viernes, 29 de marzo de 2024

MARGARITA/CAP9©®

 






Margarita se despierta bien de salud y contenta.
El batiburrillo de mejillones y gambas no le había sentado mal; tampoco la botella que se metió entre pecho y espalda.
Saldría a un mercado al aire libre y regresaría al hotel para comer. Tenía la otra malla de mejillones para hacer y la segunda botella de vino como acompañante.
La maleta la prepararía después de comer y listo, a media tarde, rumbo a Vizcaya.
¡Oh! ¡Oh!
Recién salida de la habitación, y primer problema del día.
Yendo a desayunar, ve movimiento por el pasillo; jubilados con maletas, que también se amontonaban en el vestíbulo.
Margarita pensaba que tenía que dejar la habitación a las 12 de la mañana y no.
Vuelvo a recordar que Margarita no lee nada. Por supuesto, tampoco leyó que, las habitaciones, se dejaban a las 11 a. m; solo había leído las primeras frases del texto informativo sobre el horario del autobús.
La información sobre la hora de desalojar y donde guardar las maletas, si lo necesitaba, ya no llegó a leerlo.
Su primer pensamiento no fue que tendría que desayunar rápido para ir a toda leche a preparar la maleta y fregar todo lo del cocinado de la noche anterior. Lo primero en que pensó fue en los mejillones que pensaba cocinar para comer.
Agobiada, me llama de urgencia y me pregunta qué hace ahora con los mejillones.
Pues, hombre, si te los piensas traer a Vizcaya, los mejillones, bajarían solos del avión…
—¿Qué cojones vas a hacer? —le grité.
—¡Tirarlos! —continué gritando, no podía más—.
La tía dudando… ¡Debí decirle que se los comiera de desayuno!
Después de solucionado el tema mejillones, nos embarga la angustia por el tema maleta, bultos varios. ¿Qué carajo hago con los bultos a cuestas hasta la salida del autobús, a las 15:00?
¡Joder! ¡Margarita no leía, pero tampoco tenía experiencia básica en alojamientos!
La informé sobre lo que un hotel ofrece a sus clientes después de dejar la habitación.
Efectivamente, el hotel se hacía cargo del equipaje, como todo Dios sabe, menos Margarita, que ya se veía de un lado a otro con la maleta.
Dos problemas, ambos, solucionados.
Se pira a la calle para lo que tenía previsto y comer fuera. Se enredó más de lo que debiera, con uno que vendía fresones; cuando llegó, jadeando, todos los jubilados estaban preparados con sus maletas.
Fue rauda y veloz a recoger la suya y a hacer las reparticiones de cosas que llevar encima. En el aeropuerto tendrían que esperar varias horas y necesitaba tener encima lo necesario.
Ya estamos en el aeropuerto, después del “jari“de bajada de autobús.
Margarita vuelve a desesperarse, el vuelo saldría con retraso debido a la niebla que cubría el aeropuerto de destino.
Con solo 37 minutos de retraso, Margarita se parecía a Tom Hanks en “The Terminal”.
Por fin anuncian el embarque y, Margarita, me llama porque estaba atascada en el pasillo. La azafata, aviso tras aviso, no conseguía que aquella panda jubilosa se sentase de una puñetera vez.
Escuché hasta tres veces cómo mandaba que se sentaran; hablaba en inglés.
Lo mejor vino con el discurso de “abróchense los cinturones… El vuelo dura… Apaguen los móviles…“
Yo, traduciendo a duras penas, el volumen de la auxiliar era importante, el mío también.
De “jari” en “jari” y tiro porque me toca.
Mirando por la ventana, la niebla, cada vez más espesa, no me dejaba ver a 50 metros.
No se sabía si podrían aterrizar en el destino previsto, o los desviarían a unos 100 km, que en avión no es nada, pero, Margarita, venía con otro agobio.
El no novio iría a recogerla, pero al destino inicial, no pudo avisarle de las últimas incidencias.
¡Con lo ilusionada que parecía! Porque, el hombre, la llevaba a cenar al mejor restaurante de la zona.
¡Tuvo suerte la “jodía”! La niebla se había ido alejando de la costa, la tenía yo alrededor de mi casa.
Aterrizó a la hora prevista, “jari” finiquitado, hasta mañana por la mañana, que me llamaría para contarme cada plato del menú.
Así fue, cabreada como una mona, porque se había despertado pronto… ¡Maldita vida!
Había cenado estupendamente; almejas y rape al horno, de postre el no novio; esa noche durmieron juntos.
A media mañana me envía un wasap; en el buzón tenía una carta del IMSERSO para otros días de relax.
Esta vez era para un balneario donde Cristo no puso pie, ni hay GPS que lo localice.
El balneario era espectacular; lo busqué en Google, a sabiendas de que, Margarita, podría embarcarse en otro proyecto sin saber las coordenadas.
Estaba en un pueblo, rodeado de montañas y muy verde. Alrededor, habría unas 10 casas, y quizá, alguna de ellas, no fuese de ningún empadronado, sino casas para turismo rural, con lo cual, era un lugar tan precioso como inhóspito.
Margarita, que se quejaba de que, en el último pueblo de donde acababa de llegar, no había taxis; en este destino, dudo que hubiese burros para todos. El tapeo, que tanto gusta a mi amiga, es sustituido por rutas monte arriba y mucho aire puro, que no le gusta nada.
Y así se lo expliqué, no todo, cuando, únicamente, le había dado dos detalles, ya rompió la carta y no quiso saber más.
Ahora, tengo yo que idear cómo me desconecto del mundo y me bajo de la vida, cuando Margarita se vaya al jubileo de jubilados próximamente.

“Será ma-ra-vi-llo-so, viajar hasta Mallorca“…


PD: Esta historia está basada en hechos reales. 
Cambié el nombre de la protagonista y los de las localizaciones.
Gracias a mi amiga, a su vez, amiga de Margarita y sufridora paciente de sus vicisitudes.
Recordad: ¡Los amigos de mis amigos, no tienen por qué que ser mis amigos!

jueves, 28 de marzo de 2024

MARGARITA/CAP8©®

 






