamos a llegar a una hora de mierda!", "¡con razón, yo no quería venir!". "No sé si tomar algo en la cafetería".
—¡No! ¡No tomes nada! ¡Te van a mandar en ambulancia, coño! —le dije.
Se empezó a descojonar… ¡Madre mía!
Justo una hora más tarde, embarcan. Como siempre hace, con el teléfono en la oreja mientras puede, y yo al otro lado.
Me llama Alexa…
Aparte de Margarita, escuchaba a la paciente azafata intentando que, aquel "jari" de jubilados se sentaran de una puta vez.
Llegó mi descanso cuando despegaron. Tranquilamente, me puse a hacer el seguimiento del vuelo. Lo intenté varias veces, sin resultado alguno. Era la primera vez que me pasaba semejante cosa.
Rastreaba sin problemas a mis amigos, los vuelos de mi hijo a Washington, Nueva York, México… El de Mallorca, se lo había tragado la tierra. 
Dos horas después, llamó Margarita. Esperaban al autobús que los llevaría al hotel. Otro "jari". Aunque no tienen que ocuparse de las maletas, las 16 bolsas de mano que llevan cada uno de los "senior scouts", no las colocan en tiempo récord.
¡Y Margarita negra! "¡Ya veremos qué cenamos cuando lleguemos!". "¡Será cerca de las once de la noche!". "¡La mierda de habitación!". "¡A quién me meterán!".
Así todo.
Efectivamente, cada uno tenía preparado un plato de postre con dos lonchas de pavo y tres de queso de barra. ¡A tomar por culo, sois mayores, lo mejor, cena ligera y a dormir, que vendréis cansados!
A Margarita no le gusta el queso, subió a la habitación con dos lonchas de pavo en el estómago y 7 litros de sidra que todavía no había orinado.
Por supuesto, no podía subir sin antes dejar su huella en recepción… 
—¡A ver a quién me metéis! Prefiero estar sola—
—Señora, puede pagar el suplemento de 20 euros diarios y estará sola. Gracias y buenas noches—.
No le quedaba otra que esperar y ver lo que pasaba en días sucesivos. Se había enterado que, la mayoría de las mujeres que hacen estos viajes, pagan el suplemento. Ella no, Margarita prefiere tentar a la suerte y que sea lo que Dios quiera.
Entró en la habitación; estaba limpia, pero antigua como las pirámides de Egipto. Cuando entra a ver el baño, espacio que a muchos nos preocupa, entra en un nuevo brote…
Del mismo año en que se inventó la bombilla, no tenía bidé. Esto suele ser habitual incluso en los hoteles modernos. Optan por ganar espacio, suprimiendo una pieza muy importante para el aseo entre horas.
Los grifos de rosca, las piezas antiguas, sin plato de ducha y los  tubos de la calefacción a la vista.
Una bañera con cortina, que para personas de determinada edad significa practicar salto de altura, para entrar y para salir, con el peligro que conlleva.
Margarita, aparte de haber perdido colágeno , también había perdido flexibilidad. Tiene un tobillo en proceso de recuperación, kilos y años.
¡Ducharse iba a ser un ejercicio de riesgo!
Le digo que se fije en la jabonera que suelen instalarse dentro, para usarla como agarradero; pero que controle la sujeción, no vaya a ser que arranque el accesorio y se pegue la hostia con la jabonera en la mano...
—¡Esto no es un hotel! ¡Es una pensión! —dijo Margarita.
La decoración, en general, era para echar a correr y no parar hasta llegar a Vizcaya.
Después vino el problema de la wifi…
Bajó a recepción para que le dieran la contraseña.
—Señora, en la habitación ponemos una carta de bienvenida, donde figuran todos nuestros servicios y la clave wifi. Se conecta, la dirige a una página, donde tendrá que rellenar unos datos y ya estará usted conectada —.
Bien, ¿dónde carajo estaba la carta?