Margarita, ya sin paseos imprevistos al baño, fue a su anterior habitación a recoger algunas cosas que había dejado. Tuvo que avisar a recepción para que le abrieran la puerta; la de Bilbao, si estaba viva no respondía. Al abrir, la habitación estaba vacía, pero, la mujer, tenía sus maletas hechas. Esto le extrañó, se había pasado acostada cada día y las maletas preparadas también era raro, se marchaba un día después que ella... Mejor no pensar.
Se fue al comedor del hotel; dentro del menú había arroz guisado y le pareció bien comerse un plato.
Subió a hacer la siesta, estaba cansada de tanta “pérdida”. Cuando subía, se encontró a la zombi por los pasillos. Le preguntó qué tal estaba.
La mujer, rápida y firme, le respondió que estaba encantada.
Por lo visto, estas dos se estuvieron aguantando a duras penas y una puta diarrea fue la solución a su problema.
Después de la siesta, tenía que salir, se quedó sin tabaco. Aprovecharía la salida para comprar jamón serrano de merienda. El guiso de arroz no le sentó mal; por lo tanto, sigamos para bingo, llenando el buche.
Y, bueno, sabemos lo que pasa cuando vas al súper. Entras, porque te hace falta medio kilo de tomates y canela en rama, pero sales con, los tomates y la canela, más, una bandeja de pechugas de pollo, una bolsa de rúcula, 2 paquetes de Doritos, pan Bimbo y un brik de zumo tropical.
Y Margarita, entusiasmada con su habitación/apartamento para ella sola, aprovechó la coyuntura de que podía cocinar y se trajo dos mallas con mejillones y unas gambas, con dos botellas de vino.
No vio las velas, si no las hubiese comprado para acompañarse en la cena íntima que pensaba preparar.
Cuando me lo contó, mi nivel de asombro ya estaba anestesiado, después de tantos días de alucine sin parar.
Aun así, le dije si veía conveniente darle tanto trabajo a un aparato digestivo sensible.
Pues, sí, lo veía más que conveniente, necesario. ¡Al día siguiente se marchaba e iba a hacer lo que le saliera del moño!
¡Pues ya estaría!
Con la pretensión de disfrutar, haciendo lo que le saliera del papo, salió de Vizcaya.
Pero las circunstancias se le volvieron en contra ni bien llegó a su destino. 
¿Ahora tentaba a la suerte? ¡De puta madre!
El intestino y el culo, que lo debió haber quedado pelado como el de un mono, eran suyos.
A última hora de la tarde le volvió a entrar el agobio.
En Vizcaya, es propietaria un segundo piso, producto de una reciente y desgraciada herencia.
Sin padres, hereda la propiedad de su único hermano; encontrado muerto por causas naturales, después de varios días, en ese piso.
¡El piso es un poltergeist! Cuando fue a limpiarlo, las luces se encendían y apagaban solas. Todo esto, versión Margarita con varios vinos encima… Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
Decidió alquilar el piso, pero, por cuestiones legales y oficiales, no debe.
Alquilarlo en negro es un riesgo; si tuviese problemas con los inquilinos, no podría reclamar ni denunciar. Y sabemos que los problemas acompañan a Margarita, no la sueltan de la mano.
Entonces, su no novio le dice que tiene un empleado de confianza y anda buscando dónde alquilar.
¡Justo! Lo ideal para Margarita. Le alquila a este chico una habitación y un baño.
¡Claro! Todo muy normal, le dije a Margarita.
—¿Y el resto del piso? —pregunté.
—No sé, tendré que poner cerraduras para que no ande por todas las habitaciones —dice—.
La tía alquila dos espacios dentro de un piso a alguien que va a estar solo…
Pues, al estilo Margarita.
Total, que ese día, iba a ir un fontanero a arreglar la cisterna del baño alquilado. Su hija había quedado de encargada del recado.
Cuando llegaron, hija y fontanero, al piso, no pudieron entrar. El inquilino tenía cerrado por dentro y las llaves puestas; estaba dormido, un sueño parecido al de Margarita, y no lo despertaba ni Dios.
Margarita, desesperada a tropecientos kilómetros, intentando poner orden a un desorden organizado.
Al final, lo solucionó el no novio cuando el empleado se presentó en el trabajo.
Margarita pretendía que el no novio le echase la bronca que ella no podía en ese momento, pero, el hombre, parece que es un imbécil sin carácter, versión Margarita.
Después del disgusto, me volvió a llamar; podía escuchar cómo sorbía los mejillones y chupeteaba las cabezas de las gambas.
Era su última noche en el hotel, en ese pueblo estupendo, dónde no había salido el sol desde que Margarita puso el pie, después de meses y meses sin haber caído una gota de lluvia…
También era su primer viaje en comunidad, todo un reto para alguien antisocial.
Entre lo uno y lo otro, cualquier persona se habría echado a correr, o no pensaría en repetir la experiencia; sin embargo, Margarita, tenía otro viaje pagado, que no pensaba en anular.
Bueno, tendrá la ensaimada asegurada; lo demás, será todo un reto por descubrir.
Ahora, solo pensaba, entre gamba y mejillón, en la última mañana que le quedaba, al día siguiente.


miércoles, 27 de marzo de 2024

MARGARITA/CAP.7©®

 





Pues sí, casi se ahoga y casi le cae el cigarro de la mano.
¿Qué vio, Margarita?
¡Vio llegar tres ambulancias a la puerta del hotel!
Todavía en shock, entra temerosa, o en trance; ve que hay mucho movimiento por el vestíbulo y se percata de que todo el personal lleva mascarilla.
Preguntó, temblorosa, qué carajo estaba pasando ahora?
Había un brote de gastroenteritis en todo el hotel; algún jubilado tuvo que ser hospitalizado, los demás, estaban casi todos malos…
O sea, su compañera de habitación, tenía gastroenteritis; no sabía desde cuándo, y la mayoría de los alojados, estaban jodidos.
Margarita no sabía qué hacer, si rezar, aunque no estaba muy cerca de Dios, o salir cagando leches para Vizcaya.
Pero, la pela es la pela, tendría que gestionar la vuelta anticipada, no sería ni rápido ni barato, descartado. Decidió que la vida fluyera y no volver a comer nada en el hotel.
¿Gastroenteritis? ¡Ja! ¡La mierda de comida que les estaban dando!
Afortunadamente, Margarita, hacía unos días, que comía lo justo en el hotel.
Había encontrado un garito en el pueblo, bueno, bonito y barato. O eso pensaba.
Me mandó por wasap una foto del menú; era un batiburrillo de tapas, todas con fotos y precio, en español e inglés. Ni era bueno, era horroroso estéticamente y barato, posiblemente lo era, ajustado a la calidad que ofrecían, parecido al hotel, aunque más variado.
Unas tapas enormes de almeja “coquina” o pulpo a precio de saldo.
Ahí, en un garito, especialmente diseñado para guiris, Margarita se hartaba de tapas y vinos.
Cuando volvía al hotel, tomaba el postre y se iba a la función musical nocturna, templada como una gaita.
Su compañera continuaba postrada; el brote de cagalera había cesasado, pero estaba como un trapo.
Al final, la señora no se marchaba a Bilbao antes de lo previsto; su hija no pudo encontrar un vuelo ajustado de precio.
Margarita ya había decidido cenar en el “gariguiri” del pueblo y, después de hacer un poco de tiempo, mirando desde el balcón como se iban las ambulancias, se fue de camino al pueblo.
Pidió una macro tapa de pulpo a la gallega, y otra de “coquinas”, todo ello, perfectamente regado con vino tinto.
Era complicado estar comiendo y pensar al mismo tiempo en procesos diarreicos, pero lo hizo, echando la vista atrás, a todo lo sucedido desde que llegó al pueblo de la luz y el sol y su puñetera madre. Todo había ido de culo, empezando por la meteorología que no le dio tregua, apenas un poquito el primer día.  El resto del tiempo, la lluvia, el viento y la de Bilbao hicieron que, por primera vez, desde que la conozco, su carácter estuviera justificado.
Sus quejas eran absolutamente entendibles y sus agonías estaban cargadas de razón.
Margarita se prometió a sí misma, que los tres días que le quedaban, los disfrutaría a tope. Ni la lluvia, el frío, o su compañera de cuarto, se lo iban a estropear.
Claro… Ni la lluvia, ni la tempestad, ni la de Bilbao… No contó con la maldición de las “coquinas“o con la del virus gastrointestinal.
Algo estaba por llegar y llegó.
A las dos horas de haber cenado, afortunadamente, ya en su habitación, con el bulto acostado en la otra cama, ¡llegó!
¡Y cómo llegó! Su culo empezó a descargar como la DANA lo había hecho días antes, de manera abrupta, a lo bestia, sin conocimiento y sin límites.
¡Su intestino era como una churrería en la fiesta de La Almudena! ¡Un no parar!
Le di algunos consejos entre descarga y descarga y, descargando, nos dimos las buenas noches.
¡Se le estaba yendo la vida por el culo!
Después de varias horas de “imaginaria“ se durmió.
A la mañana siguiente me llamó.
Me da los buenos días y me pregunta qué hace, porque tiene hambre.
—¿Comer? —le dije.
—¿Y qué como?
—Un “arrocito” en blanco, ¿cómo te viene?—
—¡Joder!—.
¡Jodamos! ¿Qué coño pretendía comer, después de horas de expulsar la vida entera?
Esa mañana, le llega la noticia de que la cambian de habitación. Los últimos acontecimientos diarreicos habían propiciado que el hotel tomara medidas según protocolos.
Margarita, de repente, fue feliz; todo se iba ajustando en su organismo y, encima, por fin, estaría SOLA.
¡Eso había que celebrarlo, y no precisamente con arroz “triste“!



martes, 26 de marzo de 2024

MARGARITA/CAP6©®







Margarita llega de la ruta del “pescaíto” desazonada. No solo llovía como si San Pedro abriera las compuertas del cielo, también había vendaval. Solo faltaba que bajaran las temperaturas y cayera granizo como pelotas de golf…
Es sabido, que una DANA, es especialmente destructiva en el sur; apenas llueve, pero cuando lo hace, es “sin conocimiento” y sin límite.
Margarita había tenido la suerte de culo y el karma la poseía.
Llegó al hotel a la hora de comer; la zombi continuaba acostada.
Se cambió de ropa y bajó a comer. Es, en la zona de recepción, donde confirma sus sospechas sobre la compañera de habitación.
No, no moriría de inanición o por abandono.
La tía bajaba tres veces al día para las comidas y, ese día, cuando Margarita luchaba contra las inclemencias del tiempo, la señora, presuntamente moribunda, salió a la farmacia. Contra viento y diluvio, la señora, después de zamparse un desayuno cojonudo, fue a comprar Ibuprofeno.
Margarita, ya estaba segura de que aquella mujer era una mentirosa patológica. Esta vez, tenía un gran motivo para estar cabreada.
Pasó la tarde por el hotel; aprovechó que el día, en la calle, no daba para más, y se fue a una sesión de gimnasia de mantenimiento. El hotel daba este servicio “especial” a los “jubiletas” que se atrevían a meterse en estos viajes que los llevan en manada de un lado para otro.
 A las 9 de la noche se fue a cenar; su pretensión era cenar pronto y bajar a la actuación que había cada noche.
Así lo hizo; acompañada de su inseparable gin-tonic, se sentó en primera fila.
En un gran escenario, todo era enorme en ese hotel, se presenta el cantante.
Un chico joven, de unos 35 años, pantalón vaquero con rotos y camiseta blanca ajustada.
Como acompañamiento, un aparato de donde sonaba música “enlatada”, que programaba desde un ordenador portátil.
El tío estaba bueno; aunque tampoco podrías distraerte con otra cosa.
Los espectadores, o estaban beodos como ella, o dormitaban en las sillas.
Los valientes bailaban, algunos como podían. Unos se sujetaban a sus parejas de baile, para no caerse, otros, parecían descoyuntarse por el querer y no poder; sus caderas y rodillas iban a otro ritmo, mejor dicho, no iban a ritmo ninguno.
Margarita no bailaba, estaba convaleciente de la rotura de un tobillo; además de no gustarle nadie como para compartir baile.
 «¡Ay, qué te como¡¡Ay, qué te voy a comer!», la sevillana elegida, Margarita, se iba imaginando lo que quería “comer”.
Me envió un vídeo ilustrativo…
Margarita, cuando subió para acostarse, se había convertido en Margarita la Cachonda y no precisamente por simpática.
Había visto a su Ken cada día, pero estaba tan ocupada en su pareja de habitación y sus vicisitudes, que las mariposas de la libido las había tenido dormidas… La Barbie sobrevalorada, se había quedado prendada.
No era difícil, entre tanto jubilado, que ella descarta de entrada, ¡y mira qué tendría para elegir! En cinco autobuses, más o menos, la mitad de sus ocupantes eran hombres.
Algunos iban acompañados, pero, así a ojo, unos 70 hombres, tendría para elegir.
Pronto la bajó su compañera de cuarto de la nube.
Se encontraba peor; había hablado con su hija para volver a casa. En el hotel no le gestionaban el viaje de vuelta porque no era la fecha fijada en el contrato. Su hija se lo estaba arreglando; 200 euros le costaba la broma.
Margarita estaba harta de aquella mujer. Sus mentiras, su malestar desde que llegó; la incomodidad de nunca poder estar sola en la habitación, puesto que, la de Bilbao, allí estaba siempre. ¿Iba a fastidiarle el sueño húmedo con el cantante andaluz?
¡No! Le dijo que estaba muy cansada y quería dormir. Se tomó la pastilla de la felicidad y sonriendo a lo bobo se durmió.
A la mañana siguiente no se acordaba de lo que había soñado. Desperezándose, todavía acostada, recordaba al cantor de Híspalis de la noche anterior. 
Margarita… Una sesera de 18 años, metida en un cuerpo de 66 poco agraciado.
¡Pero bajó del cielo como una plomada!
Su compañera había resistido una noche más, pero no para mejorar.
Antes de bajar a desayunar, llamaron a la puerta. Una de las camareras de piso venía a ofrecerle una manzanilla a la señora.
¿Una manzanilla? 
Margarita le preguntó qué le pasaba; la manzanilla, ¿qué pintaba en una caída? Pues, obvio, ¡Nada!
La señora tenía "escapes" anales, algo no le había sentado bien.
Margarita bajó a desayunar; su cabreo, su bufido al respirar, podría escucharse en Gibraltar.
¡Era lo que faltaba! La señora se cae el primer día; se pasa los días encerrada en la habitación y ahora, ¿se caga viva?
¿Qué más podía pasar?
No quería pensar… Bueno, afortunadamente, Margarita pensaba poco, no estaba entrenada para ese esfuerzo.
No quería tensar más al karma que llevaba encima desde que salió de Vizcaya.
Aun así, cabreada nivel Dios, desayunó de puta madre; los problemas con la panza llena, parecen menos problema… Salió a fumar. No se quedó en la puerta del hotel, como solía hacer; se fue paseando por los aledaños.
Necesitaba respirar…
De repente, dando una calada a su cigarro, casi se ahoga.
No, no se atragantó con el humo…