No sería tan complicado encontrar un papel, suelen dejarlo en la mesa escritorio. 
Pero, Margarita, parece tener alergia a todo lo que pueda tener algo de lectura y pasa de largo. ¡Menos al cartel de la nevera de la habitación! Sin conectar, había que pagar un suplemento para tenerla activa.
Le indiqué donde debería estar la carta de bienvenida, y ahí estaba, ¡dónde coño iba estar!Dentro de un sobre sin lacrar…
Ya estaba instalada, conectada y cabreada por lo del baño.
Todavía con litros de alcohol corriendo por sus venas, no quedaba más que acostarse y dormir.
Mañana será otro día…

lunes, 6 de mayo de 2024

EL REGRESO DE MARGARITA/CAP.1©®







 La última vez, nos quedamos con Margarita recién aterrizada de su primer viaje con el IMSERSO. Una experiencia diarreica y con meteorología adversa.
La dejamos cenando con su no novio, quien fue a recogerla al aeropuerto, en el mejor restaurante de la zona.
Tenía otro viaje previsto y pagado, pero faltaban dos meses todavía.
Llegó a su casa bien cenada y bien bebida.
Al día siguiente por la mañana ya estaba sonando mi teléfono insistentemente.
Margarita tenía mucho por resolver. Escriturar el piso que heredó a su nombre, médicos y el vaivén del no novio, que ni lo quiere ni lo deja de querer.
El inquilino rumano seguía ocupando la habitación del piso que había heredado; Margarita quería sacar más beneficio.
Su hija, más acostumbrada al internet, puso un anuncio. Enseguida obtuvo respuesta.
Una cubana estaba interesada y quedaron para ir a verlo.
A la presunta inquilina, no le importaba compartir piso con alguien que no conocía.
Se fijó más en la pequeña cocina que había sobre otra antigua, de las de leña o carbón, que todavía conservaba. Así como la cisterna con cadena del baño… 
El piso era de los años 60 y seguía conservando esa estética retro.
La cubana, por sus comentarios, era muy limpia, el rumano, no se sabía.
Se marchan ambas mujeres y quedan en contactar para el tema del dinero que no estaba muy claro. 
En apenas dos días, a Margarita se le ocurre la idea del siglo. Rebajar 50 euros el alquiler, a cambio de que Celia Cruz, la probable inquilina, limpiase el piso.
Afortunadamente, la cubana llamó antes de que lo hiciera Margarita con su proposición indecente, a la que, presumiblemente, le hubiera contestado: “¡Asúcarrrrrr!”.
La muchacha había encontrado algo mejor.
Margarita es quejumbrosa por naturaleza, sin conocimiento de que nació con una flor en el culo…
A los dos días, ya tenía la habitación alquilada. Esta vez a un ruso.
Cuando me lo contó flipé. Ya le había dicho que no era buena idea alquilar de tapadillo, si surge algún problema, no podrá denunciarlo. Margarita tiene el arte del funambulismo y va a su bola.
¿Cómo se le ocurre meter a alguien sin referencias o sin avales? Ni puñetero caso.
A todo esto, el rumano, empleado del bar de su no novio, deja el trabajo.
¿Quién chupó la bronca? El no novio, encima que el rumano lo dejó colgado.
Margarita no le dijo nada, esperaría al siguiente mes. Si el tío pagaba, le daba igual lo que le hiciera al no novio.
Decidió instalar internet en ese piso. También estaba dándole vueltas a algo que le habían dicho. Colocar medidores automáticos de tiempo en los interruptores de la luz y en la ducha. Así controlaría que sus moradores no desperdicien energía y agua a lo bobo. También pensaba colocar cerraduras en los otros cuartos que no entraban en el alquiler, porque, actualmente, solo era cuestión de fe y confianza en que no lo hicieran. Margarita, lo que se dice de fe, no era y era una desconfiada de la hostia.
Al ruso lo vio el día que entró a vivir. Pagó el alquiler sin ver la habitación.
Entró con una maleta. No volvió a ver, ni al ruso, ni su maleta; había pagado el alquiler hasta el 7 de mayo. La puerta de su habitación estaba cerrada siempre, y a ella le daba “cosa” abrir sin permiso.
El rumano había puesto cerradura, algo que molestó a Margarita. 
A mí lo que me acongojaba era lo del ruso y la maleta… ¿Qué habría dentro de aquella maleta?
Tanto le di la chapa que, el día que fueron a instalar la fibra, Margarita les preguntó a los operarios, cuando se iban, si había salido alguien de aquella habitación.
Nadie, de ahí no salió nadie, ni escucharon ruido. Salió el rumano, cuando estaba hablando con los instaladores; con una chica.
Margarita torció el morro. “¿Cómo se le ocurría meter a una mujer?”, me dijo muy cabreada.
“Pues hombre, si no le has puesto normas, ¡cómo si mete una urraca en una jaula!".
Estaba desesperada con todo. Los pagos de escritura, un dinero que cobró de la Seguridad Social que no le pertenecía y tenía fecha para devolverlo. Su hija… La chica convive con un policía al que le hace la vida imposible. Es igual que su madre y el policía, idéntico al no novio de Margarita. Están en el mundo porque tiene que haber de todo…
Como se cabrean a cada rato, y el piso donde viven está alquilado por la hija, el que tiene que pirarse es el policía. Cuando se larga el policía, allá que va Margarita a dormir y beber toda la sidra de Vizcaya, con su niña.
Duermen juntas en la misma cama… Días y días, hasta que hay reconciliación y ¡Margarita a su casa!
En dos meses tuvo dos citas románticas con el no novio. 
La primera, después de una cena, se van a casa de Margarita. Se meten en cama, no sé si desnudos, pero no tuve la necesidad de preguntar… Margarita había comprado un ventilador con lucecitas de colores para el techo. Sí, venden esas cosas…
Evidentemente, aspas y luces, funcionan al mismo tiempo o de manera independiente.
Y encendió las luces de colores… No sé si le entró la risa o el no novio se hartó del juego lumínico. Se dio la vuelta en la cama y se durmió. 
La siguiente cita fue mejor; se olvidó del ventilador y se ventiló al no novio.
El nuevo viaje, también la traía por la calle de la amargura. A ella y a mí, que es quien la escucha. Tres días antes de la salida, venía desquiciada del traumatólogo. Hace unos meses se rompió un tobillo y dice que le duele. Eso suele ocurrir cuando aún no se bebió las tres primeras botellas de sidra; después se le pasa.
El especialista le dio el alta y Margarita, erre que no. El médico le dio la opción de operarse para quitar los tornillos. Ni de coña, le dijo.
Bueno, pues no había otra cosa que hacer, es decir, ajo y agua le dijo el traumatólogo.
Semanas antes, ajo y agua, le dijeron, el psiquiatra y el médico de cabecera, por pesada.
El psiquiatra, porque se ve a lo lejos que se bebe el Cantábrico sin destilar, combinado con Lorazepam. El médico de familia por el peñazo que daba por un simple resfriado.
No dio por culo en unas radiografías, fue a buscarlas y las tenía hechas del 2022… Así es Margarita.
Su hija miró en internet el hotel a donde iba, yo le busqué el tiempo para 10 días.
El hotel era un espanto, la meteorología era buena.
No quería ir, le dolía el tobillo, el hotel era una mierda y el tiempo podía equivocarse.
“Quizá te mueras y no tendrás que preocuparte de nada”, le dije…
Es lo mejor que tiene Margarita, le puedes decir la burrada o crítica más cruda, que no se inmuta.
A la tarde, tres horas antes del viaje, me llama.
Borracha no, un pelín más…
—¡Margarita, coño, no bebas más! Le dije.