lunes, 25 de marzo de 2024

MARGARITA/CAP.5©®





El percance nocturno de la compañera de Margarita, se produjo cuando la bilbaína se levantó para ir a hacer pis. Al terminar la micción, no sabe cómo ni por qué, quizá la prótesis de rodilla tuviese alguna interacción, se cayó tan ancha como larga.
Allí, tirada, durante un tiempo indeterminado, arrastrándose como pudo, pudo llegar a la cama y acostarse.
Margarita escuchaba alucinada su relato. Le preguntó el porqué no la había avisado y le respondió que, por no molestar…
¡Pues ya estaría! Tenemos a dos lerdas conviviendo en el mismo espacio.
Una, se llena el buche de cañas, vino y cubatas, remata con la pastilla del sueño, entra en trance y no hay Dios que la despierte.
Y la otra lerda, se “hostia” en el baño y no dice ni mu. Reptando, se acuesta y tan pancha.
Total, Margarita la ayudó a levantarse y la acompañó al baño. Me dijo que notó un tufillo cuando la levantó, como a pis.
Pudiera ser que la señora tuviera “escapes”, o que tuviera ganas de orinar y, para no molestar, y al no poder levantarse sola, se lo hizo encima. No se sabrá.
En el baño, deja Margarita a la mujer y baja a desayunar.
Entre las colas para el buffet, tomar el desayuno y salir a la puerta del hotel para fumar, habrían transcurrido 40 minutos.
Cuando vuelve a la habitación, se encuentra a la señora en cama y mil tenderetes de ropa lavada y tendida por toda la habitación y el baño.
Extrañada por la escena, le preguntó qué tal estaba. Le respondió que estaba muy dolorida y que se quedaría acostada.
Margarita no sabía lo que hacer; tenía a su compañera postrada, ella quería irse como cada mañana y le daba no sé qué dejarla sola.
Hablando después conmigo, le dije que no era problema suyo. Podría ayudarla en alguna cosa puntual, avisar a alguien del hotel, pero no era su cuidadora.
Es más, ella, que monta pollos por cualquier chorrada, esta vez, sentía una responsabilidad que no le correspondía y se mantenía en posición absurdamente empática.
Le sugerí que dijera en recepción lo que pasaba y le cambiaran la habitación.
Su vecina estaba jodida, pero ella había ido de vacaciones, no conocía de nada a la señora y no tenía vocación de enfermera.
Desesperada, como siempre, Margarita me dijo que se iba a pasear y esperaría acontecimientos; según cómo desembocara aquel suceso, pediría un traslado de habitación.
Aquella mujer estuvo en cama todo el día.
Margarita, dedicada a su rutina, cada vez que volvía al hotel, allí se la encontraba, vestida, con ropa de calle, metida en la cama.
Esa noche, después de la caída confesada por la interfecta, le contó a Margarita toda su patética vida; quejándose constantemente de que, para estar así, mejor estaría en su casa.
Margarita no dejó de preocuparse un segundo; tenía sus dineros en la habitación y, aquella señora desconocida, veía cuando cogía una cantidad y volvía a guardar el resto. Me imagino a Margarita contando cada día los euros, para ver si faltaba más dinero del que ella cogía…
La habitación olía a “señora sin airear”; desconocía si la muerta viviente dejaba entrar a los servicios de limpieza. Suponía que sí, porque el baño no estaba sucio, pero el olor…
Cuando Margarita subió, después de cenar, la otra mujer estaba hablando por teléfono.
Supuso que la interlocutora era la hija de la señora.
Evidentemente, le estaba narrando toda la odisea que estaba sufriendo.
Después de unos segundos de silencio, durante dicha conversación telefónica, la mujer, respondía muy enfadada.
¡“Yo no miento, ni estoy exagerando nada”!
Después de colgar la llamada, mira a Margarita y le dice que siempre le dicen lo mismo.
Ya acostada, Margarita, dispuesta a dormirse, piensa en todo.
Le resonaba lo de mentirosa y empezó a atar cabos.
A la mujer zombi, siempre la encontraba acostada, pero, suponía que bajaba para hacer las tres comidas diarias; no sabía a qué hora, porque nunca la veía, pero, bajaba por sí misma al comedor.
También recuerda la mañana después de su caída, cuando le pide ayuda para levantarse.
Y lo extraño que le pareció que, minutos después de aquello, mientras bajó a desayunar, la zombi que decía no poder casi moverse, había hecho la colada y la había tendido por todo el cuarto en tiempo récord, dado su presunto estado de movilidad reducida…
Porque eso se encontró Margarita cuando subió. Empezaron a no cuadrar cosas o comenzó a juntar las piezas del puzzle.
Margarita tenía que madrugar, por lo que, además de poner el despertador, le dijo a su no novio que la llamara por teléfono a las 8 y media.
La vecina momificada también sabía lo de la visita turística; en un alarde de agradecimiento, o sabe Cristo el qué, le hizo el favor de despertarla…
¡A las 7 y media¡ Una hora antes de lo previsto, sobresaltaba a Margarita y la despertaba de su letargo.
Margarita saltó de la cama con cara de Doberman; normalmente la tenía de Bóxer, aunque sin babas.
Mientras cogía ropa para arreglarse en el baño, la de Bilbao le contó que, la tarde anterior, había bajado a la consulta del médico del hotel. Le había recetado Ibuprofeno y tenía que bajar a la farmacia. La manera de decírselo, a Margarita le sonó a petición, pero, acordándose de todo lo que había sospechado anoche, no se ofreció a ir a la farmacia.
Tenía su visita turística y pasaba de aquella mujer que intuía muy mentirosa o con falta de atención, por eso lo exageraba todo.
Y con la misma, se fue a la visita guiada a un pueblo cercano, que culminaría con un aperitivo a base de cosas fritas del mar.
Me llamó ni bien llegó, a mediodía, del viajecito…
El autobús tenía casi todos los asientos rotos y, las rajas más grandes, estaban pegadas con cinta marrón de embalaje…
El día amenazaba lluvia, pero del tipo alerta meteorológica, que sí la había, pero, como sabemos, Margarita no lee, Margarita no ve las noticias, Margarita existe porque estaba de Dios que existiese.
A mitad del trayecto, la amenaza se hizo efectiva; caían chuzos de punta, y el Diluvio Universal a ratos.
Y, como es normal, la alerta por lluvia, la conocían en todo el pueblo, donde los pocos negocios que había, estaban cerrados.
Solo el local que los iba a agasajar, con manjares del mar fritos, estaba abierto.
Las visitas panorámicas a las famosas playas de la zona, el recorrido por el puerto pesquero y el paseo por la calle principal de la localidad, fueron suspendidas por sentido común e imposibilidad meteorológica.
Margarita, con los dedos impregnados del aceite de la “fritodesgustación”, a través del ventanal del bar, pudo ver cómo jarreaba en la calle.
Hacía meses, pero muchos meses, que no caía una gota de lluvia en esa zona…
Yo pude confirmarlo viendo las noticias de ese día: destrozos en construcciones a causa de la lluvia, playas, literalmente engullidas por el mar e incluso, algún tornado.
¡Faltaban Noé y el Arca!

viernes, 22 de marzo de 2024

MARGARITA/CAP.4©®

 




Margarita llegó al pueblo, literalmente asfixiada. Me llamó quejándose de que, en todo el trayecto, no había visto ni un bus urbano y, en el pueblo, tampoco veía parada de taxis. Efectivamente, echando un vistazo por internet, solo circulaban autobuses interurbanos; era una localidad muy pequeña. Y de taxis, olvídate, habría uno: la furgoneta blanca de Pepe “el Bollo”, el panadero que, cuando terminaba de amasar y dejaba la masa madre en reposo, si alguien necesitaba un traslado, allá que iba.
¡Total! Margarita se va para el puerto; a la mujer le gusta el pescado, al pil-pil, o vivo y coleando.
Puerto arriba, puerto abajo, intentaba disfrutar de la mañana, cuando recibió una llamada.
¡La llamada!
Segundos después, me llamó, pero yo estaba hablando por teléfono; vi que era ella la llamada entrante y seguí con mi conversación, la llamaría después.
Cuando terminé mi charla, tenía dos wasaps suyos. 
“LLÁMAME CUANDO PUEDAS”, a las 20:19, y “URGENTE”, a las 20:19…
¡Es incoherente, incluso escribiendo mensajes! Urgente, no tiene que coincidir con cuando pueda.
Y, sí, siempre escribe los mensajes con mayúsculas; ¿Por qué? I don’t Know…
Llamé y no contestó; pensé que estaría dándole la chapa a la hija y que esa urgencia vendría dada porque, seguramente, se había enterado de que tenía compañera de habitación.
Así fue, estaba hablando con su hija y la habían llamado del hotel, ¡habemus chica nueva en el cuarto!
O conozco demasiado a Margarita, o debo abrir un gabinete esotérico ya.
¡Desesperada! Al borde del parraque se encontraba Margarita.
¡“No había derecho a aquello!”, gritó a quien la llamó.
Sí, había derecho, lo había firmado cuando gestionó el viaje. Se lo habían leído en la agencia, como los testamentos en las notarías. 
Pero no, para Margarita no hay derecho que valga. Había dejado su dinero en el armario, las chanclas en mitad del baño y las bragas sucias metidas en el cajón de la mesita dentro de una bolsa…
Del cabreo, decidió quedarse por el pueblo, regresaría a la hora de la cena, así me lo dijo y así se lo comunicó al hotel cuando la habían llamado.
Al día siguiente me llamó por la mañana y me contó la incidencia de la noche anterior.
Como había anunciado, después de tapear y beber lo que quiso, regresó al hotel. Montó el pollo en recepción, por no haberle dicho que otra persona entraba en la habitación. Le respondieron lo mismo, y ante su insistencia, un “es lo que hay” terminó con la queja. Ardida, que no ardiente, se fue al comedor. Entre bocado y bocado, sin hablar con nadie, pensaba en cómo sería la convivencia. La tele, ¿Y si no le gustaba? O quería ver algo que ella detestaba. ¿Sería fumadora? Aunque, Margarita, ya no fumaba en el balcón; se tropezó con un cartel, que advertía de multas de 300 euros si alguien fumaba dentro de las instalaciones.
Todas esas preguntas quedarían resueltas en breve.
Cuando entró en la habitación, se encontró a la mujer en la cama.
Habían hecho cambios en el mini apartamento; la cama grande ya no existía. En realidad era una cama doble, y las separaron colocando la mesita (donde, dentro del cajón, estaban las bragas) entre las dos camas.
La mujer, tímidamente, se disculpó por haber irrumpido en su espacio y también por no haberla esperado abajo. Venía de Bilbao y tenía una prótesis de rodilla que le dolía bastante, motivo por lo que estaba acostada.
Margarita, educadamente, le dijo que no importaba; además, la bilbaína no tenía de qué disculparse.
Había echado una toalla por encima de la colcha, tenía frío; Margarita, muy atenta, se dispuso a coger una manta del armario.
No había nada, por lo que bajó a la recepción a pedirla. Les subieron dos mantas que parecían de esparto o “vintage”, de la posguerra.
Al ir a echarle la manta por encima, tropieza con algo. Era un CPAP (aparato usado principalmente para quienes sufren de apnea del sueño).
La mujer le dice a Margarita que no se preocupe, apenas hacía ruido; lo necesitaba porque era asmática.
¡Menos mal que ya no fumaba en el balcón!
Quienes fuman, saben que, te pongas donde te pongas, para que el humo no moleste, el humo siempre va, con o sin viento, donde más estorba. ¿Te vas al balcón? Si no cierras la puerta, ¡se mete en la habitación!
Es una ley no estudiada científicamente, pero es impepinable.
Cuando la de Bilbao se lo colocó, era verdad, apenas se oía. Aunque con un “Lorazepam” que se tomaron cada una, el de Margarita, mezclado con varias cañas y el vino de la cena, el aparato podía sonar como la sirena de una ambulancia que no les hubiera perturbado el sueño.
También, Margarita, tenía que concentrarse para pensar qué visita guiada elegía.
Encontró un papel con varias opciones de diferentes salidas, todas carísimas.
¡Claro! Os dan un mojón de comida; no hay nada verde en el buffet, ni unas tristes hojas de lechuga “Iceberg”. Venga pasta y pasta; el pescado, es merluza congelada preparada de todas las formas posibles. Los tratan como ganado, a bulto. Por 330 euros, diez días ¿Dónde sacan la pasta? Aparte del plus que les da el Gobierno, ¡de las rutas turísticas, hija!
Esto es como los colegios concertados; pagas una mierda por las clases, pero te lo empluman en las actividades extraescolares y el comedor.
El día siguiente transcurrió con normalidad; hablé con Margarita a mediodía, la señora acompañante era tranquila y apenas se veían, después de salir de la habitación.
Margarita se va por la mañana, vuelve a comer, se echa una siesta y vuelve a salir.
Ya conoce todos los puntos alcohólicos de la zona y procesiona por cada uno, a falta de sol, para poder estirarse en la playa como un lagarto.
¡Va a regresar a Vizcaya más blanca de lo que se fue!
Un día entero de normalidad era demasiado…
Las nuevas incidencias no se hicieron esperar y, después de una noche en calma, amanece con tempestad.
Las dos se despiertan casi al mismo tiempo y la de Bilbao, todavía acostadas ambas, le dice a Margarita si la ayuda a levantarse.
Margarita le preguntó qué le pasaba.
Le dijo que se había caído de noche, cuando fue al baño…







miércoles, 20 de marzo de 2024

MARGARITA/CAP./3©®

 