Vendría su hija a buscarla para llevarla al aeropuerto y estaba en camino de quedar inconsciente; antes, en el aeropuerto o dentro del avión.
—¡Estoy muy mal! ¡Me duele el pie! ¡No quiero viajar sola! —balbuceaba.
¡Total! Allá que se va con su hija. Obviamente, discutiendo todo el trayecto. Ya, en el aeropuerto, la hija se cabrea y la deja sola. Por allí pululaban jubilados para el mismo vuelo y destino que Margarita.
Estaba a una hora de iniciar otra odisea, destino Mallorca…




viernes, 3 de mayo de 2024

ALIZÉE/FIN




  



Hablando por teléfono con Aymé, fueron pasando meses y meses.
Las llamadas, casi siempre realizadas por Aymé, permanecían, pero se iban espaciando. 
Cada uno seguía con sus vidas.
Alizée ya estaba oficialmente jubilada; aunque continuaba colaborando con los audiolibros, ya no se sentía obligada, lo hacía por placer. Tenía un gran sueño en mente: Escribir su historia de amor con Aymé y, a ser posible, publicarla.
Continuaba su relación telefónica con Madeleine, pero no le contaba, en toda su magnitud, lo que significaba Aymé en su vida. Quizá, por ella lo hubiera hecho, le gustaría gritarlo a los cuatro vientos. Su prudente generosidad, la hacía cortarse; no sabía si a él le gustaría, ni lo quería incomodar y preguntarle.
Con repentinas ganas de verlo, en un impulso, decidió ir a su pueblo.
No era raro, su hermano Louis residía allí y también hacía muchos años que no lo veía.
No se esperaba para nada lo que encontró.
Su hermano parecía un anciano y la hermosa casa de sus padres, estaba en condiciones deplorables. El jardín parecía una selva y, el interior de la vivienda, se encontraba sucio y destartalado.
Su hermano no supo darle explicaciones; huidizo y muy enfadado, iba de un lado a otro protestando. Alizée tuvo miedo de Louis. No se quedaría en aquella pocilga.
Se trasladó a Dreux, un precioso pueblo a 40 kilómetros del suyo.
Sus planes habían cambiado.
No podría quedarse todo el tiempo que quisiera; tenía que pagar un hotel.
Este movimiento inesperado, evidentemente, lo hizo por Aymé, con quien se puso en contacto.
Estuvo cuatro días y no pudieron verse. Al parecer, Aymé, tenía bastante trabajo y un día por otro, pasó los tres primeros días sola.
El último día, después de dejar el hotel, se fue a casa de sus padres. Su intención, además de ver a Aymé, era la de convencer a su hermano de que viese a un médico.
Louis se negó en redondo y, renegando, se encerró en un cuarto.
Alizée, asustada, angustiada y apenada, se fue. No podía hacer nada que él no quisiera hacer.
Se metió en el coche para tranquilizarse. Dentro del automóvil, fumando un cigarro, se arregló el pelo con las manos. Se colocó el pañuelo del cuello y se repasó el carmín de los labios.
Salió del coche y empezó a andar, camino de la ferretería de Aymé, al final de la calle.
Entró muy recta y sonriente. Un joven estaba detrás del mostrador. Ali le preguntó por el dueño, suponiendo que era un empleado.
El chico, alto y fuerte, avisó a Aymé que, mirando hacia el mostrador, a través de una pequeña ventana del cuarto donde estaba, la miró sorprendido.
Se levantó, abrió la puerta y la invitó a pasar.
Alizée, aunque entró sonriente, no hizo muestra de afectividad alguna, él tampoco. Intuyó cierta incomodidad en Aymé, a pesar de su sonrisa.
Apenas cinco minutos duró la conversación; Ali lo notó nervioso y supo por qué.
El dependiente era su hijo. Estaba claro que, aquel chico, no sabía de su existencia y muchísimo menos, quién era ella.
Se despidieron rápido. Mientras Ali se dirigía al coche, se preguntó quién era ella para Aymé.
Cuando estaban solos lo era todo…
Regresó a su paraíso, extraña. La situación de su hermano la había dejado en shock.
El encuentro con Aymé, buscado por ella, también la desconcertaba.
Una llamada de Aymé, a los 15 días, despejó todas sus dudas. El “lo siento“, los "sabes lo que significas para mí", "estamos destinados el uno para el otro"…
Era escuchar su voz y su día cambiaba. Un chute de adrenalina y una esperanza que sentía, pero de la que no era consciente. Ella era fuerte, su felicidad no dependía de nadie... Era uno de sus lemas.
Alizée tuvo varios problemas de salud y algún pequeño accidente doméstico.
Madeleine la ayudaba bastante desde la lejanía, dispuesta siempre a irse, si lo necesitaba, o a invitar a Ali a su casa.
Entendió que no fuera a verla cuando estuvo en el pueblo. Ali le explicó que lo de su hermano la trastocó y tampoco le dijo que había estado cuatro días. De Aymé, menos todavía, ni se lo mencionó.
Alizée estaba solucionando el tema del piso con su ex pareja. Quería irse de ahí y pretendía que Luc, al menos, le diera una cantidad de dinero. Era lo justo y lo necesitaba para establecerse en otro lugar. Con la casa de sus padres no podía contar, dada la actitud de su hermano.
Era la casa a la que siempre pensó volver y poder vivir con Louis si fuese necesario.
Todo se fue al traste…
Pasó otro año y las llamadas puntuales de Aymé se seguían produciendo.
Alizée era una montaña rusa de sentimientos encontrados. En una de esas subidas a la montaña, decidió viajar de nuevo al pueblo cercano al de Aymé.
En la última llamada, él le había hablado de estar deseando hacer otro viaje con ella.
¡Lo necesitaba, decía!
Así que Ali, le comentó que iría a su encuentro en una semana. Aymé le respondió que no, en esa semana, tenía bastante trabajo y que, a partir de ahí, estaría libre para irse unos días con ella.
Al día siguiente de esa conversación, Alizée, cobró unos atrasos de la pensión. Un dinero que suponía un extra importante.
Ali, de apellido impulsividad, preparó todo para irse ya. Podía pagarse varios días en el hotel de Dreux, el extra económico se lo permitía, y seguramente, podría verse a ratos con Aymé, antes de viajar juntos, pensó.
Se puso muy contento cuando Ali se lo comunicó, le pareció perfecto.
Aymé le dijo que quedarían para comer al día siguiente de su llegada.
Ali fue cantando todo el viaje. Con su música preferida en el coche, conducía sin prisa e ilusionada.
Llegó al hotel a la hora de cenar. Avisó de su llegada a Aymé, quien  le confirmó la comida para el día siguiente.
Alizée durmió a pierna suelta y no se despertó temprano, como era su costumbre.
El conducir varias horas y la tensión de felicidad absoluta, la habían cansado.
Pidió el desayuno en la habitación, no le apetecía bajar. Quería desayunar tranquila y ponerse más guapa, si eso fuera posible, para su cita.
Cogió el móvil para ver el pronóstico del tiempo. Tenía un mensaje de Aymé.
No podría ir a comer.
Alizée suspiró, mientras salía al balcón. Miró más allá de lo que tenía enfrente, aunque no veía nada… Solo pensaba.
De repente, entró. Se miró al espejo que tenía frente a la cama y se dijo: ¡Vamos!
Se vistió con la ropa que había preparado para su cita. Se pintó los labios de rojo intenso y se fue a la calle.
Así estuvo una semana, algún día con más ánimo que otro y llamadas a diario de Aymé, justificando el porqué no podían quedar todavía.
Estaba lejos de su casa, pero vivía en la misma montaña rusa.