Después de una noche más fresca de lo que pensaba, Margarita me llamó por la mañana.
No era para darme los buenos días únicamente, más bien era, para empezar a darme el día; aunque, no puedo negar que me divierten sus historias y, sobre todo, su manera de afrontarlas.
Me dijo que iba a ir a dar una vuelta por el pueblo, después de desayunar.
Al rato, vuelve a llamarme desesperada…
La hora del desayuno la tenían establecida hasta las 11 de la mañana. Un amplio margen de tiempo, ¿verdad? Efectivamente, salvo sí coincides, en espacio y tiempo, con ciento y pico de personas. 
Aunque se desarrolle de forma escalonada, porque no bajan todos juntos, el circuito del buffet está siempre como el metro en hora punta.
Y se produce la misma problemática que al subir al autobús: ¡Decidir qué desayunar!
Si Juan va acompañado de su mujer Finita, Finita elige y sirve el buffet de ambos, porque así hacen en casa. Dispone Finita, y Juan se deja disponer muy a gusto.
Si Juan va solo, puede ser un reto elegir qué desayunar, y un logro, coger la taza grande o mediana, el plato bajo la taza, el plato del bollo; ¿tenedor y cuchillo? ¿Cuchara de desayuno? ¿Cucharilla? Manejar las pinzas correspondientes; ¿Zumo? ¿Qué tipo de vaso? La leche desnatada, semi…  Juan, en su casa, coge la taza de “Abuelo, eres el mejor” y, con la misma cuchara, echa el Nescafé, el azúcar y lo revuelve todo.
Es decir, que ni empezando a dar los desayunos a las 4 de la mañana, la cosa iría fluida.
Margarita se vio inmersa en la marabunta, haciendo cola como en Zara la víspera de Reyes.
¡Tenía un cabreo cojonudo! Para colmo, en el pueblo de la luz, el sol y temperaturas agradables, estaba nublado; pero nublado de cirros de color negro amenazantes y  14 grados de temperatura.
Margarita estaba como en Vizcaya, con una maleta cargada de tops y vestidos de tiras y rodeada de casi 200 personas para desayunar, comer y cenar.
Cuando alguien se siente muy jodido, solemos pensar que nada puede empeorar. ¡Es mentira!
Se le acerca una compañera de excursión y le pregunta qué tal todo. Margarita se queja, no podía ser de otra manera; la compañera le dice que no se queje tanto, al menos, tenía habitación/apartamento para ella sola.
Margarita se extraña, recordemos, Margarita no lee nada de nada. En la contratación del viaje, por medio del IMSERSO, lo habitual, es compartir habitación, salvo que pagues un suplemento de 20 euros por día.
 A Margarita podrían meterle a otra persona, pues, o llegaban más autobuses, o había cambios tras las adjudicaciones de habitación, por alguna causa.
Para colmo, había echado una visual al panorama masculino y allí no había ninguno a quien mirar dos veces.
La tranquilicé a mi manera…
También le advertí sobre el tabaco; ya había tenido una experiencia negativa meses antes, casi la echan del hospital por fumar.
Cogió el abrigo que llevaba puesto cuando salió de Vizcaya, y que no pensaba volver a usar hasta la vuelta, y se fue a conocer el pueblo, cabreada como una mona.
Lo peor estaba por llegar y no era la lluvia, ¡qué también llegó!
Antes de irse, cuando bajó al macro desayuno, más parecido a un botellón de la tercera edad, y antes de salir a pasear, observando las nubes con el ceño fruncido, pudo fijarse más en el hotel.
Era un enorme complejo, una colmena, donde todo era de grandes dimensiones; muy típico para acoger ese tipo de excursiones multitudinarias. Poco acogedor, aunque los excursionistas, paran poco dentro, se pasan el día de gira y, si llueve, les da igual quedarse jugando a las cartas en algún salón, especialmente reservado para ellos, o, lo que es igual, el más horroroso del hotel.
Pero, Margarita, va a su bola; ella busca cañitas, tapas y a Bond, James Bond...
Allí estaría ella, abierta a todo, cual chica Bond, dispuesta a salir del mar, contoneándose y escurriendo el agua de su sedosa melena...
Ni era sexi, ni su melena era suave; pero, de mojarse, había una alta posibilidad de que le cayeran unos cuántos litros de agua, pero del cielo.
Y con esas perspectivas climatológicas, se fue calle abajo, muy abajo. El hotel no estaba lejos, pero tampoco estaba al lado del pueblo. 
¡Qué importa! Era una de las afortunadas excursionistas, no tenía muletas, tampoco bastón, así que, ¡arreando!




lunes, 18 de marzo de 2024

MARGARITA/CAP.2©®

 






Margarita inició ese vuelo cabreada; no podía ser de otra manera, es su estado natural.
Su no novio la había acercado al aeropuerto; cuando se enteró de que, a la gran mayoría de sus compañeros de viaje, los habían llevado en autobús, puso el grito en el cielo y, cómo no, me trasladó sus quejas.
Sus compañeros venían de otras comunidades, ella y cuatro más, estaban a diez minutos del aeropuerto.
La tía no lo entendía... ¡Y mira que es fácil! Sus circunstancias, por proximidad, eran diferentes. ¿ Qué quería? ¿Un pase gratis de bus urbano?
Desigualdad, veía ella.
Margarita y "problema infundado" de apellidos.
Ahí van por las alturas, después del "jari" montado para subir a tropecientos jubilados, repartidos en 5 autobuses.
Aterrizan en el sur; unas cuantas horas por ahí perdidos en un aeropuerto con acento andaluz, a la espera de los autobuses, que los llevarían al centro base.
Margarita, más perdida que ninguno; porque quiere. Es un poco antisocial e intenta ir por libre, por eso se mete en un "fregao", con cerca de 200 almas que hablan, respiran, se mueven y se relacionan entre sí...
Muy coherente; todo en Margarita es pura coherencia, quizá por eso, porque carece de un mínimo de sentido común, vive con el karma rebotado.
Llegan los autobuses y, otra vez, "jari" de acomodamiento del personal. 
¡A doscientos jubilados no los organizas a golpe de silbato y "se sienten, coño"!
Aclarar algo muy importante, el equipaje va facturado, tanto en el avión (obvio), como en el autobús; pero, digamos que se factura el grueso, los dos bolsos de mano ( más o menos), la bolsa de plástico de "Novedades Pepi", con unas zapatillas para descansar los pies, la del Mercadona con el botellín de agua y otra del Alcampo con algún "por si acaso", llenan maleteros y compartimentos varios que no acomodan en 7 minutos.
Después están los que tardan esos 7 minutos en subir y sentarse. Pero, antes,  ¿sentarse dónde? 
"Aquí no, que está la salida del aire acondicionado..."
"Pues yo en pasillo, tampoco".
Jesús tiene que sentarse delante porque se marea y Adelina no puede ir atrás porque le zumban los oídos...
"Jari" del bueno.
Total, una hora, para que todos estén sentados y amarrados y, el conductor, rezando de que no haya imprevistos a mitad de camino.
Ya había anochecido.
Margarita me llama, le quedaban dos horas más de viaje hasta el hotel. Pude escuchar hablar al guía del autobús; les iba narrando lo que había de importancia por donde iban pasando, así como lo que, supuestamente, podía verse a través de la ventanilla, " nothing" de nada.
Los flamencos de la marisma... Ni flamencos, ni marisma. A las ocho y media de la tarde, en febrero, salvo que te cambien la hora, solo ves luces artificiales, si las hay, porque es de noche. Y ¡claro! ¡Margarita negra con el guía, el autobús, la hora que era y los flamencos!
Y tenía hambre... ¡Un cúmulo de desgracias para Margarita!
Por fin llegan al hotel. Lo que se dice con encanto no era. Una mole de hormigón llena de ventanas y balcones, es lo que pudo ver.
Tuvieron que esperar hasta después de la cena para ser acomodados en sus habitaciones.
La entrada de aquellas personas, justo a la hora de cenar, en el comedor, debió parecerse a un éxodo o a una espantada de ñus.
Devoraron el buffet, a pesar de las limitaciones que muchos tenían por diversas patologías, y, sobre las once de la noche, fueron llevados a sus aposentos.
Unas personas tenían habitación, otras, entre ellas Margarita, disfrutarán de un mini apartamento.
¿Se alegró Margarita? Pues, no...
Me manda un "Apartament Tour with me" por wasap. Un baño y una habitación con balcón y, una cama grande, una mesita de noche, un armario empotrado pequeño y tres módulos de alacena, un mini fregadero y un rectángulo minúsculo por vitrocerámica.
Bien, ¿no? Para una persona que, además, tiene contratado desayuno, comida y cena, está bien.
Otra cosa es que tengas previsto freír sardinas... Tendrías el olor metido en la cama y en todo tu ser. Aunque, tendrías la ventaja de poder darles la vuelta desde la cama... A todo hay que buscarle el lado positivo.
Lo único que le encantó fue el balcón. Había carteles de prohibido fumar en todas las paredes y Margarita fuma todo lo que le dan de sí 24h.
Y no, no le dio la cabeza para pedir habitación para fumadores.
Con un frío, como en Vizcaya, se echó varios cigarros en el balcón antes de acostarse.
No, tampoco se informó del tiempo; otro chasco que se iba a llevar.

MARGARITA/CAP.1©®



  





Margarita es una amiga a la que conocí hace un montón de años.
Somos y vivimos en Guipúzcoa y nos conocimos en un trabajo.
Es una tía peculiar; aunque con un buen fondo, algo que, al fin y al cabo, compensa el resto de sus males.
Viuda desde hace tiempo, tiene un hijo mayor, ya independizado.
Con ganas de entrar y salir, en una de esas salidas, conoce a su no novio.
El tío regenta un negocio y le va bastante bien, pero bebe un poquito de más, algo que molesta a Margarita dependiendo del día.
A veces, el no novio, se va a dormir a casa de Margarita. El no novio, debe tener derecho a roce, dependiendo también del día y lo que haya bebido ese día.
A ella también le gusta el "pipiribipipí", aunque en dosis más bajas.
Cuando sale, menos agua, bebe cualquier cosa y, en casa, cuando estamos hablando por teléfono, escucho cómo se sirve los "lingotazos" de lo que sea.
Ya de noche, se traga la pastillita del sueño y queda lista hasta la mañana siguiente.
Margarita suele darme la chapa día sí, día también y el día del medio. Chapa, que yo escucho resiliente, para después darle mi más sincera opinión; cruda y real.
Todos son problemas para Margarita; parecería una mujer atormentada, pero no, o sí... ¡Atormentada y qué atormenta!
Se queja del no novio, se queja de un piso heredado de manera repentina, se queja porque llueve y cuando no llueve, porque debería llover, ¡coño!
Realmente no tiene ningún problema y quizá sea eso, es de esa clase de personas que necesitan problemas para quejarse.
Y para quejarse, si no los tiene, se los inventa.
La agobia no tener una pareja a su gusto.
El no novio, no es agraciado ni cumple los requisitos de edad que ella exige.
Buen mozo, entre los 35-45 años, es su prototipo deseado. Ni en las mejores noches de vino y cubatas, puede ver al no novio apañado.
Y es que Margarita, lo único que tiene subido es la autoestima.
No es fea, tampoco es guapa. No está obesa, tampoco delgada, no tiene 35 años, ni 45 tampoco.
A ver, Margarita está acariciando los 60, pero no los mismos 60 de Sharon Stone... Tiene barrigón, piernas gordas, cara de mala leche y rubia, gracias a L'Oréal. Pero abusando de tinte, la textura y aspecto de su pelo es como la crin de un poni salvaje, encrespado y quemado.
Pero, Margarita se mira al espejo y ve a la Barbie Malibú, y lógicamente, quiere un Ken, de 40 tacos y buenorro.
¿Qué le digo? ¡No dejes de soñar!
Total, a la espera del Ken, le entraron ganas de viajar y se fue con el que tenía a mano, el no novio, adoptado como animal de compañía.
Allá que se van a Zanzíbar... Pagaba él, claro, pero todavía me estoy preguntando quién les dio la idea. Puedo afirmar, afirmo y juro, que Margarita no tenía ni puta idea de que existía Zanzíbar.
África, así en general, como continente, sí; y quizá Marruecos o Ceuta, pero, ¿Zanzíbar? ¡Ni de coña!
Cuando le dije dónde estaba, se asustó un poco por eso de África=leones, pero nada más.
No recibí ninguna llamada, desde aquel exótico destino; Margarita tampoco conoce el roaming; además, estaba entretenida con su "crush".
Cuando regresó, poco tenía que contar.
Se pasaron los días enclaustrados en el resort de pulserita; de la habitación a las tumbonas y así sucesivamente. Quizá pensaba que, si salían del recinto, manadas de leones campaban a sus anchas por las calles...
Ya le había quedado el gusanillo de viajar y reservó dos viajes más, esta vez, para ella sola. En algunas decisiones es audaz, después pasa lo que pasa y el drama asoma.
Y no lo digo por el hecho de viajar sola, en absoluto, salvo que, existen seres humanos, que no están para andar solos por ahí sin que lleven una señal de advertencia.
Llegó el primero de los viajes; tenía ganas de calorcito en febrero y, el norte, es el norte por mucho cambio climático que haya.
Margarita volaba desde el norte hacia el sur en un vuelo reservado por el IMSERSO, toda una osada aventura...
Osada, porque el IMSERSO es otro mundo.
Incoherente, en el extraño caso de Miss Margarita. Si pensaba hacer amistades de determinada edad, no había elegido los acompañantes adecuados.
Vamos, que un Ken quedaba absolutamente descartado.
Y, teniendo en cuenta, que tampoco es de sociabilizar mucho, en general, le sobraban el ciento y pico de personas que iban.
Vale, quería "playuqui" y llegar a Vizcaya negra como un tizón.
El no novio la lleva al aeropuerto.
En una maleta mediana llevaba lo que ella consideró, ropa de primavera/verano que ocupaba poco.
Despegó el avión a la hora prevista; no tuvo tiempo todavía de fijarse en la superpandi que llenaba el avión, fletado única y exclusivamente para ellos.
Todo muy VIP... 330 e/10 días/9 noches.


