Llegó el viaje, de forma intempestiva, pues no fue organizado días antes. Unas dos horas antes se lo dice a Alizée que, por supuesto, estaba más que dispuesta. Se fueron a un sitio cercano llamado Vernon. Alizée ya lo había visitado varias veces, pero no le importaba. Estaba Aymé, al que cataloga como el amor de su vida, y el pueblo era precioso. Él también conocía. Lo había visitado con sus hijos. Honestamente, creo que este último comentario, pudo habérselo ahorrado.
Aunque Ali también le comentó que lo visitó con un ex, no sé si antes o después del comentario de Aymé.
La sinceridad está sobrevalorada algunas veces, pero yo no soy Alizée.
Aunque fueron dos escasos días, menos de lo esperado, lo disfrutaron como solo Alizée sabe hacerlo y lograr que el otro lo haga.
Lo encontró mayor, además de fumar compulsivamente.
Fueron dos días de muchas cosas. También de confesiones y quejas por parte de Aymé.
Su vida, dijo, no le gustaba. Vivía pendiente de dos hijos mayores e independientes y compartía salidas familiares con su ex, a quien no soportaba.
Alizée actuó como amante, amiga y terapeuta.
Cuando regresaron, se despidieron con un cálido abrazo. Quedaron en volver a verse para la verdadera despedida.
Alizée se quedó cinco días más, de los que pudo ver a Aymé. Se vieron  la primera vez, cuando él pudo… Y los dos solos, sin miradas indiscretas, sin distracciones, dos días más, los del viaje romántico...
Alizée hizo el viaje de regreso con nostalgia. También con preocupación de ver el estado físico de aquel hombre que tanto amaba; el deterioro físico al que no ponía freno cuidándose más.
La tristeza la embargaba por momentos. Recordaba todas y cada una de las confidencias que Aymé le había hecho. Lo desgraciado que había sido en su niñez y juventud. Había sido la diana de su madre, de la que transmitió un retrato despiadado.
La incomprensión de una esposa que, a pesar de estar separados por decisión de ella, permanecía en su vida. Él lo permitía por sus hijos; eran felices viendo a sus padres juntos, aunque, cada uno, tenía su vida.
Su trabajo lo amarraba. Un negocio que le reportó excelentes beneficios, pero, aun sin necesitarlo, continuaba gestionando.
Su hijo, era más un ayudante, que el relevo que debería haber tomado las riendas hace años.
Y Alizée, lejos de él, a quien declaraba su amor cada vez que hablaban, o en las escasas veces que se veían.
Era todo surrealista. Podría irse con ella, aunque Alizée piensa que no lo aguantaría conviviendo un día entero.
Aymé, podría gritar al mundo "te quiero, Ali", sin embargo, permanecía estancado en su triste y rutinaria vida.
Anclado, cuando estaba con Ali, en un pasado. En lo que pudo haber sido y no fue.
Pero, él decide y, casi 50 años atrás, aunque lo dejó Alizée, él decidió dejarla ir.
Lleva toda su vida lamentándose por actos que son solo decisiones suyas.
Pudo cambiar el rumbo de su relación con ella y no lo hizo. Todavía podría, al menos intentarlo, pero no lo hace. ¿Cobardía?
¿Y Alizée? Alizée, me da la impresión, que idealiza a un hombre que no la merece.
Que no la suelta, pero no le dice “quédate”.
No fue tras ella de cara al mundo, pero a solas, no la deja volar.
¿La necesita? Quizá sí. A ratos, a instantes…
Y siempre está, lo sabe porque Ali expresa lo que siente. 
El de Aymé, es un amor egoísta del que creo que Alizée es consciente. Tiene más contras que pros; Ali solo valora esos pros, le aportan.
No necesita ningún Aymé para brillar, al contrario, Aymé la opaca,  Ali deja que él brille con la luz que a ella le absorbe.
Alizée es y será libre, incluso para equivocarse… Si es que se equivoca.

 Alizée, gracias.




 

jueves, 2 de mayo de 2024

ALIZÉE/CAP.7©®








 Alizée, desde hacía tres semanas, impartía clases particulares de declamación. Lo hacía en su casa, un entorno idóneo para ello.
Sus vecinos no eran ruidosos, tampoco numerosos; la finca tenía solo tres alturas y dos pisos por planta. La tranquilidad era la dueña de la casa. Desde cualquier rincón de las vistas, eran un espectáculo, pero desde el salón, a través de sus amplios ventanales, era un paraíso, que ayudaba a sus estudiantes a relajarse.
El Covid paralizó nuestras vidas y fue una siniestra sorpresa.
Para Ali, fue bastante más que para otros. Su vida “laboral” fue interrumpida violentamente, cuando apenas había comenzado. Los confinamientos impedían cualquier relación fuera de nuestro entorno de convivencia.
Sus clases quedaron paralizadas y no se sabía hasta cuando, por lo tanto, sus ingresos económicos también cesaron.
Intentó otros medios de trabajo. A través de una amiga, se enteró de que existía una actividad interesante: Los audiolibros.
Algo tan simple, a priori, como contar historias, generalmente, editadas en libro.
Había gente con diferentes discapacidades que utilizan este medio para tener acceso a todo tipo de lectura, en calidad de oyentes.
Alizée tenía una bonita voz y el arte de contar cualquier historia simulando varios personajes, también podía transmitir como nadie, el sentimiento o matiz adecuado.
Grababa varios audios por día. El primero que hizo tuvo bastante audiencia y la empresa dedicada a esta disciplina, le aconsejó que grabara lo máximo posible.
Tenía una pequeña cantidad de dinero asegurada, pero necesitaba más.
Empezó a hurgar por las redes sociales. Era neófita total, pero trasteando se aprende y se adquiere práctica.
Es así como llega a Facebook e Instagram.
Con una cuenta creada, que edita varias veces, empieza a publicar fotos de viajes y alguna de sí misma.
Pasado un mes, publicando cosillas y mirando lo que hacían otras, encontró a una chica de Chartres, su pueblo de origen.
La chica, Madelaine, había dejado de serlo. La foto de su perfil tenía 50 años de antigüedad, por eso la conoció, era la jovencita que recordaba.
Le hizo tanta ilusión que le escribió. La respuesta fue rápida y por Messenger. Se dieron los teléfonos y por la noche hablaron.
Madeleine no fue de la pandilla de Alizée, lo fue de clase y de verse por el pueblo.
La mujer le confesó que, dado lo que había pasado con la enfermedad y posterior marcha de la madre de Alizée, sus padres no la dejaban mantener más contacto con ella. Lo sentía muchísimo; cuando era más mayor, para comprender la injusticia de sus padres, Alizée, ya se había ido del pueblo.
Madelaine se casó y se fue a vivir a Marsella; hacía 8 años que había vuelto a Chartres, se quedó viuda, no tenía hijos y decidió ocupar la casa que sus padres, fallecidos, le habían dejado.
Ali no sabía donde estaba la casa exactamente, solo la zona.
Madelaine le dijo que vivía frente a la casa de los padres de Aymé.
Lo conocía perfectamente de cuando eran jóvenes, pero tenían cierta amistad desde que su padre había fallecido. Su madre, muy mayor, estaba en una resistencia de mayores y Aymé, cuando se separó, se fue a vivir a esa casa.
Madeleine era muy habladora, no hacía falta preguntarle nada.
Quedaron en volver a hablar y en no perder la relación.
Alizée estaba emocionada… Aymé.
Después de tantos años sin saber y sin verlo, regresaba a su vida. Tenía que hacer algo, su historia había quedado inconclusa y quería cerrar ese círculo. Por impulso, pensó que, quizá, ahí estaba el problema. Nunca más hablaron de su ruptura, en realidad, después de romper, no hablaron de nada. Para Ali significaba mucho, Aymé nunca había dejado de importarle.