jueves, 14 de marzo de 2024

JULIA/CAP.11©®






Al día siguiente, Julia, se levantó ilusionada; era víspera de la Jura de Bandera y habían permitido que los soldados tuviesen visita por la tarde.
Se fue, como cada día, a desayunar al mismo sitio, a pasear por las mismas calles y a disfrutar de su soledad.
Comió, también, como siempre, en el hotel. Se duchó, arregló y se dispuso a salir hacia el cuartel.
Conocía el nombre del pueblo donde se encontraba: Viator, y preguntó en recepción del hotel a qué distancia estaba y si había autobuses.
El cuartel estaba a 2 km de la ciudad y no había autobuses. Podría ir en taxi, pero la distancia era poca y decidió ir andando.
En el hotel le dijeron, más o menos, que camino tomar e inició el recorrido.
En un tramo determinado, vio un cartel de dirección con el nombre del pueblo; dejó la carretera y se metió en el camino indicado.
Todo estaba seco, árido, más bien, y se levantaba bastante polvo al caminar. Era de tierra y piedras pequeñas.
Tuvo la impresión de que estaba dando muchas vueltas; a su alrededor, el horizonte era el mismo, tierra seca y algún matojo; incluso, pudo ver algún escorpión, estaba un poco asustada.
Todo era completamente diferente a su tierra.
A lo lejos vio un grupo pequeño de casas; eran casas de pueblo, tenían la puerta abierta y una cortina metálica, de esas de colores, que protegían la entrada.
Allí, sentada a la sombra, estaba una paisana, a la que preguntó si estaba cerca del cuartel. Pues sí, a unos 10 minutos, llegó.
Había mucha gente de visita; se colocó en la cola de entrada, pues pedían identificación para acceder al recinto.
Enseguida se encontró con Domingo, o Domingo con ella, mejor dicho.
Con camisa y pantalón militar y el pelo, sin pelo, cortado al cero, estaba irreconocible.
Su preciosa melena había desaparecido, lo que hacía que aparentase menos edad.
No se dieron el abrazo de su vida, él estaba como "cortado", respeto a la institución o lo que fuese, pero le brillaron los ojos.
Apenas media hora duró la cita, los echaron rápido; tenían los preparativos para el día siguiente, un día importante.
La gente iba saliendo despacio, en fila prácticamente y una chica le habló a Julia. Algo intrascendente, sobre el calor que hacía en noviembre. Julia le preguntó de dónde era; era de allí, de Almería. Tenía a su hermano en el cuartel, había ido voluntario, por eso lo habían dejado en su ciudad de origen.
La chica tenía coche y le dijo a Julia si quería que la llevase, o si tenía en que irse.
Julia montó en el coche y continuaron con la conversación; más bien hablaba Julia ante las preguntas de la chica, alucinada de que, desde tan lejos, hubiese venido sola.
Julia le contó el episodio vivido con el hombre que se le acercó.
La chica paró el coche a la entrada de un camino y se lo describió a Julia.
La descripción era exacta; además, había un detalle que lo confirmaba todavía más.
¡El sombrero! Aquel tipo siempre llevaba un sombrero panameño. 
Resulta que, aquel tipo asqueroso, se dedicaba, desde hacía tiempo, a captar a chicas muy jóvenes, preferiblemente, de fuera de la región, aunque tenía predilección por las extranjeras. Las razones eran obvias.
Había tenido problemas con la policía por este tema, porque las metía en la prostitución, era un intermediario.
El tío vivía estupendamente, el "negocio" le daba grandes beneficios, con los que "compraba" el silencio de algún policía.
A Julia le dio un escalofrío, no era miedosa, pero aquello le creó desasosiego.
Se despidió de la chica justo en la entrada del hotel, dándole las gracias por todo. 
Mientras cenaba pensaba que, afortunadamente, al día siguiente ya estaría con Domingo, y al otro día, se iban para casa.
Al acostarse, sintió algo de pena de que aquella aventura se terminase. Exceptuando al tipejo, se había sentido especialmente bien.
La jura de Bandera fue un acto muy bonito y emotivo.
Domingo cogió su petate y junto con dos amigos, catalanes, y Julia, se fueron en taxi al hotel. 
Sus dos amigos esperaron en la cafetería mientras Domingo subió con Julia para ducharse y cambiarse de ropa.
Tardaron un poco más de lo que esperaban sus amigos. Se entretuvieron en algo más que en ducharse...
Tomaron todos juntos un aperitivo y los chicos se fueron.
Con domingo volvió a pasear por la ciudad; cogidos de la mano o abrazados, disfrutaron de todo el día. Por la noche salieron a algunos pubs y bailaron.
Durmieron muy juntos y así se despertaron.
El autobús en que regresaban salía temprano y el viaje fue largo y pesado.
A Julia le costó dormirse, era incómodo. Tampoco le gustaba hablar, se mareaba, y pensó en exceso...
Llegaron, por fin, a su destino y quedaron en verse al día siguiente. Ambos estaban cansados y era mejor dejar pasar esa tarde y esperar al otro día. 
Julia, al llegar a su casa, saludar a todos y cenar, se metió en cama.
La cabeza le daba mil vueltas... Sentía opresión, pero no de las que se producen por ansiedad, era diferente.
¡Se había sentido tan bien en Almería! 
¿Qué le estaba pasando?
Al día siguiente se notaba rara; sonó el teléfono a mediodía y no lo cogió...
¿En serio? No quería hablar con Domingo, no tenía ganas de verlo...
¡Quería vivir! Quería disfrutar su juventud; deseaba cambios en su día a día, en su futuro.
No quería estar "presa"; Domingo, la relación con él, la oprimía.
Por primera vez, sin él haber hecho nada, se sintió atada. De la manera más repentina, ya no le atraía, quería ser libre.
Por la tarde, cuando volvió a sonar el teléfono, lo cogió.
Era Domingo... Ese pobre chico, de la manera más fría, fue dejado para siempre.
Volvió a llamar dos veces, al día siguiente, a los tres días.
Intentó que mediaran amigos comunes, no entendía nada.
Julia comprendió, muchos años después, que fue un poco cruel con aquel chico estupendo. Pero le dijo lo que sentía, no había otra explicación.
Dejó de quererlo, o se dio cuenta de que no lo quería como pensaba, y aquel viaje, en soledad, la mayor parte de los días, hizo que se diera cuenta.
Julia dejó el instituto a mitad del último curso de Bachillerato. 
Se matriculó en la Escuela de Idiomas para estudiar inglés. Siguió con su pandilla, a la que se iban uniendo otras personas. Conoció a muchas más, pues salía por todas las discotecas de moda.
Vio a los Rolling en Madrid, a Miguel Ríos...
No tuvo más novios, hasta varios años después.
Disfrutó abiertamente de todo y fue feliz.
No supo nada más de Domingo, no lo veía por ningún lado.
Quince años después, ya casada, se fue con su cuñada a comprar unos sandwiches, para merendar en casa de su suegra.
Entran las dos y se quedan en la barra, piden una Coca-Cola mientras esperan.
Julia se gira y, sentado, con otros chicos, ve a Domingo. Él baja la cabeza, y Julia, ante ese gesto, no lo saluda.
Era el local donde, ella y Domingo, acostumbraban a ir a comer los mejores sandwiches que había comido.
Años después, desde la ventanilla de un bus urbano, lo vuelve a ver.
Domingo, cercano a los 50, con un pantalón vaquero, botines Converse blancos, camiseta blanca, melena canosa, cabeza ligeramente baja y las dos manos metidas en los bolsillos, subía por la calle.
La misma imagen que Julia vio durante mucho tiempo, cuando él iba a acompañarla a la estación de autobuses y Julia, desde el autobús, parado en el semáforo, subía otra calle, camino de su casa...
Sintió ternura y ganas de bajarse del autobús, correr hacia él, abrazarlo y susurrarle: PERDÓNAME.
No volvió a verlo nunca más...








GLORIAS POR LA GRACIA DE LAS PESETAS

 Hace unos días, saltaba la liebre. Un presentador, muy conocido, de la RTVE Canarias, fue invitado a un podcast. Entre varias declaraciones...