No tuvo que ocuparse mucho, más bien, no se ocupó nada.
¡Al día siguiente recibe la llamada de Aymé!
Madeleine le había dado su número de teléfono. Seguramente, emocionada de haberse encontrado, se lo contó a Aymé y le pidió el teléfono, o directamente, se lo ofreció ella.
Alizée temblaba mientras escuchaba aquella voz; más ronca, pero no le era desconocida y todavía la seducía.
Lloraban de emoción, reían como chiquillos, nada había cambiado. Cuando estaban solos, el mundo dejaba de existir y ellos tenían su propio planeta.
Hablaron y hablaron después de ese momento. Un día tras otro; a cualquier hora. Alizée interrumpía lo que estaba haciendo cuando veía su número en la pantalla.
Él sabía cómo seducirla y ella se dejaba seducir, el clima era perfecto. 
Alizée comenzó a vivir como si hubiese vuelto a los 15 años.
A la gente muy joven, suele hacerle gracia, o se cachondean, de las personas que se enamoran a una edad madura. Creyéndose los reyes del mambo y los encargados de cambiar el mundo, su inexperiencia, lógica por los pocos años vividos, los convierten en bobos portadores de millones de hormonas en continuo movimiento.
Se siente lo mismo, se sueña igual. Se te eriza la piel, te pones tonto con una chorrada del otro… Te ilusionas.
¿Y quién no quiere vivir una emoción?
Desde luego, Alizée no estaba por la labor de dejarla pasar o pasar de puntillas; nunca lo había hecho.
Aymé parecía que tampoco, lo estaba dando todo en cada llamada.
También se contaron sus vidas, vividas cada uno por su lado; sin tapujos o miedos al qué dirán. Ali se desnudó ante Aymé como jamás lo había hecho con nadie, y tenía la convicción de que él había hecho lo mismo.
Para Alizée, eran dos almas enamoradas condenadas a encontrarse.
¡Por fin se podía viajar! La pandemia estaba controlada, manteniendo alguna que otra medida de seguridad y de sentido común.
Aymé no quiso ir a casa de Alizée, cuando ella se lo propuso, quería sorprenderla con algo especial.
Ese fue el motivo de que dejase a Aymé planear el reencuentro. Cerró la ferretería una semana y se encontraron en un punto común de Francia. Desde allí, en el coche de Aymé, se irían a Italia.
Paraban en pueblos tranquilos, no tan turísticos y repletos de gente; comían en restaurantes que él conocía y se alojaron en hoteles con encanto. Ruta y lugares que Aymé conocía de viajes anteriores con su exmujer. 
A Alizée le daba igual, dónde fuera si estaba él; era su manera de vivir, su manera de sentir.
Terminaron lo que habían empezado cuarenta años antes, en el desván de la casa de Alizée. El sexo con Aymé, también era especial para Ali.
¿Cómo pudo dejar a medias aquello? Se preguntaba en silencio. 
Quizá no hubiese sido tan estupendo… Pienso yo. ¿Quién sabe?
El viaje de vuelta no fue nostálgico. Alizée no tenía tiempo de pensar en negativo. Su cuerpo, su mente, habían vuelto a los 15 años.
La palabra que define su sensación y experiencia, es la de embriagada, de amor y vida.
Ya en su casa, por la noche, en la cama, recordó esa noche, cada beso, cada abrazo, mirada. Cada roce casual, como la cogía de la cintura.
Como enredaba su pelo suavemente con un dedo mientras le hablaba, y cómo se despertaban abrazados cada mañana.
Se ruborizó pensando en tanto y se acurrucó soñando con todo… 




GLORIAS POR LA GRACIA DE LAS PESETAS

 Hace unos días, saltaba la liebre. Un presentador, muy conocido, de la RTVE Canarias, fue invitado a un podcast. Entre varias declaraciones...